viernes, 29 de febrero de 2008

"¡Toma tu asqueroso pepino!"

Unas cosas se saben de nacimiento, otras se aprenden. Lo congénito se lo debemos a “natura”, lo aprendido a “cultura”; y estas dos fuerzas moldeadoras nos hacen lo que somos. Por influencia de natura comemos, respiramos, hacemos el amor; por mediación de cultura hablamos una lengua específica, leemos, hacemos ciencia. Somos bichos sociales que hemos construido la comunidad de animales más compleja del planeta. Vivir en sociedad requiere un montón de reglas y habilidades que ponemos en práctica para coexistir armoniosamente con el prójimo. “No matarás" y “no robarás” son pautas sencillas encaminadas en esa dirección; también podrían serlo “no te dejarás matar” y “no permitirás que te roben”. La vida en sociedad conlleva muchas reglas tácitas que norman nuestro comportamiento. Unas nos dicen qué hacer y qué no hacer, otras nos dicen qué permitirles a los demás y qué no. Cuando alguien infringe estas normas, la mayoría reaccionamos con indignación.

La indignación es ese ardor en el pecho, esas palpitaciones que nos dan cuando la combi se nos cierra, cuando un coche se nos mete en la cola para entrar al periférico, cuando un político usa nuestro dinero en su beneficio, cuando nos engañan, en suma. La indignación, una emoción que podría suponerse muy abstracta, produce efectos fisiológicos bien claros: nos sonroja, nos corta el aliento y nos acelera el corazón; ¿la aprendemos, o ya la traemos programada de fábrica? ¿Es la indignación cuestión de natura o de cultura?

Podría pensarse que de cultura, que la indignación se aprende y que esta emoción es una característica muy humana de la cual podríamos ufanarnos. ¿Hay manera de probar esta hipótesis?

Sí, y para hacerlo basta ver si nuestros parientes más cercanos en la evolución, los otros primates, también son capaces de reaccionar a las injusticias. Eso es lo que hicieron los primatólogos Frans de Waal y Sarah Brosnan, de la Universidad Emory de Atlanta, usando chimpancés y monos capuchinos. En un experimento, entrenaron a dos monos para atesorar piedritas, que luego podían intercambiar por una rebanada de pepino que les ofrecían los investigadores. En cada transacción se trataba de observar si los monos cooperaban o no. Los monos aceptaban el intercambio 95 % de las veces. Entonces los investigadores le dieron a uno de los monos una uva —manjar mucho más rico— mientras al otro le propusieron el consabido pepino. En estas condiciones el otro mono sólo cooperaba 60 % de las veces, y podía llegar a rechazar la rebanada de pepino pese a que una rebanada de pepino es mejor que nada. Esto es lo más intereante: en la tercera ronda de experimentos, de Waals y Brosnan le dieron la uva a unos de los monos sin exigirle a cambio la piedrita. El otro mono cooperaba mucho menos, y en varias ocasiones la injusticia lo indignó tanto, que les aventó en la cara el pepino a los investigadores. De Waals y Brosnan concluyen que la indignación nos viene de fábrica, que evolucionó en nosotros porque cumplía una función útil. Dicho de otro modo, que entre nuestros antepasados paleolíticos, los que por casualidad nacían con la capacidad de indignarse tenían más probabilidades de sobrevivir hasta la edad de dejar descendencia. Sus descendientes heredaban esta capacidad y así, poco a poco, la población se fue llenando de individuos que reaccionaban ante las injusticias cometidas contra ellos.

No es difícil imaginarse qué función cumplía la indignación: cuando nuestros antepasados vivían en tribus pequeñas la capacidad de indignarse (y de avergonzarse) les señalaba a todos los implicados cuando una transacción era injusta. Esto contribuía seguramente a la armonía de la banda eliminando a los tramposos —o por lo menos garantizando que la tranza y la marrullería salieran caras desde el punto de vista social— y a la larga beneficiaba a todos los individuos. Hoy en día muchos vivimos en comunidades gigantescas llamadas ciudades, donde nadie nos conoce. En la ciudad se pierde la vergüenza que normalmente causaría en nosotros la indignación del prójimo. Podemos impunemente hacer trampa al manejar, por ejemplo, porque la indignación del desconocido del coche de junto nos importa un pepino.

8 comentarios:

Sergio de Régules dijo...

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Gracias.

arqguy dijo...

Escucho casi siempre tus comentarios en la radio y es bueno saber que por el blog podremos tenerlos si no fue posible estar sintonizados.

Saludos

Mario A. Mora Lara dijo...

Hola Sergio

me gusto la capsula del día de hoy ye te agrego parte de la columna de Caton en el reforma del día de ayer:

"Lo que México necesita es que en él haya consecuencias. Estamos en el atraso porque aquí no hay consecuencias. Vivimos en la inseguridad porque no tenemos consecuencias. Nuestra calidad de vida es baja porque nos faltan consecuencias. Deberíamos traer consecuencias de algún lado, porque estamos perdidos sin las consecuencias. Son más necesarias que el alimento, y más preciosas que el oro o que la plata. La civilización y la cultura están fincadas en las consecuencias. El orden y el progreso no podrían existir sin las consecuencias. Necesitamos entonces consecuencias. Voy a explicarme, por consecuencia. Aquí un tipo -o una tipa- se puede encuerar en la esquina de Madero y Eje Vial Lázaro Cárdenas, centro y corazón de la Ciudad de México, y echar a caminar entre la gente vociferando y echando tamborazos, y eso no le acarrea consecuencia alguna. Aquí un sujeto puede entrar a caballo en la Cámara de Diputados, y no hay ninguna consecuencia. Aquí una multitud de 10 personas puede interrumpir el tránsito en cualquier calle de cualquier ciudad para protestar porque sí o porque no, y eso no provoca consecuencia alguna a ninguno de los 10. En este país un individuo puede apoderarse durante varias semanas del más concurrido paseo de la capital, sin que derive consecuencia alguna de su acción. Se puede robar, injuriar, defraudar, violar y hasta matar sin consecuencias. En los países civilizados, en cambio, te pasas en ámbar una luz del semáforo, y aun esa mínima acción trae consigo una consecuencia. En el primer mundo apartarse de la ley en cualquier forma provoca una consecuencia. El atentar contra el derecho de los demás acarrea una consecuencia. Pero en México no tenemos consecuencias. De la falta de consecuencias deriva la impunidad, y de la impunidad deriva la inseguridad. Así, todos andamos con una mano atrás y otra adelante, en este caso no como signo de pobreza, sino por la necesidad de protegerse contra ataques que lo mismo pueden venir del frente que -¡Dios nos libre!- de la retaguardia. Es valioso que en las escuelas se impartan asignaturas relacionadas con el civismo y la ética, pero esa plausible acción de nada servirá si el hecho de apartarse de la ley no trae consigo alguna consecuencia. Hagamos que las malas conductas provoquen consecuencias que caigan sobre quienes en ellas incurrieron, y empezaremos a notar cómo esas acciones malas empiezan poco a poco a hacerse buenas. Hoy por hoy, desgraciadamente, en México no hay consecuencias. Propongo, entonces, que se establezca de inmediato un programa para importar, de donde sea, consecuencias"

http://www.reforma.com/editoriales/nacional/430/858602/default.shtm

a ver que te parece..

tambien quisiera aprovechar para solicitarte la publicación de tu participaciós de los "chamacos mendigos" del domingo pasado en Imagen en la Ciencia. Me paracio muy util

un abrazo

Sergio de Régules dijo...

Gracias, amigos. Mario: aunque Catón no me gusta mucho (y estoy sólo parcialmente de acuerdo con lo que dice en esta columna), te agradezco el envío.

Voy a poner los chamacos méndigos en este instante.

Anónimo dijo...

Mi querido Sergio publicate la magnifica charla sobre la ciencia que hay en los Simpsons, y aquella en la que hablabas sobre la mitificación del heroe o el científico o por ahí y como nos los hacen ver desde chamacos, si, esa que empezó con la frase "Si he visto más es porque...." y terminaste con: ¡¡¡Tamales, tamales calientitos!!!. Genial..Genial... Genial. Saludos y un abrazo desde Biomedicina.

Sergio de Régules dijo...

(El autor se sonroja sin control). Gracias, muchachos... Pues buscaré lo de los Simpson, por lo menos para poner el link a Youtube.

angie 6av dijo...

hola
la verdad nunca habia visto tu blog si no hasta que me pidieron una tarea sobre esta , lei este articulo solamante por el nombre que estubo muy chistoso...

es cierto, la injusticia y la tranza siempre va haber y ya es instinto humano y animal

atte: angie

Enrique dijo...

No veo claro desde tus palabras. No entiendo cómo la indignación es una función que contribuye a la supervivencia, tampoco entiendo por qué por necesidad está en nosotros esta respuesta porque sí vivieron las especímenes que se indignaban y no los que no. Puedo imaginarme una respuesta, pero no me siento exactamente cómodo u orgulloso por esta cualidad o libertad de rechazo ante una injusticia. Esta indignación podría ser, más que una noble aptitud dirigida hacia la cultura y vida regulada, una especie de mediación entre una violencia o agresión de origen externo a una violencia y agresión de origen interno, como podría ser una ira, que activa mecanismos motores que subyugan o destruyen la fuente de la indignación.