martes, 16 de marzo de 2021

Libros al acecho

  Escribí este texto para la revista de libros y cultura Leer y leer en 2008. Si hablo de lo que leía yo, no es pura impudicia: fue el encargo. Lo basé en algo que escribí para leerlo en la presentación de las Bibliotecas de Aula en 2004 en la FIL.


Desplegar las velas

Los barcos de antes para moverse desplegaban velas más amplias cuanta más fuerza necesitaran recoger del viento para desplazarse. Una partícula a la que se acribilla de energía en un experimento físico tiene más o menos probabilidades de captar esa energía según sean sus propiedades –su masa, su carga, su tamaño. Los físicos llamamos sección de dispersión a esa capacidad de captar. Ahora bien, captar –pero no energía, sino información y significados— es lo que tiene que hacer una persona para desempeñarse mejor en la vida y disfrutarla más. El propósito de la educación debería ser aumentarles la sección de dispersión a los alumnos, dotarlos del más amplio velamen para que puedan captar el mundo en toda su asombrosa riqueza y complejidad.

            Se ha dicho, aunque con otras palabras, que ésa es la función de los libros. Hoy en día ya no basta la información que puede extraer el individuo de su propia experiencia. Por suerte existen los libros, que nos liberan de ser sólo nosotros mismos porque nos dejan aprovechar la experiencia de otros. El efecto de los libros es aumentarnos la sección de dispersión: un buen lector puede viajar, aprender y conocer a mucha gente —captar más cosas a su paso por el mundo— sin levantarse de la silla. El libro es experiencia concentrada.

            Ésa es una forma de ver los libros. Otra es considerarlos azadones que van abriendo surcos y echando semillas, preparando el terreno de la mente del lector para fructificaciones y abundancias futuras. También se les puede ver como aparatos de ortodoncia cerebral que van abriendo espacio en la mente.

 

El entendedor (casi) independiente

¿Qué lee un científico en ciernes? No conozco la historia lectora de ninguna persona importante en la ciencia, pero la mía es más o menos típica (por lo menos entre mis amigos científicos y divulgadores), por lo que me permitiré la impudicia de contarles una parte. Le debo a un libro mi primera experiencia del placer de entender (y mi primer dolor de cabeza por esfuerzo mental). Era un libro que saqué de la biblioteca de mi escuela. No recuerdo ni el título ni el nombre el autor (tenía nueve años), pero sí que era un libro pequeño, de unos 10 por 15 centímetros, y que explicaba cómo funciona el motor de un coche. Nunca se me había ocurrido preguntárselo a mi papá, y quizá él no hubiera podido explicármelo muy bien. Ni siquiera se me había ocurrido que aquello podía estar a mi alcance. Me llevé el libro a mi casa, me senté en mi sillón preferido y me enfrasqué en la lectura reveladora.

            Para las ocho de la noche, hora en que había que estar en la cama sin remedio, ya había entendido yo que la potencia del motor se gestaba en cuatro tiempos, durante los cuales le ocurrían cosas complicadas a la gasolina: primero entraba en los cilindros como nebulizaciones mediadas por el carburador, luego se comprimía, luego el distribuidor hacía soltar una descarga eléctrica a la bujía correspondiente. Con esto, la mezcla de gasolina y aire explotaba, obligando al pistón a bajar, lo que transmitía la fuerza de la explosión al cigüeñal, que a su vez  la transmitía a las ruedas. Pasado el momento culminante de la explosión —que era como el do de pecho de un motor de combustión interna— el pistón subía (mientras otro de sus compañeros  explotaba: ése era el secreto de la continuidad del movimiento), con lo cual expulsaba los gases sobrantes de la combustión y quedaba listo para empezar otra vez, todo en cuestión de fracciones de segundo. ¡Ajá!

            Esa noche me fui a la cama muy satisfecho de saber que nada podía ser tan complicado que me rebasara, y que para entenderlo no me hacía falta que mis adultos lo supieran: bastaba con que hubiera un libro.

            El proceso se repitió con el libro Nuestro amigo el átomo, de Heinz Haber, ilustrado por Walt Disney (o sus animadores). Recuerdo especialmente la ingeniosa metáfora que me ayudó a entender lo que era una reacción en cadena, fenómeno sin el cual no se podría extraer energía del átomo ni para bien ni para mal. En una página del libro se veía un lugar sembrado de ratoneras. Cada ratonera tenía encima una pelota de ping pong que salía volando al dispararse el aparato. Había que imaginarse qué pasaría si uno lanzara otra pelota entre las ratoneras cargadas. La pelota caía en una ratonera y la disparaba, con lo que salían volando dos pelotas, las cuales iban a dar a sendas ratoneras. Éstas saltaban. Ya había cuatro pelotas en el aire. Las cuatro pelotas se convertían en ocho y éstas en 16, y así sucesivamente. Al rato el recinto era una pesadilla de ratoneras desbocadas y pelotas enloquecidas. Eso es, más o menos, lo que sucede en un pedazo de uranio al que se bombardea con neutrones. Los neutrones son la primera pelota de ping pong, las ratoneras son los átomos de uranio y su carga de pelotas son los neutrones y protones de sus núcleos. El disparo de la ratonera es la desintegración radiactiva de un átomo de uranio. La cosa estaba clarísima. “Reacción en cadena” pasó de inmediato a formar parte de mi léxico y de mi universo imaginario. ¡Cuántas veces habría de evocar la imagen de las ratoneras de pesadilla cuando me explicaron con más detalle en qué consistía una reacción nuclear años más tarde, en clase de física en preparatoria y luego en la universidad! Todavía me parece una metáfora luminosa.

 

Verano y asombro

Un día, cuando yo tenía 12 años, mi mamá llegó del súper con libros, como hacía de vez en cuando. Uno de esos libros era El reto de las estrellas, de Patrick Moore y David A. Hardy, un libro grande de pastas duras negras con el título en letras futuristas y cautivadoras ilustraciones de astronautas del futuro dando saltos de gigante en el terreno accidentado de un asteroide. El libro todavía tiene pegada en la contraportada una etiqueta verde que dice “Oferta 29.90”. Por menos de 30 pesos me enteré de que se estaba construyendo una nave reutilizable llamada “transbordador espacial” (cuando leí el libro el transbordador ya estaba casi listo), que había planes para estaciones espaciales, bases en la luna, naves que aterrizarían en Marte y sondas para explorar Titán, la luna más grande del sistema solar. En la página 16 había una ilustración de la superficie de Marte con un promontorio de roca en medio de un paraje desértico, todo iluminado por un lejanísimo sol verde en un cielo entintado. El sol de esa ilustración resaltaba tanto que no se podía leer esa página sin tenerlo presente continuamente, como si brillara con luz propia como el sol de verdad.

            Ese mismo verano las naves Viking aterrizaron en el planeta rojo y tomaron fotografías del entorno. El suelo marciano resultó ser más rojizo y el cielo más luminoso que en las ilustraciones hipotéticas de El reto de las estrellas. Comparar las ilustraciones del libro con las fotografías reales fue muy formativo para mí: los científicos podían equivocarse y no por ello quedaban en ridículo. Mucho después aprendí que equivocarse es parte fundamental de la vida de un científico.

            Algunas de las maravillas que prometía el libro se realizaron durante mi adolescencia y temprana juventud, y sigo esperando las que no. El reto de las estrellas me proporcionó mi primera visión panorámica de nuestro lugar en el universo y la voluntad de exploración de la especie humana. Por si fuera poco, los autores generosamente añadían al final unos capítulos más especulativos —menos científicos, quizá, pero más evocadores— sobre las exploraciones del futuro más remoto. Tal vez llegará el día en que, no contentos con explorar nuestro rinconcito de espacio, nos lancemos a otras estrellas (aunque para eso, no lo omitía el libro, faltaba muchísimo tiempo por las distancias inenarrables a las que se encuentran las estrellas). El reto de las estrellas me llenó el verano de asombro.

 

Las estrellas se mueven

No era mi primer libro sobre el espacio y la astronomía. En 1972, en la feria del libro de mi escuela, me compré el libro Fun With Astronomy, de Mae e Ira Freeman. Me costó mucho trabajo leerlo porque estaba en inglés y a mis ocho años no se podía esperar que fuera yo muy ducho en lenguas extranjeras. Con todo, algo colegí de mi lectura de Fun With Astronomy. Recuerdo de manera especialmente vívida la frase “Mantén fija la vista para ver moverse las estrellas”, que estaba impresa junto a la fotografía de un niño en una silla plegable de madera que mira un cielo salpicado de estrellas desde el pórtico de su casa en el campo. ¿Las estrellas se mueven? Ésa sí que era una novedad. Decidí comprobarlo. A falta de pórtico en el campo, puse mi silla frente al ventanal de la sala-comedor de nuestro departamento en la Colonia Cuauhtémoc, que daba a nuestro estacionamiento y los traspatios de todos los edificios vecinos. Encima de este paisaje urbano se veía una buena parcela de cielo. ¿Con que las estrellas se mueven? Eso lo vamos a ver. Me senté. Mantuve fija la cabeza. Esperé como si quisiera ver moverse la manecilla horaria de mi reloj (adquisición reciente, como el libro).

            ¡Se movían! Y aquello no era más que el reflejo de la famosa rotación de la Tierra, fenómeno tan cacareado por las maestras de la escuela pese a ser difícil de creer. Pues bien, ahí estaba la prueba ante mis ojos, gracias —no a la escuela, sino a un libro.

            El brevísimo capítulo sobre los cometas (no más de un párrafo) tenía a pie de página una foto que decía: “El cometa Halley, que nos visitará otra vez en 1986”. Faltaba muchísimo tiempo, pero yo me puse a esperar. Un libro también puede enseñar a tener paciencia.

 

Evasión

Los libros de divulgación científica eran sólo una parte de mi vida de lector. El primer libro que leí fue Príncipe y mendigo, de Mark Twain. Tenía siete años e iba en primero de primaria cuando mi mamá decidió que ya estaba grandecito para poder leer en la cama solo. Me puso el libro en las manos (el ejemplar había sido suyo cuando era niña) y me dijo: “lees un ratito y cuando te canses, marcas dónde te quedaste y metes el libro debajo del colchón para seguir mañana”. Esa costumbre me ha durado hasta hoy.

            Príncipe y mendigo fue el primer Everest literario que coroné. Al terminarlo me sentí orgulloso como el alpinista que llega a la cima, pero al mismo tiempo melancólico. Esa noche descubrí la tristeza de tener que abandonar a unos personajes con los que me había encariñado. Era como separarse de un amigo de carne y hueso. Todo buen lector conoce esa tristeza. Más tarde, con otros libros, el dolor de la separación fue tan insoportable, que en ese momento volví a empezar el libro. Así me pasó con El señor de las moscas, de William Golding, pocos días antes de cumplir 13 años. De hecho, la historia de los niños ingleses que fundan en una isla una sociedad tan defectuosa y destinada al fracaso como la de sus padres me embelesó tanto, que leí el libro cuatro veces entre el martes y el jueves de esa semana: leía en la cama, en el coche de camino a la escuela y de regreso, en clase, en recreo y por la tarde después de comer. Fue una experiencia muy intensa, aunque quizá no tan vívida como la de leer Mila 18, de León Uris, por la misma época.

            Con ese libro sobre la vida de la resistencia judía en el gueto de Varsovia durante la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial sentí como nunca lo que es entrar en una historia. Durante la lectura se me olvidaba que estaba leyendo y me creía niño judío en el gueto de Varsovia. Un día, estaba yo oculto en un sótano a punto de morir de hambre y de frío, enfermo y sin saber dónde estaban mis padres, muerto de miedo porque arriba los alemanes estaban haciendo una inspección, cuando se me ocurrió cerrar el libro. El sótano desapareció, los alemanes se esfumaron. No me encontraba en Varsovia en invierno, sino en Cuernavaca en primavera, y todo era luz y alegría de vivir. Bueno, no todo. Tan absorto había estado yo en mi lectura, metido en una llanta de flotación en medio de una alberca, que el sol me achicharró y al poco rato no podía yo ni enderezar las rodillas del ardor. No había pomada que  me lo calmara. Llegada la noche por fin me consiguieron una crema maravillosa que me alivió el dolor y me curó a toda velocidad la piel semifrita. Al día siguiente me desprendía de las piernas sábanas de piel muerta y transparente con descuido… mientras seguía leyendo Mila 18. Ese libro estuvo a punto de matarme.


La emboscada de los libros

“Somos lo que leemos”, iba yo a decir, pero para ser franco, no sé si es verdad. O más bien, no sé si esa afirmación es verdad en el sentido de que nuestras lecturas nos determinen, pero creo que sí es verdad que lo que elegimos para leer dice mucho acerca de nosotros. Quizá haya una influencia mutua entre lo que por accidente nos cae entre las manos y nuestros gustos como lectores, y en ese caso tal vez valga la pena no desoír las recomendaciones del escritor francés Daniel Pennac.

            En su libro Como una novela, Pennac aboga por una lectura ajena a todo fin utilitario, especialmente entre los aprendices de lector. Que la lectura no sea una obligación. La lectura como castigo —o como manda— resulta contraproducente. Usted como buen lector, ¿no deja libros a medias? ¿No se cansa de leer por temporadas? Daniel Pennac enumera los diez derechos del lector, que se han de observar para que la literatura no se convierta en instrumento de tortura. He aquí algunos de los derechos del lector según Pennac: el derecho de no leer, el derecho de saltarse páginas, el derecho de dejar un libro a medias. Los buenos lectores que conozco ejercen estos derechos por lo menos ocasionalmente. ¿Por qué no concedérselos a los estudiantes?

            Eso sí: hay que tener libros por todas partes, libros al acecho del niño o el adolescente desprevenido que pueda un día abrirlos por descuido y quedar enganchado para siempre. ¿Qué tipo de libros? De todo: novelas, cuentos, divulgación científica (¡no olvidar la divulgación científica!). Se trata de dotar a nuestros estudiantes del más amplio velamen, de ofrecerles un menú variado. Si es necesario, como dice Pennac, incluso se les puede leer en voz alta. Todo con tal de aumentar su sección de dispersión, que no es más que la posibilidad de cosechar de la vida más experiencias y más sensaciones.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

Crónica del último día

 




 

 

Este artículo salió originalmente en ¿Cómo ves?, no. 254, enero 2020

“…no pocas disciplinas científicas basan su labor en restos de acontecimientos pasados que se van acumulando y duermen, en algún lugar del mundo.”

--Jorge Wagensberg, Ideas para la imaginación impura

 

La Tierra hace las cosas con parsimonia. Una glaciación no empieza de la noche a la mañana, con un tiempo repentinamente gélido que ya no cede. Los polos magnéticos no se invierten como si alguien apretara un botón y las brújulas se pusieran de cabeza. El monte Everest no se levantó en un día con un gran ¡pop!

Las transformaciones geológicas dejan rastros de piedra. Los acontecimientos y sus fechas quedan inscritos en capas de sedimentos, rocas arañadas o comprimidas por glaciares, campos magnéticos añejos estampados en las vetas. Pero las fechas son imprecisas. Nunca apuntan a un día específico, con año, mes, número y día de la semana. “El Carbonífero empezó en jueves” es una frase absurda. Los cambios son graduales como un amanecer.

Pero no siempre.

 

Dies irae

Hay por lo menos una transición geológica que sabemos que sí empezó un día concreto –un día señalado por terrible, el día de la ira divina, cuando se movieron los cielos y la tierra, llovió fuego, se alzaron las aguas y se hizo la oscuridad—: el fin del periodo Cretácico y la era Mesozoica y el principio del Paleógeno y la era Cenozoica, cambio que no se debió a un largo proceso terrestre, sino a un accidente de tránsito espacial: el choque de un planeta de 12,800 kilómetros de diámetro con una roca de 15.

El impacto, ocurrido hace 66 millones de años, desencadenó un colapso ecológico mundial que tardó miles de años en consumarse (con la extinción del 75% de todas las especies, incluyendo a los dinosaurios), pero también tuvo consecuencias inmediatas el mismo día que ocurrió. El rastro más evidente es un cráter de impacto de 200 kilómetros de diámetro, hoy enterrado bajo un kilómetro de sedimentos en la península de Yucatán (véase ¿Cómo ves? no. 34). Según los modelos por computadora de estas cosas, el cráter se formó en el lapso de unos cuantos minutos. Pero aparte de esta huella evidente, ¿quedan otros rastros de aquel día? ¿Era jueves?

Lo del jueves nunca se sabrá. Si bien el impacto ocurrió un día específico, no hay manera de saber cuántos días han transcurrido desde entonces. En 66 millones de años (fecha ya de por sí aproximada) cabrían 24,000 millones de días normales de 24 horas; el problema es que sabemos que los días en esa época eran más breves. Pero es lo de menos.

Según el paleontólogo Robert DePalma sí quedan otros rastros de ese día. En un artículo publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Science en abril de 2019 DePalma y un grupo de colaboradores reportan un yacimiento de fósiles y sedimentos que guarda rastros de acontecimientos ocurridos entre 10 minutos y dos horas después del impacto: una crónica del última día del Cretácico y primero del Paleógeno… si acaso se confirma la interpretación de este equipo. Y hay dudas, como veremos.

 

El peor día del Cretácico

DePalma encontró el lugar en un rancho privado de Dakota del Norte en 2012. El dueño se lo había rentado a unos coleccionistas comerciales de fósiles pero estos ya no esperaban encontrar ahí nada de interés para sus clientes. Los coleccionistas se lo cedieron al joven paleontólogo. En esa región, llamada formación Hell Creek, afloran rocas del Cretácico y de la transición al Paleógeno (hoy llamada transición K-Pg, antes K-T), célebres por sus fósiles de dinosaurios (por eso estaban ahí los coleccionistas). El sitio de DePalma parecía ser el entorno inmediato de un antiguo río o brazo de mar. En el Cretácico había cerca de ahí un mar interior poco profundo, llamado Mar Interior Occidental, conectado con el futuro Golfo de México. Todo el centro de lo que sería Estados Unidos estaba bajo el agua.

En el perfil de una escarpa de unos 20 metros de desnivel se veía una capa de sedimentos de 1.5 metros de espesor que cubría el terraplén como una manta. Una antigua inundación. Algo había soliviantado las aguas y provocado una serie de oleadas de más de 10 metros que penetraron 50 metros tierra adentro. DePalma no tardó en encontrar montones de peces fosilizados. Eran peces de río y estaban todos apretujados entre restos de troncos de árboles que se habían alineado con un flujo violento a contracorriente del curso normal del río. Los peces habían quedado enterrados tan repentinamente, que ni siquiera estaban aplastados, y aún parecía que se retorcían en posiciones típicas de peces que se están asfixiando.

Sobrepuesta a la manta de sedimentos de las oleadas como azúcar glass estaba la marca bien conocida de la transición K-Pg: una capa de polvo fino rico en iridio que se encuentra por todo el mundo y que proviene del asteroide que impactó la Tierra hace 66 millones de años (véase ¿Cómo ves? no. 193). La inundación había ocurrido por la misma época que el impacto y antes de que se depositara la capa de arcilla iridiada… lo cual no daba una gran precisión: podría haber ocurrido años antes.

Mezcladas con el lodo de la inundación, DePalma y su ayudante encontraron millones de motitas blancas que, bajo la lupa, resultaron ser partículas esféricas o en forma de gota alargada de un par de milímetros de diámetro. El joven inmediatamente las reconoció como microtectitas: partículas de vidrio que se forman al volar por los aires roca fundida tras el impacto de un meteorito. Al paso de los siglos estas esferitas de vidrio se transforman en arcilla gris, pero los dos paleontólogos encontraron microtectitas intactas atrapadas en ámbar (resina fosilizada). También las encontraron en las agallas de los peces, que las habían absorbido del agua al momento de morir.

Había un indicio impepinable de que las microtectitas llegaron al mismo tiempo que las oleadas (y no, por ejemplo, que hubieran sido arrastradas por la corriente desde otro lugar). DePalma encontró rocas hechas de capas delgadas de lodo endurecido, como pastel mil hojas. Aquí y allá las capas se curvaban hacia abajo, formando embudos como la típica representación de un hoyo negro, al fondo de los cuales había sendas esferitas de vidrio. Eran microcráteres formados por partículas que impactaron el lodo anegado a gran velocidad. Los restos de madera carbonizada que había en el depósito indicaban, además, que al llegar las olas el bosque circunstante estaba en llamas. Las aguas se habían alzado al mismo tiempo que llovía fuego. Un pésimo día para estar vivo.

 

Rompecabezas completo

DePalma, quien se esmera en cultivar una imagen estilo Indiana Jones, para exasperación de sus colegas más establecidos, trabajó en secreto varios meses hasta decidirse en 2013 a compartir sus hallazgos y colaborar con otros científicos, entre ellos los célebres Walter Alvarez y Jan Smit, quienes en 1980 propusieron independientemente la hipótesis del impacto como causa de la gran extinción del Cretácico. También se unió al equipo el geofísico Mark Richards.

Para entonces Robert DePalma ya se había hecho una idea de lo que debía haber ocurrido en ese lugar, al cual llamó “Tanis”, como una ciudad egipcia que figura en la película Cazadores del arca perdida. Las microtectitas indicaban que la inundación ocurrió el mismo día del impacto. Es más: la catástrofe ocurrió a los pocos minutos, que es lo que tardarían las salpicaduras de roca incandescente en llegar desde Chicxulub volando como proyectiles en trayectorias casi parabólicas hasta la localidad de Tanis, situada a unos 3,000 kilómetros. Así, las olas serían consecuencia del tsunami que se sabe por otros estudios que asoló las costas del Golfo de México. Esos peces, árboles y animales marinos serían entonces de las primeras víctimas de la extinción en masa de fines del Cretácico, la tercera en gravedad de las cinco que sabemos que han ocurrido desde que existe vida multicelular, hace 600 millones de años. A menos que este pequeño apocalipsis se debiera a otro impacto más local y no al de Chicxulub.

En efecto, había dudas. Jan Smit y Mark Richards señalaron que las microtectitas tardarían unos 15 minutos en llegar desde Chicxulub. Suponiendo que el tsunami no se hubiera atenuado en las grandísimas extensiones de aguas poco profundas que mediaban entre Tanis y el sitio del impacto, de todas maneras habría tardado 18 horas en llegar. Pero había otra posibilidad. Richards recordó que el temblor de Japón de 2011 había hecho agitarse las aguas de un fiordo Noruego situado a 8,000 kilómetros de distancia y en un lugar inaccesible al tsunami. La explicación era que la agitación de las aguas no se debió al tsunami, sino a las ondas sísmicas que llegaron por el subsuelo 30 minutos después del temblor. El impacto de Chicxulub causó un terremoto miles de veces más intenso que el peor del que tengamos noticia. Sus reverberaciones lejanas serían mucho más eficaces para agitar aguas remotas, y Tanis estaba mucho más cerca de Yucatán que Noruega de Japón. Richards y Smit calcularon que las ondas sísmicas llegarían entre seis y 13 minutos después del impacto, en perfecta sincronía con la lluvia de roca incandescente. Las olas no fueron, pues, un tsunami, sino un tipo de ondas llamadas “seiches”, que vienen a ser como el chapaleo de una piscina durante un temblor, pero a lo bestia, con marejadas de 20 metros de altura y varios minutos de duración. Todo cuadraba.

O casi todo. Faltaba una prueba crucial. Jan Smit analizó la composición química de las esferitas de vidrio y su proporción de cierto elemento radiactivo para determinar su antigüedad. Tanto ésta como la composición química coincidían bien, dentro del margen de error, con el impacto de Chicxulub.

El artículo científico de DePalma, Smit, Alvarez, Richards y ocho colaboradores más apareció en abril de 2019. Además de la evidencia de los peces y las microtectitas, los autores añaden muchos detalles que no dejan duda de que el depósito de Tanis se debió a una serie de oleadas causadas por un impacto. Muestran que el terreno cubierto por el lodo de la inundación no estaba bajo el agua antes de esta: hay huellas y madrigueras de animales terrestres. El acontecimiento fue repentino porque la manta de sedimentos lodosos está sobrepuesta abruptamente al terreno de las márgenes del río. Los investigadores encuentran también muchas marcas de flujo turbulento y deposición violenta, así como granos de polen de especies vegetales de fines del Cretácico. Y encima de todo, la capa de la transición K-Pg. Estamos viendo una instantánea de los primeros minutos del Paleógeno.

 

Transgresión protocolaria

Pero ya antes de que saliera el artículo, la investigación de DePalma estaba causando polémica en Twitter entre los expertos. El problema principal fue que en marzo la revista The New Yorker había publicado un largo reportaje sobre las aventuras del émulo de Indiana Jones. El novelista Douglas Preston, autor del reportaje, acompañaba a DePalma en un jeep hasta la ubicación súper secreta del yacimiento de Tanis mientras en el estéreo del vehículo se oía el tema principal de Cazadores del arca perdida. Ahí DePalma le mostraba al autor fósiles de plumas de 40 centímetros de largo que pertenecieron a un dinosaurio, y se vanagloriaba de haber encontrado también madrigueras de mamíferos con los animales aún dentro, huevos de muchas especies de dinosaurio, ¡con los embriones intactos! y huesos de dinosaurio por montones. En resumen, el reportaje presentaba a DePalma como una especie de quijote anti-establishment que sigue adelante con sus propias ideas pese a la incomprensión de sus colegas: la clásica historia del héroe científico… que nunca es cierta.

El reportaje de The New Yorker no es un artículo científico. No incluye la evidencia sobre la que se basó DePalma para construir su interpretación, solo lo que el plaeontólogo le contó al autor. Sin estos datos, imposible verificar sus conclusiones. Publicar hallazgos en la prensa generalista antes que en la prensa académica está muy mal visto en ciencia, y por buenas razones. Si el descubrimiento anunciado resulta un fiasco a la postre, una vez que lo examinan otros expertos, el público queda engañado y la ciencia mal parada. En 2014 un equipo internacional anunció con bombos y platillos que había encontrado rastros de ondas gravitacionales en el big bang (véase ¿Cómo ves? no. 186). A los pocos días el anuncio se había desmentido, pero los medios masivos ya habían proclamado un gran descubrimiento y repartido premios Nobel antes de tiempo. En 2010 la NASA organizó una conferencia de prensa con la astrobióloga Felisa Wolfe-Simon para anunciar ciertos resultados sorprendentes acerca de unas bacterias de un lago californiano que ampliaban las posibilidades de vida extraterrestre. Se armó un gran circo mediático, pero los resultados no resistieron ni el primer embate de la crítica científica. Wolfe-Simon sufrió las consecuencias de esta falta al protocolo científico. Lo malo es que también las sufrió el prestigio de la ciencia.

En el caso de DePalma, otro problema es que los hallazgos más espectaculares que se anunciaban en el reportaje de The New Yorker no figuran en el artículo científico: ni plumas, ni huevos, ni montañas de huesos de dinosaurio, ni mamíferos enterrados en sus madrigueras. Añádase que, a sus 37 años, DePalma no ha terminado el doctorado y no está adscrito a ninguna institución de investigación reconocida. Riley Black (@Laelaps en Twitter) tuiteó: “Estas son las cosas que ponen en guardia a la comunidad paleo: verstirse y comportarse como Indiana Jones o una caricatura de paleontólogo, publicar conclusiones en la prensa antes de sacar el artículo científico correspondiente”. El mismo día el paleontólogo Steve Brusatte (@SteveBrusatte) anunció: “Ya hojeé el artículo científico. Sólo se menciona un hueso de dinosaurio… El sitio es increíble, pero no veo ninguna evidencia de un cementerio de dinosaurios. Algo anda mal”. Los tuits de estos influencers científicos desencadenaron un diluvio de comentarios críticos en la comunidad paleontológica. En conclusión, el sitio de Tanis parecía bueno, con mucho potencial y muy interesante, pero DePalma había hecho mal en buscar publicidad fácil y todavía peor en presumir supuestos hallazgos sin mostrar la evidencia. La ciencia no se hace así.

Eso sí: la colaboración de investigadores de la talla de Jan Smit y Walter Alvarez es un gran espaldarazo a DePalma y garantía de que la investigación –por lo menos lo que se reporta en el artículo científico— está bien hecha. Además, cementerio de dinosaurios o no, la catástrofe de Tanis es interesante porque revela “un posible mecanismo adicional capaz de causar destrucción abrupta y vasta en regiones y ecologías muy apartadas unas de otras”, como escriben los autores al final de su artículo. “La extinción mundial pudo haber tenido un precursor inmediato, tanto local como globalmente, a los pocos minutos del impacto”.

 

Sergio de Régules es coordinador científico de ¿Cómo ves? y ganador del Premio Nacional de Divulgación de la Ciencia “Alejandra Jáidar” 2019.