
A veces uno añora la infancia por lo simples que le parecen las preocupaciones de esa edad vistas desde la perspectiva de la edad adulta. Es pura amnesia --la infancia puede ser muy estresante, pero se nos olvida--, lo que no obsta para que la idealicemos: ¡qué sencillo era todo en la infancia!
En la infancia de la astronomía las cosas también eran sencillas. El cielo de los griegos, por ejemplo, era un lugar de ciclos eternos donde nada cambiaba. Las estrellas siempre formaban las mismas constelaciones, el Sol siempre pasaba por el mismo camino a lo largo del año, y sobre todo, las estrellas conservaban el mismo brillo, ejém, por los ciclos de los ciclos.
Luego resultó que no. En la edad media, los árabes, que tenían la costumbre de ponerles nombre a las estrellas y no a las constelaciones, como los griegos, llamaron Algol ("el diablo") a una estrella de la constelación de Perseo que cambiaba de intensidad; y en el siglo XVIII el astrónomo inglés John Goodricke examinó cuidadosamente los cambios de brillo de esa estrella y de otra en la constelación de Cefeo. Las estrellas que cambian de brillo (o más bien, cierto tipo de estrellas que cambian de brillo) se llaman hoy variables cefeidas. Para entonces ya se sabía también de otros cambios que ocurren en el cielo supuestamente invariable de los griegos: a veces aparecen estrellas que nadie había visto antes (hoy las llamamos novas y supernovas); los cometas, símbolo de cambio y otrora considerados acontecimientos atmosféricos, eran fenómenos del cielo. Poco a poco, los objetos de estudio de la astronomía se estaban revelando mucho menos estáticos y eternos de lo que le hubiera gustado a Aristóteles. El colmo fue cuando nos enteramos de que el universo entero está en expansión. Qué horror.
Con todo, los cambios celestes son muy lentos. Aunque las estrellas se desplazan al azar por el espacio galáctico, nosotros vemos las mismas constelaciones que vio Aristóteles. Orión, el cazador, apunta su flecha al corazón de su presa como siempre y la Osa Mayor gira alrededor del polo del cielo desde hace millones de años. Tendrán que pasar otros tantos ciclos solares para que notemos cambios sustanciales en las formas de las constelaciones. Mientras en nuestra vida todo cambia, las estrellas nos consuelan con sus formaciones invariables. Orión se veía igual en mi infancia, y se verá igual en mi vejez. Los cielos siguen siendo buena metáfora de lo permanente.
Y quizá por eso los astrónomos de rayos X están tan desalentados con un resultado que se acaba de publicar en la revista Astrophysical Journal Letters. Ser "astrónomo de rayos X" quiere decir que, de todos los tipos de radiación que nos llegan del cielo, uno sólo se fija en lo que llega en forma de rayos X, un tipo de luz muy energética que no percibimos con los ojos. Hay muchos fenómenos interesantes que se manifiestan mejor en rayos X que en otras formas de radiación; por ejemplo, los bandazos que dan los electrones atrapados en el campo magnético de una estrella de neutrones que gira 30 veces por segundo (un pulsar). Eso es lo que ocurre en la llamada Nebulosa del Cangrejo, región de gases en expansión que se encuentra a unos 6,500 años luz del Sistema Solar. La Nebulosa del Cangrejo es el resultado de la explosión de una supernova que se vio como una estrella nueva muy brillante en la constelación de Tauro en el año 1054 (registrada por astrónomos chinos y árabes, mas no por europeos). Hoy pensamos que, después de la explosión, lo que quedó de la estrella se contrajo hasta formar un objeto súper denso que gira 30 veces por segundo. Este pulsar es una verdadera batidora magnética. Las partículas que quedan atrapadas en esta batidora protestan emitiendo rayos X. La Nebulosa del Cangrejo es una fuente de rayos X tan intensa y constante, que desde hace varias décadas se usa como patrón de intensidad para calibrar telescopios de rayos X, tanto terrestres como espaciales. Dicho de otro modo, es la pauta con la que se miden todos los resultados en esta importante rama de la astronomía.
Ahora resulta que este bastión de constancia, sólido como una roca y confiable como el sol... tampoco es constante. Hace algún tiempo, la astrónoma Colleen Wilson-Hodge y sus colaboradores notaron un ligero descenso en la intensidad luminosa de la Nebulosa del Cangrejo. Los datos provenían del satélite Fermi. Para confirmar, los investigadores analizaron datos de cuatro instrumentos más. Luego de un laborioso estudio de datos de los últimos 12 años, Wilson-Hodge, del Centro Espacial Marshall de la NASA, y su equipo internacional, afirman que la intensidad de los rayos X que emite la Nebulosa del Cangrejo ha bajado cerca de 7% en dos años. Está claro que la nebulosa ya no puede usarse como patrón de luminosidad.
Al mismo tiempo, esta extraña variación de la intensidad es señal de que en el sistema formado por la estrella de neutrones, su campo magnético y el gas que la rodea están ocurriendo fenómenos que no conocíamos. Estos fenómenos tienen que ver con los electrones atrapados en el campo magnético y las fuerzas que los están acelerando. Por lo tanto, la variación puede verse como una nueva fuente de información acercda del proceso de aceleración de los electrones en un pulsar.
Ante lo desconocido muchos reaccionan con miedo. Cuando se revela su ignorancia, muchos más tratan de ocultarlo. Los científicos, en cambio, se alegran con lo nuevo, aunque demuestre que estaban errados.

