miércoles, 13 de agosto de 2008

La ola perfecta y lo que nos dice de la ciencia

A fines de 1915 el explorador británico Ernest Shackleton llegó con sus 27 hombres a la isla Elefante, una migaja de tierra situada frente a las costas de la península Antártica. Les quedaban tres embarcaciones no más grandes que simples lanchas y nada más. Habían estado derivando en el hielo durante muchos meses, desde que su barco, el Endurance, quedó atrapado entre los témpanos. Éstos terminaron por aplastar el navío y los expedicionarios habían tenido que acampar en el hielo durante muchas semanas. La última esperanza que les quedaba era afincarse en tierra firme y mandar una expedición en busca de ayuda. Para eso había que cruzar 1300 kilómetros del mar más violento de la Tierra y Shackleton escogió a sus mejores marinos para acompañarlo en ese intento desesperado por salvarse.

La travesía de Shackleton es una de las aventuras marinas más escalofriantes de la historia y el explorador la narra vívidamente en su libro de memorias South. El Atlántico Sur hizo honor a su fama. Shackleton escribe: “Tan pequeño era nuestro barco y tan grandes las marejadas que a menudo la vela se ponía lacia en la calma que sobrevenía entre cresta y cresta. Luego, al remontar la siguiente ola, nos daba de lleno la furia del ventarrón y nos rodeaba la blancura como de lana de las rompientes”.

A la medianoche de la décima jornada Shackleton iba al timón cuando divisó a lo lejos una luz blanca y mortecina. Pensó que era un claro en el cielo. Luego se dio cuenta de que no era un claro, sino la cresta de una ola descomunal.
--¡Por el amor de Dios, sujétense! –vociferó Shackleton --. ¡Nos va a arrastrar!
La ola gigante pasó de largo. La embarcación sobrevivió, pero por un pelo. Los marinos se pusieron a sacar el agua de la embarcación “con la energía del que lucha por su vida”.

Una ola gigante no es solamente una ola muy grande; es una verdadera pared de agua en movimiento, que puede alcanzar los 30 metros, o sea, la altura de un edificio de 10 pisos. No hay que confundirla con un tsunami. Los tsunamis sólo son destructivos al llegar a las costas. En altamar son ondulaciones apenas perceptibles, de un metro de altura a lo sumo, pero de varias decenas de kilómetros de ancho. El tsunami se manifiesta al llegar a aguas someras, donde el frente de la larguísima onda empieza a frenarse. Las partes posteriores se agolpan sobre las anteriores como los vagones de un tren cuya locomotora diera un frenazo violento; el agua se levanta y arremete contra la costa. La ola gigante en cambio es una ola de aguas profundas y de corta longitud de onda, pero muy destructiva. Para definirlas, algunos hacen lo siguiente: se toma un registro de olas y sus alturas correspondiente a un lugar y a cierto lapso. Se desechan los dos tercios bajos de la distribución. Al tercio que queda –las olas más altas—se le saca el promedio. El promedio del tercio superior de la distribución de olas de un lugar se llama altura significativa. Pues bien, las olas gigantes son aquellas cuya altura es por lo menos el doble de la altura significativa. Las boyas detectoras situadas en altamar han llegado a medir oleajes con alturas significativas de 18 metros y medio.

Hasta hace poco no había más prueba de la existencia de las olas gigantes que las narraciones de marinos como Shackleton. Se contaba de muros de agua de 30 metros que aparecían de repente, desplazándose en una dirección distinta a la del movimiento del oleaje, incluso en condiciones de buen tiempo. Como dicen los científicos, sólo había evidencia anecdótica, pero el 1 de enero de 1995 una ola gigante causó daños en una plataforma petrolera del Mar del Norte y con este suceso se confirmó la existencia de estos verdaderos monstruos marinos. Una vez que sabemos que existen, podemos tratar de entender cómo se forman, lo que podría ser útil para saber en qué condiciones ocurren y así predecirlas y evitar accidentes en el mar. El problema es que hasta hace poco a nadie se le había ocurrido un mecanismo convincente.

En la vida cotidiana casi nunca sucede que salga uno a buscar champiñones y regrese con fresas, pero en la ciencia sí. Es común que la descripción física de un fenómeno –por ejemplo, el movimiento de una pelota colgada de un resorte—sirva inesperadamente para describir otro, como las variaciones de la corriente en un circuito eléctrico provisto de una resistencia, un capacitor y un alambre enrollado. Así pues, el equipo que más recientemente ha anunciado una explicación de las olas gigantes no está compuesto de oceanógrafos, sino de físicos, y su tema de estudio no son las ondas en la superficie del mar, sino la transmisión de calor en el helio líquido en estado de superfluidez, ¡imagínense!

En efecto, Peter McClintock y su equipo no trabajan en un crucero oceanográfico, sino en un laboratorio de la Universidad de Lancaster, Reino Unido, y el aparato experimental que usan es un cilindro de unos cuantos centímetros de diámetro lleno de helio líquido muy frío por el que se hace pasar calor. En estas condiciones, el calor empieza a transmitirse de una manera muy distinta que en nuestra taza de café de la mañana. McClintock y colaboradores reportan que, en ciertas circunstancias, se producen en el helio líquido ondas de calor que crecen desmesuradamente en vez de disiparse, como esperaban los investigadores. Estudiando este fenómeno, los investigadores británicos y sus colaboradores rusos creen que pueden ayudar a entender en qué condiciones se forman las olas gigantes en el mar.

Independientemente de la explicación detallada del asunto, lo interesante de la historia es esto: la ciencia en México la patrocina básicamente usted lector y radioescucha. Como el dinero que usted lector y radioescucha destina a la ciencia es muy escaso, hay que repartirlo juiciosamente. Así pues, los administradores de la ciencia se han sentido en muchas ocasiones obligados a financiar solamente proyectos científicos que resuelvan problemas “importantes”. Imagínese que usted es administrador de la ciencia. Con este criterio es muy probable que, si alguien le llega con un proyecto para estudiar la transferencia de calor en el helio superfluido, usted lo mande a freír espárragos. Si en cambio le presentan un proyecto de investigación para aprender a predecir las olas gigantes en el mar –lo que permitiría salvar vidas y ahorrar mucho dinero—usted no tendría tantas dudas en financiarlo. En conclusión: la ciencia no se puede planear tanto como quisieran los administradores juiciosos, y no porque los científicos sean unos díscolos, sino por la forma misma en que opera la ciencia: en cualquier momento la investigación más esotérica puede arrojar resultados traducibles en beneficios directos a la sociedad que financia la ciencia. Parte de la tragedia de la ciencia en México es que los encargados de repartir el dinero no la entienden y le exigen lo que no puede dar.

La otra parte de la tragedia es que los científicos, por lo general, no saben cómo explicarles a los administradores, pero eso es harina de otro costal.

lunes, 11 de agosto de 2008

En mi casa espantan

Bienvenidos a la nueva época de Imagen en la Ciencia. Espero sus comentarios. Gracias por su paciencia.

Vivo en una casa más o menos grande y vieja del norte de la Ciudad de México. Los inquilinos anteriores decían que aquí espantaban. Quizá por eso una noche se fueron sin avisar ni pagar la renta de los últimos seis meses. O quizá sólo se fueron porque eran unos sinvergüenzas.

Al poco tiempo de vivir aquí empecé a entender por qué decían los desaparecidos inquilinos que en la casa había fantasmas: en ciertas circunstancias se oía un fuerte tamborilear dentro de las paredes, o más bien como una ametralladora: taca-taca-taca-taca-taca. El ruido nos recordaba la película de Jumanji, en la que se oyen tamborazos cada vez que va a pasar algo horrible. En noches de viento la ventana de mi cuarto emite rechinidos misteriosos y no pasa noche sin que el mueble de la tele truene justo cuando estoy a punto de quedarme dormido, con lo que me despierto con un sobresalto. ¿Malicia de los espíritus chocarreros? A las cuatro o cinco de la mañana las ventanas de mi estudio vibran como si alguien estuviera zarandeando la casa, como si un espíritu preso entre los muros intentara en vano romper los cristales. Y otras veces, cuando todo está en silencio, detrás de la pared se oye un tenue repiqueteo, como de piedritas que caen.

Cuando tenía doce años una vez nos llamó una vecina a mi amigo Rodrigo y a mí para que fuéramos a salvarla. Estaba sola en su casa y oía ruidos. Temía que hubiera ladrones (creo que no se le ocurrió que también podía ser fantasmas). Al llegar mi amigo y yo nos quedamos parados en silencio en la sala para ver si oíamos los ruidos. Sí los oímos. Para mí eran claramente los sonidos que hace la estructura de una casa al contraerse cuando cae la noche y empieza a enfriarse. No había nada que temer. Por supuesto que había otra interpretación de lo observado —ladrones o fantasmas—, pero al oír los ruidos a mí por lo menos no me quedó la menor duda: era la contracción térmica.

Los espantos de mi casa también tienen otras explicaciones: el taca-taca resultó ser una tubería que vibraba cuando entraba agua al tinaco en las mañanas y en las noches. El inquietante ruido desapareció cuando el plomero instaló una tubería de desalojo de aire que faltaba en la instalación del calentador. El rechinido de la ventana es simplemente la rama del granado que tenemos en el jardín, que roza con el vidrio cuando la agita el viento. El estampido del mueble de la tele es atribuible a la contracción térmica, como la mayoría de los ruidos que hacen las casas viejas y achacosas, y la vibración de las ventanas del estudio ocurre exactamente a las horas en que empiezan a circular los camiones por una avenida cercana y hacen resonar los vidrios a frecuencias infrasónicas. En cuanto a las piedritas que se oye caer dentro de los muros, se deben a que la casa está infestada de termitas.

Crecí en un ambiente más o menos racional, lo cual les agradezco infinitamente a mis padres. En mi casa no les teníamos miedo a los ruidos raros ni a los truenos porque nunca creímos en los fantasmas. A mí nunca se me hubiera ocurrido interpretar las manifestaciones sonoras de mi casa como otra cosa que fenómenos físicos perfectamente explicables, pero la interpretación de los inquilinos prófugos me puso a pensar en cómo ven el mundo quienes no comparten mi visión naturalista y materialista del universo. Si yo creyera en fantasmas, sin duda alguna habría llegado a la misma conclusión que ellos y hubiera considerado estos divertidos fenómenos como confirmación de que, además de termitas, en la casa medran los aparecidos. Quizá ésta sea la diferencia entre una persona con mentalidad científica y otra con mentalidad mágica: el tipo de explicaciones que nos dejan satisfechos. Yo prefiero una explicación sencilla en términos de fenómenos naturales (y casi siempre la encuentro); los inquilinos fugados, al parecer, se sentían más cómodos atribuyéndoles todo lo que no entienden a los fantasmas.

No quiero dar a entender que esta visión del mundo sea “mejor” en un sentido absoluto (es mejor para extraer de la naturaleza conocimientos confiables que otras personas pueden verificar, pero éste no es el único objetivo de la existencia). No pretendo convencer a nadie; sólo mostrar una posibilidad, una alternativa al pensamiento mágico, tan predominante hoy: muchas veces (si no todas) las cosas más insólitas tienen explicación. En realidad de eso se trata la ciencia: es el juego de buscarle a todo lo que sucede (si de veras sucede) una explicación natural en vez de sobrenatural. Es un juego que nos ha revelado, por una parte, un montón de cosas útiles que podemos aprovechar para mejorar nuestra vida, y por otra, un universo más hermoso y misterioso que el que se imaginan quienes creen en los fantasmas.

lunes, 21 de julio de 2008

La elocuencia desencadenada

Queridos amigos de este blog: ¡vuelvo a Imagen a partir del 5 de agosto! Mi colaboración será los martes y los jueves a la hora acostumbrada. Mientras tanto, aquí les pongo algo para leer. Gracias a todos.


Al autor de un paper científico –artículo técnico que reporta los resultados de una investigación— se le exige ir al grano, en orden y sin desviaciones: informe usted lo que hizo y lo que encontró. Punto. No se ande con rodeos, que la vida es breve. El paper es un modelo de concisión y frugalidad.

Al mismo tiempo, suele ser bastante aburrido. Lleno de voces pasivas y escaso en pronombres personales, el artículo de investigación rara vez deja ver, ni entre líneas, los triunfos y los sinsabores de la investigación científica. No narra lo que salió mal ni reporta la sensación de serenidad oriental que invadió al autor cuando por fin salió bien. Tampoco da cuenta de las noches que el investigador pasó en vela por la angustia de que la competencia publicara primero, ni si la hipótesis que lo condujo al éxito resultó ser, en retrospectiva, una estupidez afortunada. La elocuencia narrativa y el arrebato lírico escasean en las revistas científicas especializadas.

Como consecuencia, muchos científicos piensan que extirpar del texto todo rastro de naturalidad y elocuencia es la mejor manera de escribir no sólo en ciencia, sino en general. Esos científicos pueden ser personas agradables y hasta expresivas en el trato cotidiano, pero cuando toman la pluma se ciñen la camisa de fuerza e imparten cátedra desde un pedestal de hielo.
Ya se ha iniciado un movimiento que pugna por aflojar las ataduras. Henry Gee, editor de ciencias biológicas de la revista Nature, recomienda a los científicos leer a John Keats y a Jane Austen para escribir mejores papers. Dice Gee: “la prosa enredada de los científicos produce una frustración parecida a la de un boxeador que, con las manos enguantadas, tratara de pelar un plátano". Pero el mensaje de Henry Gee (y otros editores de ciencia) tardará en penetrar en la conciencia de la comunidad. Entre tanto, la elocuencia de la mayoría sigue encadenada.

El físico estadounidense Richard Feynman, premio Nobel 1965, se lamenta, en el discurso que pronunció cuando le entregaron el premio, de no tener dónde publicar “de manera digna” lo que hizo de verdad, en vez de la historia lineal y aséptica que narra (es un decir) el artículo de investigación. Feynman añade: “usaré este discurso Nobel como oportunidad para hacer algo de menos valor, pero que no puedo permitirme en otro sitio”. He aquí lo que pretende hacer: “les contaré anécdotas sin valor científico y que no sirven para entender el desarrollo de las ideas. Las incluyo sólo para hacer el discurso más entretenido”.
Feynman desahogó sus ansias de expresión en sus libros de memorias, ¿Está usted de broma, señor Feynman? y ¿Qué te importa lo que piensen los demás?. El segundo de éstos es una colección de anécdotas breves que recorren toda la gama afectiva como una buena pieza para piano que visita todo el teclado. El registro grave es la historia del matrimonio de Feynman con su novia de la adolescencia, Arlene. Los jóvenes se casaron muy enamorados y a sabiendas de que Arlene moriría en cinco años. Feynman conseguía empleo en sitios donde hubiera un buen hospital no demasiado lejos del laboratorio de investigación. Arlene, desde el hospital, se divertía ideando bromas cuyo fin, por lo general, era avergonzar a Richard ante sus colegas (“¿qué te importa lo que piensen los demás?”, machacaba Arlene, haciendo eco de una frase que él le dijera en cierta ocasión). Muchos años después, en un viaje a Japón, Feynman cuenta que él y su tercera esposa, Gweneth, buscaban desde Tokio alojamiento en un hotel tradicional de un pueblito remoto al que no llegaban turistas. El establecimiento no tenía baños de tipo occidental y el dueño se mostró aprensivo. Feynman lo tranquilizó informándole que en su último viaje él y su esposa resolvieron la falta de retrete llevando papel higiénico y una pala. El dueño les comunica entonces en un mensaje que acepta. Y que no es necesario llevar la pala.

La expresión personal puede tomar otro derrotero. El químico Roald Hoffmann, premio Nobel 1981, dice: “escribo poesía para penetrar el mundo que me rodea y para comprender mis reacciones ante él”. Si se puede escribir poesía acerca de la vida de un leñador, ¿por qué no de la de un científico? Sólo algunos de sus poemas tratan el tema de la ciencia, pero con ellos Roald Hoffmann amplió un sendero poco explorado en la poesía. Los científicos obligan a las palabras a describir cosas casi indescriptibles: ecuaciones, estructuras químicas, relaciones ocultas entre fenómenos naturales. “Por ser un idioma natural en tensión, el idioma de la ciencia es inherentemente poético”, dice Hoffmann. “La ciencia está repleta de metáforas”.
Y de historias, añadamos: de material dramatizable. Hoffmann es también autor, con el químico y novelista Carl Djerassi, de una pieza teatral titulada Oxígeno. El comité Nobel decide otorgar un premio retrospectivo para celebrar sus cien años. Los seis miembros optan por dárselo al descubridor del oxígeno. Tres personajes del siglo XVIII pueden disputarse el honor de ese título: Antoine Laurent Lavoisier, Joseph Priestley y el modesto farmacéutico sueco Carl Wilhelm Scheele. Los equívocos y discusiones de los químicos y sus esposas en el siglo XVIII, así como los del comité Nobel en el XXI, muestran que la cosa no es nada clara porque los científicos –¡ay de mí!— son tan terrenales y biodegradables como cualquier hijo de vecino.

Si el tema de la ciencia da material para la novela y la poesía, la elocuencia científica tiene un hogar natural en la divulgación. El género creció como universo en expansión en la primera mitad del siglo XX, con las dos revoluciones de la física de la época: la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica. En la divulgación de la nueva física los premios Nobel medraron como champiñones. Albert Einstein explicó sus aportaciones, y se explicó a sí mismo, en varios volúmenes de exposición simplificada y colecciones de ensayos filosóficos que se dejan leer muy bien. Werner Heisenberg y Niels Bohr discutieron con un público más amplio las implicaciones filosóficas de la nueva física. Max Planck, adusto patriarca de los físicos alemanes de la época, se soltó el chongo (metafóricamente: era calvísimo) en su Autobiografía científica, en la que raya en la maledicencia cuando describe las clases de algunos de sus profesores al tiempo que muestra con sus peripecias cómo opera la ciencia. Y Louis de Broglie, el físico príncipe, resumió para el gran público la turbulenta historia de la mecánica cuántica cuando las aguas empezaron a calmarse.

Hasta hace unos años los físicos Nobel entregados a la divulgación eran más bien solemnes. Exponían, como los próceres del párrafo anterior, en una prosa correcta, pero un poco desierta, sin personajes que la habitaran y sin colorido. Su lenguaje descendía del artículo científico (que en esa época se escribía con más donaire, dicho sea de paso). Hoy la divulgación va adoptando, cada vez más convencida, las herramientas de la literatura y se va haciendo más apta en retórica y seducción. Los ensayos de Steven Weinberg (premio Nobel de física 1979), por ejemplo en Plantar cara, se leen con interés, pero también con deleite. La historia que narra Gerard ´t Hooft (Nobel 1999) en In search of the ultimate building blocks está poblada de las personas que han participado en esa búsqueda.

Pese a todo, confieso que la divulgación científica que más me gusta, la que en mi opinión se confunde con la literatura, es obra de científicos que no han ganado el premio Nobel, unos porque no hay Nobel de biología, otros porque sus investigaciones no son materia nobelable o porque se han dedicado principalmente a la divulgación. Stephen Jay Gould, paleontólogo y escritor científico, toma declaradamente al escritor francés del siglo XVI Michel de Montaigne como modelo de unos ensayos casi tan sabrosos como los del francés. El neurofisiólogo Oliver Sacks narra sus experiencias como investigador y sus recuerdos de niño judío británico embelesado con la química en el Londres de la Segunda Guerra Mundial con la fuerza evocativa de los buenos escritores.

Esos autores podrían dirigir sus aspiraciones muy alto, según el etólogo británico Richard Dawkins, escritor científico de nada malos bigotes. “Ningún científico ha ganado el premio Nobel de literatura”, escribe Dawkins (Bertrand Russell no cuenta porque las matemáticas no son ciencia, pero eso es harina de otro costal). “¿Por qué? Sospecho que simplemente porque no se les ha ocurrido a los jueces. Cuando se dice literatura se piensa naturalmente en novelistas y poetas. Pero, ¿puede haber mejor tema para la literatura que la trama espaciotemporal del universo? ¿O que la evolución de la vida?”

“Los novelistas se llevan las palmas”, dice Dawkins, “pero no son los únicos que tienen buenas historias que contar”. Cierto. Quizá por lo mismo un día habrá menos escritores científicos y más escritores a secas, sin que al tema de la ciencia le falten exponentes.

sábado, 28 de junio de 2008

El festín de Einstein

Hace muchos años fui al cine a ver El festín de Babette, película basada en el cuento de Isak Dinesen del mismo título. Babette es la magistral chef de un célebre restaurant parisino que se ve obligada a huir de Francia, acusada de agitadora. Se refugia en un rústico caserío nórdico, donde dos ancianas hermanas le dan empleo de sirivienta y le enseñan a preparar una tosca “sopa de pan” para los pobres del pueblo. Babette la prepara obedientemente, pero le añade a escondidas su toque personal, por lo cual se gana el aprecio de la comunidad.

Película y cuento terminan cuando, al cabo de los años, Babette les revela su identidad a sus protectoras. “Yo soy una artista, señoras”, dice la pretendida sirvienta irguiéndose para mostrar todo su porte. Sus interlocutoras se quedan mudas de asombro, como si una gallina desplegara ante sus ojos la más vistosa cola de pavorreal. Luego Babette les confiesa por qué decidió gastarse sus ahorros de toda la vida en preparar un banquete para sus amas y los otros miembros de la congregación religiosa de éstas. Lo peor que le puede ocurrir a un artista, dice Babette, es recibir loas por una obra hecha a medias, por un trabajo mediocre que no requiere el pleno de las facultades de su autor.

El mes pasado leí en un periódico una nota que pretendía ser un elogio de Albert Einstein. Para demostrar lo listo que había sido Einstein, el autor de la nota recogía frases atribuidas a éste. Buena idea. Lo malo es que su antología dejaba la impresión de que Einstein fue comediante de televisión. Por ejemplo: “Cuando estás sentado en una estufa caliente, cinco minutos te parecen eternos. En cambio cuando estás con una muchacha guapa, cinco minutos no son nada. Eso es la relatividad”. No tiene nada de malo ser comediante de televisión. De hecho, Einstein se reía mucho y podía ser un payaso si la ocasión lo ameritaba. Pero la intención declarada del articulista era dar una idea de la estatura intelectual de Einstein. No lo consiguió. Nos dio a probar la sopa de pan en vez de invitarnos al festín de Babette.

Además dudo mucho que la frase citada sea de Einstein. Al personaje le fastidiaba de lo lindo que lo malinterpretaran, cosa que ocurría todo el tiempo. Si oía a alguien explicar que la teoría de la relatividad dice que “todo es relativo”, se le ponían de punta los ya de suyo alborotados pelos. La tonta frasecita reduce una de las mejores ideas que tuvo Einstein en su vida a la observación trivial de que cada cual tiene su punto de vista, o que la sensación de transcurso del tiempo tiene mucho de subjetiva. Eso nos lo podría haber dicho nuestra abuelita. No hacía falta Einstein.

Por suerte para todos, la relatividad es más interesante. Einstein la expuso hace poco más de 100 años para consumar el matrimonio de las dos grandes teorías de la física clásica, que no se llevaban bien. El casamiento tuvo consecuencias asombrosas. Una de las más notables es que el tiempo transcurre más despacio cuando uno se mueve. Otra es que ya no se puede considerar al espacio divorciado del tiempo. Vivimos en un espacio-tiempo de cuatro dimensiones, lo cual implica, al parecer, que el tiempo no es un eterno fluir. Así lo percibimos, pero en los hechos está totalmente desplegado en una realidad inaccesible a los sentidos. El tiempo no pasa; el tiempo simplemente es.

La autora de El festín de Babette lo entendía bien. Isak Dinesen es el seudónimo de la baronesa Karen Blixen, escritora danesa que vivió mucho tiempo alejada de su familia en una plantación de café en Kenia. Su hermano Thomas tenía inclinaciones científicas. Se interesaba especialmente en las teorías de Einstein, que por aquella época causaban furor. En una carta fechada en septiembre de 1922, la baronesa le escribe a su madre: “Es extraño cómo se acostumbra uno aquí a vivir de los recuerdos, o pensando en cosas que están lejos, a tal grado que uno pierde el sentido de la separación, no sólo en el espacio, sino en el tiempo” Sigue la cita:

No puedo explicarlo bien, pero ya no noto la diferencia entre el pasado y el presente. Según Thomas, Einstein dice lo mismo: que iguales leyes gobiernan el tiempo y el espacio; es cierto que tenemos conciencia de estar en un sitio en particular, pero es sólo un prejuicio suponer que los otros sitios en el espacio y en el tiempo no existen del mismo modo exactamente [...] Si algún día vuelvo a casa, el antiguo camino que atravesaba la arboleda, por ejemplo, sería para mí tan real como [el nuevo]. Y del mismo modo te imagino muchas veces como nuestra jovencísima madre, tal cual te recuerdo, con un vestido de algodón decorado con listas azules y blancas.

No es así como lo expondría una revista científica, pero no está nada mal. La obra maestra de Karen Blixen es Memorias de África, libro escrito años después de volver la autora a Dinamarca para siempre. En esa obra la baronesa pone en práctica su concepto relativista del tiempo y narra como si lo que recuerda ocurriera continuamente en una eternidad que está a la vuelta de la esquina. ¿Qué mejor elogio para Einstein que nombrarlo en sus cartas Karen Blixen?

A veces es mejor una payasada que una idea interesante. Hay momentos para la comedia televisiva y momentos para Ingmar Bergman. Tal vez incluso se pueda preferir momentáneamente la tosca sopa de pan. Pero también puede ser que las ideas profundas no sean para todo el mundo. Quizá al autor de aquella nota sobre Einstein le sucedió lo que a la señora que estaba sentada delante de mí en la función de cine de El festín de Babette. Abrumada por tanta profundidad, al encenderse las luces la mujer se levantó y en dos palabras resumió la opinión que le había merecido la película:
--Demasiada filosofía.
Dicho lo cual recogió sus cosas y se fue.

miércoles, 18 de junio de 2008

El guardarropas de Einstein

Tengo a la vista una foto tomada en 1898 o 1899. Muestra a un grupo de jóvenes de unos 19 años formados en dos hileras frente a una fuente, unos de pie, otros sentados en una banca. Ninguno mira a la cámara, pero todos posan, inmóviles, esperando a que la película fotográfica registre su imagen para el futuro.

Uno de los muchachos se distingue de los otros. Tiene el pelo muy negro, complexión robusta, ojos grandes e intensos, vueltos hacia la izquierda. Se distingue porque lleva la corbata floja y tiene una expresión de autosuficiencia, incluso de altanería. Tiene una pierna cruzada y se recarga indolentemente en el respaldo de la banca, el brazo izquierdo colgando detrás de éste en una pose que expresa desinterés.

Otra foto del mismo individuo, tomada pocos años después, muestra a un joven de expresión despreocupada. Tiene las manos en los bolsillos, la cadera inclinada hacia un lado con coquetería y lleva puesto un traje de tres piezas con corbata. La cabeza, también ladeada, hace gala de una cabellera no demasiado larga, pero sí descuidada. El joven no debe ser una persona convencional. La boca apretada tiende a la risa y en los ojos un poco caídos se nota la ironía con que el individuo ha accedido a posar para la foto.

De joven Albert Einstein era un dandy. Una amiga de su segunda esposa dijo de él: “en su juventud, e incluso ya en la madurez, Einstein tenía los rasgos regulares, las mejillas rollizas, la barbilla redondeada; una belleza masculina del tipo que causó tantos estragos a principios de siglo”. ¿Einstein, el hermoso? ¿Einstein chic?

Pues sí, así parece. El sabio sereno y mal vestido de la aureola de pelo blanco es un personaje inventado por Einstein en sus últimos años de vida, a partir de 1933, cuando se estableció definitivamente en Princeton, Nueva Jersey, en la casa ubicada en el número 112 de la calle Mercer. Antes de esa época Einstein aparece en todas las fotos con traje de tres piezas, o incluso vestido de etiqueta. En el peor de los casos lleva pantalones de casimir y un suéter de botones, quizá un poco apretado sobre el vientre en expansión. Eso sí, el pelo va sufriendo un deterioro continuo a partir de 1920, cuando Einstein tenía 40 años.
Se cuenta que, en cierta ocasión, el embajador de Alemania se presentó en el número 112 de Mercer Street. Cuando Elsa, la segunda esposa de Einstein, le pidió a éste que se arreglara un poco para recibir al dignatario, el científico le contestó: “Si quieren verme, aquí estoy. Si quieren ver mi ropa, abre el armario y muéstrales mis trajes”. Sospecho que Elsa no lo hizo, pero si hubiera obedecido, el embajador de Alemania habría comprobado que en cuestiones de vestuario Albert Einstein tendía al minimalismo: pocas prendas y todas de la mayor simplicidad. “Uso la misma ropa todo el año”, le dijo una vez Einstein a un amigo de la familia en tono de jactancia. “Sí”, confirmó Elsa. “Para su primera esposa se arreglaba, para mí no”.

La física de Einstein se parece a su guardarropas de los últimos años: pocos postulados y todos de la mayor simplicidad. Pero de esos postulados sencillos Einstein era capaz de extraer las consecuencias más asombrosas. Por ejemplo, de exigir que la velocidad de la luz sea siempre igual, sin importar si la mide uno desde su sillón preferido o desde una nave espacial que surca el espacio como bólido, y que las leyes de la física no cambien de forma al pasar del sillón a la nave, Einstein concluye que el tiempo transcurre más despacio en ésta que en el sillón (entre otras cosas). Los postulados serán sencillos, pero las implicaciones son tremendas. ¿Se parece en esto también el vestuario de Einstein a su física? ¿Cuáles son las implicaciones del contenido de un armario?

Concedo que buscarlas sería llevar demasiado lejos la metáfora del guardarropas. Con todo, permítanme empujarla sólo un poquito más. La naturaleza se le presenta al físico como una colección de sucesos tan variados como el guardarropa de una diva o de una primera dama. La aspiración del físico es poner orden en lo que ve, encontrar detrás del caos unos cuantos principios rectores que lo expliquen. Los trajes de la diva, por ejemplo, podrían ser todos del mismo diseñador, o sólo de unos cuantos; o quizá prefiere los tonos ocres y en consecuencia éstos predominan entre sus prendas. Y cuantos menos principios rectores, más contento está el físico. Dicho de otro modo, la física es una búsqueda de la simplicidad (sí, sí, aunque no lo crean). De hecho, los físicos no construyen sus teorías sólo sobre datos empíricos y mediciones. Al darles forma aplican pautas de simetría, de unidad en la multiplicidad, de máxima eficacia con un mínimo de recursos. Este rechazo de lo farragoso, de lo enredado y de lo que confunde, de lo feo por apiñado y variopinto, tiene más de estético que de estrictamente científico. La física es una estética minimalista.

Albert Einstein, cuya fermosura en la juventud alabara la amiga de Elsa, se puso feo en la vejez, pero su pensamiento se fue volviendo cada vez más estético. Durante los últimos 20 años de su vida se dedicó a tratar de construir una visión unificada de todas las fuerzas de la naturaleza que se conocían en la época. Al mismo tiempo, su guardarropas se fue despojando de lo superfluo. Se cuenta que en los años 50 el dandy de otrora no usaba calcetines y se sujetaba el pantalón con un mecate, un hippie avant la lettre.

El catrín de la juventud de Einstein había muerto, pero ahora, en compensación, el pensamiento del físico se había unificado para siempre con su concepto de la moda.

jueves, 12 de junio de 2008

El color del tiempo

Frank Zappa –polifacético compositor que pasaba con desparpajo del rock a la música orquestal de vanguardia—decía que componer es, en esencia, decorar el tiempo.

El tiempo, como la casa, se puede decorar con mal gusto o con bueno. La música de, digamos, Julio Iglesias, es como colgar del techo del tiempo candilejas con gotas de plexiglás y poner en los estantes payasitos de porcelana sobre carpetas tejidas a gancho: una pesadilla decorativa. La música de Zappa, en cambio, puede pintar los muros con motivos psicodélicos, narrar historias alucinadas de cerditos en Volkswagen (contar cuentos también es cronodecoración), o dejar las salas del tiempo como recintos diseñados por Frank Lloyd Wright.

Uno de los cronodecoradores más originales del siglo XX fue el compositor francés Olivier Messiaen, quien murió en 1992. Si ustedes creen que ya lo han oído todo, escuchen a Messiaen; el encuentro puede ser un shock. Messiaen, como muchos compositores del siglo XX, no aplicaba la teoría de la armonía tradicional de la música occidental, que prescribe cómo combinar notas en acordes y cómo construir series de acordes para que suenen "bien". Sonar bien, claro, es una cualidad relativa. Hay quien no soporta la menor disonancia (en cuyo caso no podría escuchar ni la tercera sinfonía de Beethoven, obra con 200 años largos encima). Hay, en cambio, quien admite en la música cualquier combinación, melodiosa o disonante, dulce o estridente, con tal de que resulte interesante. Messiaen no era un fabricante de papel tapiz sonoro para adormecer los sentidos, sino un explorador, un investigador del ritmo, la armonía y el color orquestal. Estudió la música de la India y se apropió de su extenso catálogo de ritmos complejos y cargados de significados filosóficos. Se interesó por el canto de las aves y recorrió el mundo grabadora en mano para recoger las vocalizaciones de un gran número de pájaros, las cuales luego convirtió meticulosamente en música por medio del piano o de la orquesta.

Pero Messiaen se distingue sobre todo por pintar el tiempo de colores. Messiaen era una de esas raras personas que nacen con una especie de corto circuito de los sentidos llamado sinestesia (“sin”, en conjunto; “aistesis”, percepción). Las personas dotadas de sinestesia pueden oír colores, o ver sensaciones tactiles, por ejemplo. Como cuenta él mismo en una entrevista, Messiaen veía colores al oír acordes (combinaciones de notas que suenan juntas). Para asegurarse de que el efecto era fisiológico y no solamente psicológico, Messiaen hizo experimentos con su propia percepción. Notó que un mismo acorde le evocaba siempre la misma mezcla de colores. También observó que al transportar el acorde a escalas superiores el color se hacía más tenue. En vez de usar la sintaxis de la armonía tradicional, Messiaen decidió construir su música como sucesiones de colores, las cuales a veces indicaba en la partitura (y las mezclas podían ser tan insólitas como bolas púrpura con borde dorado sobre fondo verde). Como resultado, la música de Olivier Messiaen no se parece a nada que haya usted escuchado en las salas de concierto de México (es raro que se interprete a Messiaen en nuestro país).

Una de las obras más características de la técnica del color de Messiaen es Chronocromie, compuesta en 1959. Los sinestésicos tienen el don de la metáfora (después de todo, una metáfora es una manera de relacionar ideas muy distintas, que es lo que hace el cerebro sinestésico). El título de esta obra de Messiaen se puede traducir como “el color del tiempo”.

Durante mucho tiempo la sinestesia se interpretó como efecto de una simple asociación de recuerdos en la psique de los afectados. Pero Vilayanur S. Ramachandran y Edward M. Hubbard, investigadores de la Universidad de California en San Diego, han esclarecido por medio de experimentos que la sinestesia va más allá: al parecer, se trata, en efecto, de un corto circuito, o una mutua activación de regiones del cerebro que manipulan distintos estímulos, como sonidos y colores en el caso de Messiaen. Según estos investigadores, la sinestesia podría deberse a una mutación. Ramachandran y Hubbard calculan que una de cada 200 personas tiene algún tipo de sinestesia notable. También se preguntan si la destreza metaforizante de los artistas podría deberse a cierto grado de sinestesia (esta facultad es siete veces más frecuente entre las personas que se dedican a actividades creativas).

Un investigador ruso relata el caso de un individuo que tenía todos los sentidos conectados. Me pregunto cómo verá el mundo esa persona y si su facultad será para él un don o una maldición. ¿Qué música compondría semejante individuo? ¿Cómo decoraría el tiempo?

(La selección de Olivier Messiaen que escucharon es "Le désert", primera parte de la obra Des canyons aux étoiles, estrenada en 1974).

martes, 3 de junio de 2008

Forster, el visionario

Mensaje del autor: bienvenidos a la época post-Imagen, que bien puede ser sólo un interregnum. Este blog no se acaba. The show must go on.

Corría la época feliz en que los presidentes de Estados Unidos sólo fastidiaban al mundo con escándalos sexuales que no le hacían daño a nadie. En un rapto de impudicia, el vicepresidente Al Gore se declaró inventor de la worldwide web. Falso. La www la inventó en los años 80 Tim Berners Lee, experto en informática que trabajaba en el Centro Europeo de Investigaciones Nucleares; y la red mundial de comunicaciones de la que la www forma parte fue creada a su vez en los años 70 por militares estadounidenses.
Pero la idea de una red mundial de comunicaciones tiene un precursor más antiguo e insospechado. Se llama E. M. Forster, nació en Londres en 1879 y no fue militar ni inventor, sino escritor.
Forster es autor de célebres novelas luego convertidas en películas como Una habitación con vistas y Pasaje a la India. Su lado cuentístico es menos conocido, pero inmerecidamente. Tengo una colección de cuentos de Forster que van desde la fantasía típicamente inglesa con hadas y dioses griegos que aparecen en la campiña italiana hasta la ciencia ficción.
“Imagínense, si pueden, un cuarto pequeño de forma hexagonal como las celdas de un panal”, escribe Forster al principio de “The Machine Stops” (“La máquina se detiene”). Sigue el cuento:

Aunque no hay ventanas ni lámparas, la habitación está bañada en un suave resplandor. No hay instrumentos musicales, pero el cuarto está lleno de sonidos melodiosos. En el centro hay un sillón, junto a éste una mesa de lectura. En el sillón está sentado un bulto de carne envuelto en frazadas –una mujer de cara blancuzca como un hongo. A ella le pertenece el cuarto [E. M. Forster, Collected short stories, p. 109].

Las personas viven bajo tierra, cada individuo en un cuarto hexagonal del que no sale casi nunca. Se supone que la superficie del planeta ya no es habitable, aunque el autor no explica por qué. Al lector poco curioso la situación que se narra en “La máquina se detiene” le puede parecer poco original —¿no ha sido tema de muchísimos cuentos y películas?— pero la apreciación cambia cuando uno se entera de que Forster escribió este cuento en 1909, mucho antes de las explosiones nucleares, las guerras mundiales y el calentamiento global.
Las celdas hexagonales que sirven de casa a las personas están equipadas con todas las comodidades: luz al gusto, agua caliente y fría, una cama que se guarda automáticamente cuando el ocupante está despierto, un aparato que produce alimentos y medicinas según se requieran… Pero lo más interesante del mundo de Forster es el modo de comunicarse los humanos.

Se oyó sonar un timbre.
La mujer pulsó un botón y la música cesó.
“Supongo que tendré que ver quién es”, pensó, tras lo cual puso el sillón en movimiento. El sillón, lo mismo que la música, estaba operado por máquinas, y la trasladó al otro lado de la habitación, donde el timbre seguía sonando con insistencia.
—¿Quién es? —dijo.
Hablaba con irritación porque la habían interrumpido varias veces desde que empezó la música. Conocía a varios miles de personas; en ciertos aspectos las relaciones humanas habían avanzado muchísimo.
Pero al oír la voz de la otra persona por el auricular sonrió y la cara blanca se le llenó de arrugas. Dijo:
—Está bien. Hablemos. Me aislaré. No creo que suceda nada importante en los próximos cinco minutos... porque te puedo conceder cinco minutos completos, Kuno. Luego tengo que impartir mi conferencia “La música durante el periodo australiano” [p. 109].


El sistema de comunicaciones le permite al ocupante de la celda oír música, leer, enterarse de las noticias, hablar con otras personas, verlas en una pantalla, impartir conferencias y asistir a las de otros sin salir de su celda. ¿Les suena conocido?
A Forster no se le escapa que tal prontitud para satisfacer las necesidades de las personas puede conducir a una malsana impaciencia generalizada:

Pulsó el botón de aislamiento para que nadie más pudiera llamarle. Luego tocó el aparato de luz y el cuartito se oscureció.
—¡Date prisa! —dijo la mujer, otra vez con irritación—. Date prisa, Kuno, que estoy aquí a oscuras, perdiendo el tiempo.
Pero aún transcurrieron quince segundos hasta que la placa redonda que tenía en las manos empezara a emitir luz. Un tenue resplandor azul surcó la pantalla, luego se ensombreció hasta ponerse violeta, y entonces la mujer vio la imagen de su hijo, que vivía al otro lado de la Tierra, y él la veía a ella.
—Kuno, qué lento eres [p. 110].

Tampoco deja de ver Forster que la tecnología convertida en magia puede inspirar una reverencia religiosa inadecuada:

—Te he llamado otras veces, madre, pero siempre estabas ocupada o aislada. Tengo una cosa importante que contarte.
—¿Qué cosa? ¿Por qué no me la enviaste por correo neumático?
—Porque estas cosas prefiero decirlas. Quiero...
—¿Sí?
—Quiero que vengas a verme.
Vashti observó la cara del otro en la placa azul.
—¡Te estoy viendo! —exclamó—. ¿Qué más quieres?
—Quiero verte, pero no por medio de la Máquina —dijo Kuno—. Quiero hablar contigo, pero sin la engorrosa Máquina.
—¡Calla! —dijo su madre—. No debes hablar mal de la Máquina.
—¿Por qué no?
—Porque no se debe.
—Te expresas como si un dios hubiera construido la Máquina. Hasta creo que le rezas cuando te sientes descontenta. Fueron hombres los que la construyeron, no lo olvides [p. 110].


Para desgracia de Al Gore y todos los que se creen padres de una idea, no se puede ser precursor absoluto. Siempre hay alguien que ideó lo mismo antes que nosotros. ¿Quién habrá ideado estas cosas antes que Forster? ¿Y antes?…¿y antes?