martes, 26 de enero de 2010

La prensa y el profesor Goddard

No se crean todo lo que dicen los periódicos. Hasta los mejores a veces publican falsedades (cuando no mentiras)... y errores garrafales. El 13 de enero de 1920 el New York Times, uno de los diarios más prestigiosos del mundo, metió la pata olímpicamente. El artículo culpable hablaba sobre el profesor Robert Goddard, de la Universidad Clark de Massachusetts. Goddard había publicado un artículo técnico titulado “Método para alcanzar altitudes extremas” en el que afirmaba que se podía llegar a la luna usando cohetes. El periódico hacía mofa de Goddard. ¿Cómo podía impulsarse un cohete en el espacio vacío, si no había atmósfera contra la cual empujar? “Al profesor Goddard”, decía el artículo del New York Times, “le faltan los conocimientos que se imparten diariamente en las secundarias”.

Pero el que carecía de conocimientos elementales de física era el autor del artículo del periódico. Un cohete no se impulsa empujando contra la atmósfera, sino porque el fuselaje y las partículas del chorro se empujan mutuamente. Unas salen despedidas hacia atrás y el otro hacia delante (la ley de la acción y la reacción en…ejem…acción). No hace falta que haya atmósfera.

Goddard era un científico muy serio y discreto. Este roce con la prensa lo hizo caer en una hosquedad rayana en la misantropía y no volvió a anunciar sus descubrimientos teóricos ni sus experimentos con cohetes. De poco le valió, como veremos.

Robert H. Goddard nació el 5 de octubre de 1882 en Worcester, Massachusetts. Desde muy pequeño mostró curiosidad por la naturaleza. Leía mucho sobre física y grandes inventos. En 1898, a los 15 años, leyó La guerra de los mundos, de H. G. Wells, que se publicaba por entregas en el periódico Boston Post. Un año y medio después, recién cumplidos los 17, Robert fue a pasar unos días en la granja de su tía Czarina. Su madre tenía tuberculosis y él estaba descansando para recuperarse de sus dolores de estómago crónicos. El 19 de octubre, un luminoso día de otoño, se trepó en un cerezo. Estaba embelesado contemplando el paisaje cuando lo asaltó una idea que lo dejó sin aliento: la física debía permitir construir un aparato para viajar a Marte. Robert decidió dedicar el resto de su vida a inventar ese aparato. “Cuando bajé del árbol”, escribió en su diario, “me pareció que mi vida por fin tenía un propósito”. Desde entonces y hasta su muerte Robert H. Goddard conmemoró sin falta el 19 de octubre, al que llamó “día del aniversario”.

Goddard se especializó en física. Luego se dedicó a dar clases y llevar a cabo sus investigaciones en la Universidad Clark, donde había obtenido su doctorado. El 16 de marzo de 1926 Goddard salió a un campo abierto con un cohete de tres metros de altura al que llamaba “Nell”. Su asistente encendió la mecha con un soplete. Primero no pasó nada. Luego el cohete salió disparado a cerca de 100 kilómetros por hora, se elevó 12 metros, hizo una curva hacia abajo y se estrelló en un plantío de coles, a 56 metros de distancia. Todo esto se produjo en 2 segundos y medio, pero era el primer vuelo de un vehículo de propulsión a reacción y combustible líquido (un cohete).

Goddard fue perfeccionando sus Nells. En 1929 uno de sus experimentos atrajo más atención de la que el científico hubiera deseado. El lanzamiento causó tal revuelo, que tuvo que acudir la policía. Inevitablemente acudió también la prensa local. Al día siguiente el periódico del lugar publicó un artículo con un titular que no debe haberle hecho mucha gracia al investigador: “Cohete lunar falla el objetivo por 238,799 millas y media”. Goddard se mudó a Roswell, Nuevo México, donde la gente no se metía con sus vecinos (quizá porque el vecino más cercano en el extenso y despoblado Nuevo México estaba demasiado lejos para hacerle caso a uno).

A partir de entonces, en efecto, nadie le hizo caso, ni siquiera los militares de Washington, a quienes Goddard ofreció sus descubrimientos al principio de la Segunda Guerra Mundial, luego de que los alemanes mostraran un insólito interés por sus investigaciones. Estados Unidos no desarrolló la técnica del cohete, pero Alemania sí, como descubrieron los habitantes de Londres cuando sobre la capital británica empezaron a llover misiles V-2. Un V-2 capturado al final de la guerra fue a dar a manos de Goddard. “Profesor, ¿no es éste su cohete?”, le preguntó un asistente. “Parece que sí”, dijo Goddard muy serio al tiempo que examinaba el aparato.

Goddard murió en 1945, pero el reconocimiento acabó por llegarle. En 1969, cuando el Apolo 11 llegó a la luna impulsado por un cohete de linaje goddardiano, el New York Times publicó una disculpa. Al parecer, los cohetes sí podían impulsarse en el vacío (lo que Isaac Newton pudo haberles dicho en 1686).

martes, 19 de enero de 2010

El arte de encuestar

Ahora que la opinión pública se cala diariamente por medio de encuestas les quiero contar unas experiencias personales.

Un día se presentó en mi casa un individuo que me pidió permiso para hacerme algunas preguntas acerca de los bancos y la publicidad que hacen por televisión. Le advertí de frente que yo de bancos sabía lo mismo que él de numismática egipcia. No le importó. Añadí que, por si fuera poco, yo la televisión la veía muy de tarde en tarde, y que sólo me daba por los canales de cable, canales con poca publicidad. El tipo seguía imperturbable, de modo que me sometí a sus preguntas. Mis respuestas fueron todas de este tenor: “no sé”, “no, no he visto ese comercial”, “no, no sé qué banco tiene como eslogan publicitario somos malos, pero los demás son peores”. Cuando, insistente, me preguntó si podía yo cantarle la tonadilla de algún comercial de banco, le dije que desde luego que no: en primer lugar, como ya le había señalado, casi no veo la tele, en segundo lugar la propuesta me pareció de una ridiculez oceánica. A los cinco minutos el individuo se dio por bien servido y se fue.

Pero regresó al cabo de unos instantes. ¿Podría yo –me solicitó—decir que la entrevista había durado 25 minutos en caso de que la supervisora pasara a preguntarme? (¡Veinticinco minutos!) Como el bienestar de un pobre particular me importa más que el de los bancos y su publicidad en televisión, accedí, deseoso de salvarle el empleo, no sin señalarle que no veía yo para qué iba a servir una entrevista semejante. Cierro la puerta, pero no bien entro en mi casa cuando suena de nuevo el timbre. Ah, que si por favor también puedo decir que tengo menos de 35 años porque la encuesta es para sondear a la población de esa edad.

Señores banqueros y sus publicistas: ¡cuidado! Si la empresa que contrataron en esa ocasión pretende hacerles creer que de una encuesta como esa van a extraer información útil acerca de cómo percibe el público a los bancos y su publicidad, los están engañando. Me imagino que las encuestas las solicitan ustedes para saber de veras qué opina el público. O sea, lo que les interesa es investigar científicamente el parecer de la población para averiguar cómo son las cosas, no para pintarle al dueño del banco un panorama halagüeño y falso. Eso me imagino yo, aunque la realidad podría ser otra. Recuerdo, por ejemplo, que hace muchos años las autoridades municipales hacían reverdecer con pintura el pasto seco del camellón de la Avenida Conscripto cuando se esperaba la visita del presidente municipal, al cual, evidentemente, le importaba un cuerno que las calles y otros servicios estuvieran en buenas condiciones. Sabedores de ese triste hecho, sus obsequiosos subalternos iban barriendo la mugre a su paso para que el señor presidente municipal no tuviera que posar sus augustos ojos en tanta porquería. Lo mismo se hacía a todos los niveles de la política. A los dignatarios no les gustaba ver la realidad, de modo que la hacían esconder bajo la alfombra. ¿Será que algunas encuestas se hacen con el mismo objetivo?

El quid del asunto es éste: si el propósito de la encuesta es endulzarle el oído al señor director del banco y que a la opinión del público se la lleve el tren, entonces sigan haciendo las encuestas así. En cambio si, por ventura, les interesara la verdad aunque duela (y a ciertos bancos la verdad les dolería mucho), más vale que vayan adoptando un procedimiento más riguroso para realizar encuestas.

En estas fechas el Partido Acción Nacional de México está realizando encuestas para saber qué opina la población acerca de la ley que permite el matrimonio entre personas del mismo sexo. Con el mismo espíritu súper objetivo y científico --y las mismas técnicas que el PAN--, presento aquí una

Encuesta para evaluar la sección Imagen en la ciencia de Radio Imagen:

1) ¿Usted les va a las Chivas o a los Pumas? (pregunta para destantear y de paso para saber qué datos voy a rechazar cuando haga mi análisis estadístico: quien no les vaya a los Pumas queda fuera. He dicho.)

2) En su opinión, que una estación de radio divulgue la ciencia es:

  1. a) Una obligación divina
  2. b) Súper benéfico para la sociedad
  3. c) Un deber moral insoslayable
  4. d) Una pérdida de tiempo (esta pregunta es para no ser tan obvio, juar, juar)

3) En su opinión, la sección Imagen en la ciencia es

  1. a) La mejor de toda la programación
  2. b) Inmejorable
  3. c) Bien divertida
  4. d) Que pongan más

4) ¿Qué opina usted de Sergio de Régules?

  1. a) Es el mejor divulgador del universo y zonas aledañas
  2. b) Es un genio
  3. c) Qué tipo más simpático

5) En una escala del 9 al 10, donde 9 es "buenísima" y 10 es "imposible mejorarla", ¿cómo calificaría usted la sección Imagen en la ciencia?

6) Si quitaran la sección Imagen en la ciencia usted

  1. a) Se haría el hara kiri
  2. b) Le daría una patada a su perro
  3. c) Dejaría de escuchar Radio Imagen hasta la séptima generación
  4. d) ¡Oh, dios en el cielo, no lo permitas!


martes, 12 de enero de 2010

Engañar a los expertos


En julio de 1984 se encontraron unas cabezas esculpidas en el foso de la ciudad de Livorno, Italia, donde vivió el pintor y escultor Amedeo Modigliani. Se decía que el artista, en un rapto de desesperación, había arrojado al canal varias esculturas que no le gustaron. Vinieron los expertos y no dudaron en autentificar las esculturas: las piedras tenían la "luz interior" que catacterizaba al maestro.

A las pocas semanas cuatro jóvenes livorneses fueron a la televisión y mostraron un video donde se les veía fabricando las cabezas esculpidas con un taladro Black & Decker. Los expertos en historia del arte quedaron como unos tontos y algunos perdieron su empleo y su prestigio.

Los críticos que mordieron el anzuelo hubieran podido sacar provecho de las investigaciones que llevan a cabo en el Dartmouth College, en Nueva Hampshire, el matemático Daniel Rockmore y sus colaboradores, que analizan con computadoras imágenes digitalizadas de obras artísticas usando una técnica matemática desarrollada por ellos. Una de sus líneas de investigación es la detección de falsificaciones en arte. La técnica consiste en buscar patrones en los trazos, igual que los grafólogos buscan patrones en el trazo de la letra manuscrita.

A una computadora equipada con el programa le dieron a analizar dibujos auténticos de Pieter Brueghel el Viejo, pintor flamenco del siglo XVI. Con esos dibujos, la computadora construyó un modelo estadístico del estilo del artista. Luego los investigadores usaron el modelo para analizar otros dibujos atribuidos a Brueghel, pero que hoy se consideran falsos. La computadora –o más bien el programa de Rockmore y sus colaboradores—los reconoció como falsos.

Para hacer esto, la computadora divide el dibujo o la pintura en parcelas y extrae información estadística que luego se somete a varios procesos matemáticos. Al final queda una especie de gráfica de tres dimensiones. Cada pintura ocupa un punto en esa gráfica. Las obras de estilos parecidos tienden a agruparse, a formar enjambres en ese espacio. Los enjambres se interpretan como obras de un mismo artista, y los puntos que quedan alejados del enjambre se interpretan como obra de otra mano.

En su análisis los investigadores muestran que los Brueghel originales se agruparon en un enjambre apretado, mientras las falsificaciones quedaron más distanciadas unas de otras y del enjambre.

El equipo también aplicó la técnica a lo que se conoce como el “problema de manos múltiples”: en las pinturas de muchos artistas del Renacimiento el maestro pintaba una parte y sus aprendices otras. Los expertos en arte se guían por la observación minuciosa y la intuición para distinguir qué parte de la pintura puede atribuirse al maestro y cuál a “su taller”. Rockmore aplicó su técnica a la “Virgen con el niño” del pintor italiano renacentista Pietro Perugino. En esa pintura aparecen seis personajes. Los investigadores analizaron las caras y descubrieron que tres de ellas producen puntos agrupados al analizarlas, mientras las otras arrojan puntos más distanciados. De ahí concluyen que es posible que las primeras tres sean obra de una misma persona (quizá el maestro) y las otras de tres manos distintas. El análisis matemático de la obra coincide con la opinión de los expertos, igual que con los Brueghel.

Estos análisis son ensayos apenas, pero la técnica podría usarse, junto con evaluaciones de expertos humanos, para identificar falsificaciones como la de Modigliani…y quizá así salvarles la vida a algunos críticos de arte.

También se usan técnicas similares para identificar autores de textos y compositores, y existe por lo menos un programa que, además de reconocer estilos musicales, los puede reproducir. Se llama EMI (Experiments in Musical Intelligence) y es obra del compositor David Cope. EMI ayuda a Cope con sus composiciones (después de haber analizado su estilo en muchas obras), pero también ha compuesto más de mil sinfonías al estilo de Mozart, una de las cuales se estrenó en 1997 en California con el título de Sinfonía número 42.

Esto sugiere que el estilo de un artista no es ese soplo de inspiración divina con que se asocia la genialidad artística desde tiempos del Romanticismo. El estilo, al parecer, se puede analizar. En otras palabras, puede reducirse a un algoritmo, o a una serie de instrucciones (ver en estas páginas "Beethoven artificial").
Pero no es lo mismo estilo que cualidades artísticas. Éstas no se pueden analizar porque lo "artístico" de una obra de pintura, de literatura o de música no reside en ninguna cualidad palpable ni medible: es más bien producto del consenso en la comunidad de artistas y de críticos de arte (posiblemente también del público, que decide si la obra le gusta o no). Un artista reconocido no es necesariamente un artista que produce obras "bellas", sino más bien uno que consigue convencer a la comunidad pertinente. Los pintores, para darse a conocer, tienen que exponer sus obras. El valor de éstas se aquilata examinando la lista de exposiciones en las que se ha presentado, así como las reacciones de los críticos. Si la obra se ha presentado en muchos lugares y ha generado opiniones favorables, se puede vender cara; si en cambio es un cuadro que nadie ha visto, por hermoso que le parezca al autor (y a sus abuelita), no vale nada. Dicho de otro modo, lo artístico --o el valor de las obras artísticas-- es un constructo social (como el dinero, que no vale si no hay una comunidad grande que haya convenido en aceptarlo como moneda de curso legal).
No lo digo yo, lo dicen expertos en arte como el crítico estadounidense Arthur Danto. En su libro La transfiguración del lugar común Danto analiza la creencia de que se puede distinguir los objetos que son arte de los que no lo son. Dice Danto: "la diferencia última entre arte y realidad es menos una diferencia entre tipos de objetos que una diferencia de actitudes, y por lo tanto lo que importa no es con qué nos relacionemos sino cómo nos relacionamos".
En 1917 el artista francés Marcel Duchamp presentó un orinal en una exposición usando el seudónimo R. Mutt. Hubo quien se ofendió y rechazó la "obra", titulada Fuente, diciendo que eso no era arte. Pero un crítico de la época dio en el clavo cuando escribió: "El hecho de que el señor Mutt realizara o no laa Fuente con sus propias manos carece de importancia. La eligió. Cogió un artículo de la vida cotidiana y lo presentó de tal modo que su significado utilitario desapareció bajo un título y un punto de vista nuevos. Creó un pensamiento nuevo para ese objeto". Es decir, obligó al público a adoptar frente a su orinal una actitud distinta a la que convendría si el objeto estuviera, por ejemplo, colgado en el muro de un baño. Con su broma, Duchamp puso en evidencia el problema de definir "lo artístico" sin más referencia que al objeto presentado.
Cuando los jóvenes bromistas livorneses revelaron que ellos habían fabricado las cabezas esculpidas del foso, por lo menos dos de los críticos que las autentificaron negaron la realidad diciendo que de todas maneras pensaban que las piedras eran obra de Modigliani... o quizá no negaron la realidad, simplemente adoptaron las ideas de Marcel Duchamp y con su negativa les dieron a esas esculturas un nuevo significado que las convertía, para todo fin práctico, en obras de arte.
En 2008 Michele Gherarducci, uno de los bromistas originales, decidió hacer de nuevo la cabeza, la cual se ofreció en subasta en e-bay a beneficio de un instituto de investigación sobre el cáncer. No he averiguado cuánto se ofreció por el falso Modi 2.0, como llamó Gherarducci a su obra, pero la historia parece confirmar lo que dice Arthur Danto acerca del arte, ¿no?

martes, 5 de enero de 2010

La danza de la cacatúa

Todas las culturas humanas tienen música y danza. Ningún otro animal puede decir lo mismo... o así se creyó hasta hace poco.
Bailar es sincronizar el movimiento del cuerpo con el ritmo de la música. Parece fácil, pero no lo es: la prueba está en que no lo hacen ni los simios, ni los delfines ni los perros, animales considerados entre los más inteligentes.
En el año 2007 el neurólogo Aniruddh Patel, del Instituto de Neurociencias de San Diego, vio en Youtube un video de una cacatúa bailarina llamada Snowball. El animal cabeceaba y alzaba y bajaba alternadamente las patas al ritmo de una canción de los Backstreet Boys. Patel se quedó patidifuso: era la primera vez que se veía bailar a un animal no humano. Pero, ¿era baile de verdad? ¿Estaba el animal realmente siguiendo el ritmo de la música y sincronizando sus movimientos, o estaba entrenado para moverse al oír música? Patel se puso en contacto con los dueños de la cacatúa para pedirla prestada para hacer experimentos.
El neurólogo y sus colaboradores le pusieron música al animal. La cacatúa acometió su danza con entusiasmo. Luego fueron variando el tempo de la música. El ave ajustó sus movimientos al cambio. Conclusión: Snowball escucha la música, le extrae el ritmo y sincroniza su gimnasia. En otras palabras, baila de verdad. Desde entonces los investigadores han analizado más de mil videos de loros bailarines en Youtube y han concluido que estos animales tienen, como nosotros, la maquinaria cerebral necesaria para bailar.
Patel se pregunta por qué los loros y no los primates. Su conclusión, hasta hoy, es que la habilidad de bailar proviene de la capacidad de imitar sonidos, capacidad que poseemos los humanos y los loros, pero que les falta a los otros mamíferos (aunque se sabe de un elefante que imita sonidos de camión y que también baila). Así, un video simpático en Youtube ha desembocado en conclusiones muy profundas acerca del origen de la danza y la música en las personas. Si Patel está en lo cierto, nuestra capacidad de hacer música y de sincronizar con ella nuestros movimientos no es un producto directo de la evolución de nuestra especie (no nos aporta ningún beneficio en términos de probabilidades de sobrevivir), sino un producto secundario que aprovecha la maquinaria neuronal que a los humanos nos sirve para aprender a hablar.
Los loros y las cacatúas también aprenden a hablar, de modo que ya conocemos otra especie que sí puede decir --literalmente-- que baila.

Más información este artículo que escribí para la revista ¿Cómo ves? en colaboración con Francisco Delahay: "El cerebro y la música".
Y para los que quieran ver a Snowball bailar, aquí está el video de los experimentos de Aniruddh Patel y sus colaboradores:


jueves, 31 de diciembre de 2009

Darwin y los caracoles


Para despedir el Año de Darwin, un enigma muy —¿cómo decirlo?— muy baboso: el enigma de los caracoles que pueblan las islas oceánicas.

Una isla oceánica es una isla que se encuentra en medio del mar (pues sí), muy lejos del continente más cercano: por ejemplo, las islas Galápagos, frente a las costas de Ecuador, las islas Canarias, cerca de África, las islas Hawai y las islas Tristan da Cunha, en el océano Atlántico. A diferencia de las islas cercanas a los continentes, que se formaron por fragmentación --y por lo tanto estuvieron alguna vez unidas al continente--, las islas oceánicas se forman por erupciones volcánicas en medio del mar. Así pues, una isla oceánica nunca ha estado en contacto con un continente.

¿Y qué?, me dirán ustedes.

Pues que estas islas están habitadas por plantas y animales tanto acuáticos como terrestres. ¿Cómo llegaron ahí? ¿Será que simplemente fueron creados en esas islas por una mano divina?

En el capítulo 13 de El origen de las especies, Charles Darwin se propuso demostrar que no; o por lo menos que la hipótesis de creación independiente no explica los hechos tan bien como la hipótesis de evolución por selección natural –o “descendencia con modificación”, como él la llamaba.

Para empezar, Darwin observa que en las islas oceánicas siempre hay menos variedad de especies que en los continentes cercanos. Pero si nos fijamos en el número de especies endémicas (o sea, que no existen en ningún otro lugar) veremos que en las islas oceánicas es endémica una altísima proporción de las especies —así pues, en las islas, pocas especies, pero muchas endémicas.

Es muy difícil explicar estos hechos suponiendo que las especies de las islas fueron creadas independientemente. ¿Por qué se crearían menos especies en las islas que en los continentes, y por qué habría más endémicas en éstas que en aquellos? Si en cambio suponemos que todas las especies de hoy son descendientes modificadas y adaptadas de las especies de ayer, la cosa está clarísima: los primeros habitantes de una isla oceánica tienen que llegar de algún continente; si la isla está muy cerca de tierra firme, habrá contacto continuo entre las poblaciones, que por lo tanto no se apartarán una de otra al paso de las generaciones. Pero si la isla está en medio del mar, será muy baja la probabilidad de que lleguen ahí organismos por accidente (aves arrastradas por tormentas, peces llevados por corrientes, insectos y animales transportados por leños flotantes). Así, los organismos que por casualidad sobrevivan la travesía fundarán poblaciones aisladas, que con el tiempo se irán adaptando a las condiciones de su nuevo hábitat, separadas de las especies del continente. Esto explica perfectamente por qué en las islas: 1) hay menos especies y 2) hay más especies endémicas… uno de tantísimos enigmas que dejan de ser enigmáticos a la luz de la evolución por selección natural.

Pero un tipo de especies terrestres muy particular le causó a Darwin dolores de cabeza sin cuento: los caracoles --en especial los caracoles de la isla Tristán da Cunha. En esa isla, situada en medio del océano Atlántico, entre África y Sudamérica, se encuentran especies de caracol terrestre que se parecen mucho a una especie europea pese a que la isla está a 9000 kilómetros de ese continente. Dos especies que se parecen deben provenir de un ancestro común, y mientras más se parezcan, más reciente será el ancestro común. Así pues, los caracoles de las islas Tristán da Cunha debían estar emparentados con los europeos; es más, debían ser sus descendientes directos. Pero busquen estas islas en el mapa y verán por qué el asunto le causaba dolores de cabeza a Darwin. El tío Charles especuló que los ancestros de esos caracoles llegaron a colonizar la isla montados accidentalmente en las patas de aves marinas. No había más remedio.

Recientemente unos científicos de la Universidad de Cambridge examinaron genéticamente los caracoles de Tristán da Cunha y descubrieron que, en efecto, como ya sospechaba Darwin hace 150 años, son primos cercanos de los caracoles europeos, de modo que no hay duda de que tuvieron que llegar a las islas desde ese continente.

¿No pudieron haber llegado simplemente en barco? Después de todo, los navegantes de la época de las colonizaciones introdujeron especies europeas en muchas islas. No: las islas Tristán da Cunha fueron descubiertas en 1506. Es imposible que se hayan producido tantas especies nuevas en el lapso de sólo 500 años.

Como comenta Richard Preece, uno de los investigadores de Cambridge, los caracoles no tuvieron que llegar de un solo golpe. De hecho, el mismo género de caracoles se encuentra en las islas Azores y en las Canarias, que están en medio del Atlántico, pero mucho más cerca de Europa. Los caracoles pudieron haber viajado con escalas.

Nótese que el estudio de Cambridge no demuestra que los caracoles hayan viajado hasta Tristán da Cunha en Gaviota Airlines. Demuestra solamente que, en efecto, los caracoles son parientes muy cercanos de los europeos. De ahí se infiere, vía la teoría de la evolución, que sus antepasados tuvieron que llegar desde Europa de alguna manera.

Darwin hizo experimentos con caracoles y huevos de caracoles de esas especies. Observó que los huevos se hunden y mueren en agua de mar, pero también observó que algunas especies resistían hasta 20 días sumergidas en agua marina, y luego calculó que una corriente promedio transportaría en ese tiempo a los caracoles unos 1100 kilómetros —lo que no basta para llegar a Tristán da Cunha.

En 1883, un año después de la muerte de Darwin, una explosión volcánica arrasó con la isla de Krakatoa. También arrasó con todas las especies de caracoles terrestres de ese lugar. En 1908 se observaron dos nuevas especies de caracoles terrestres en lo que quedó de la isla. Darwin hubiera estado encantado.

Disfruten lo que queda del año en que celebramos 200 años del nacimiento de Charles Darwin y 150 de la publicación de El origen de las especies, uno de los libros científicos que más han transformado nuestra cultura.

viernes, 18 de diciembre de 2009

¿Elegidos de los dioses? Puede que no...

Algunas personas no se gustan. Otras se gustan tanto, que no se imaginan cómo podemos soportar los demás el horror de no ser ellos. “¡Qué suerte tengo!”, se dicen, llenos de agradecimiento hacia la providencia. “¿Qué sería de mí si yo no fuera yo?”

Desde luego, si alguien ha tenido una suerte que no tienen los otros 6000 millones de seres humanos, es fácil que se sienta no sólo favorecido por la fortuna, sino escogido entre toda la creación: la mera suerte no sería capaz de explicar el portento de que yo sea yo, por lo que debo ser el favorito de los dioses. ¡Tal vez incluso el universo esté hecho para mí!

En su libro The Hitchhiker’s Guide to the Galaxy, el humorista británico Douglas Adams describe un aparato imaginario que les vendría bien a estas personas tan egocéntricas. Se llama vórtice de perspectiva total y funciona así: el paciente (o la víctima) entra en una cámara donde se le revela el tamaño del universo, con lo cual se le revela también la aplastante insignificancia de su persona. Quien entra en el VPT sale transformado en una piltrafa humana. Esta entrada de Imagen en la ciencia es una especie de vórtice de perspectiva total. ¡Cuidado!

Sigamos de cerca a un individuo que se inscribe en un concurso de volados (o tiros a cara o cruz). Para obtener el premio hay que ganar 10 volados seguidos. Está claro que ganar 10 volados seguidos es un evento muy poco probable (1 en 1024). Nuestro héroe participa…¡y gana! ¿No tendría razón en sentirse muy especial? “Soy un tipo con suerte, no cabe duda”, se dice muy ufano el personaje. Abramos ahora la cámara para tomar un plano general del procedimiento del concurso. Éste empieza necesariamente con 1024 participantes. La primera eliminatoria deja fuera del juego a 512 esperanzados jugadores, y cada vuelta va eliminando a la mitad de los participantes hasta que, al cabo de 10 vueltas, queda un solo ganador. Observen que este procedimiento siempre genera un ganador, necesaria e infaliblemente.

Hemos encontrado un método para producir individuos que se sienten elegidos de los dioses: tómese 1024 participantes, hágaseles echar 10 volados y al final se obtendrá un tipo que acaba de ganar 10 volados seguidos. Sólo que, a la luz de estas consideraciones, su “hazaña” ya no nos parecerá tan impresionante.

Cuando un científico se topa con indicios de un acontecimiento individual altamente improbable, sospecha de inmediato que el mecanismo que lo produjo se parece al concurso de volados. Dicho de otro modo, el acontecimiento debe ser resultado de un montón de repeticiones de un experimento, repeticiones que seleccionan automáticamente a un solo ganador. El físico y divulgador científico español Jorge Wagensberg, ex director del Museo de la Ciencia de la Fundación “La Caixa”, en Barcelona, cuenta la historia de un fósil interesantísimo que compró por ahí y que forma parte de su museo. Se trata de un pez grande que tiene en la boca uno chico. ¡Qué asombrosa casualidad que el proceso de fosilización haya captado el preciso instante en que el pez grande se comía al chico! La cosa es difícil de creer. De hecho, es tan difícil de creer, que se justifica buscar otra explicación. Y Wagensberg la encuentra (y la narra en forma de historieta en su museo): un montón de pececitos nadan muy quitados de la pena. Al fondo se ve la silueta de un grupo de depredadores que se acercan. En la trifulca, los peces grandes se tragan a los chicos, pero algunos de los chicos son suficientemente grandes para atragantar a los grandes que tratan de comérselos. Éstos mueren (y los chicos también, he ahí la tragedia), caen al fondo del mar, se fosilizan --y al cabo de varios millones de años los encuentra un paleontólogo, que le vende el fósil al simpático director de un museo catalán.

El concurso de volados y el fósil del pez atragantado sugieren que las preguntas del tipo “¿por qué precisamente aquí-hoy-a mí-en mi barrio-en este planeta...?” pueden tener respuestas más bien prosaicas: alguien tenía que ganar el concurso de volados, algún pez tenía que atragantarse y luego quedar fosilizado, algún carril de la autopista tenía que ser el más lento, algún planeta de tantísimos que hay tenía que albergar vida… Los fenómenos individuales improbables no implican necesariamente suerte, condiciones extraordinarias ni selección divina. Puede ser que el fenómeno que nos asombra por su improbabilidad sea simplemente consecuencia de muchos experimentos iguales con resultados variados, de los cuales sólo notamos uno.

El fenómeno individual improbable más grande que se puede concebir es el universo. Algunos científicos han notado con asombro que este universo está ajustado finamente para permitir que surjan la vida y la inteligencia…

martes, 8 de diciembre de 2009

Tu voz hace vibrar mi piel

Lean el título de esta entrada: es una frase cursi y manoseada que se le ocurre a cualquier compositor preparatoriano y que no dice nada. Pues bien, este lugar común de la canción de amor podría ser verdad, aunque por caminos insospechados...

La semana pasada salió en la revista Nature un artículo de Bryan Gick y Donald Derrick, de la Universidad de Columbia Británica, Canadá. Gick y Derrick muestran que, en eso de reconocer palabras habladas, el cerebro no se atiene sólo a la información que le llega por los oídos: las vibraciones que capta la piel también afectan cómo percibimos e interpretamos los sonidos.

Desde hace mucho se sabe que ver los labios de una persona al hablar afecta la percepción auditiva. Si a ustedes les ponen una grabación de la sílaba "ba" al mismo tiempo que les muestran un video de una cara diciendo "ga", ustedes oirán "da". Esta interferencia de la vista con el oído se llama "efecto McGurk-McDonald" y la describieron en 1976 Harry McGurk y John McDonald en la misma revista en que publican Gick y Derrick. Es muy impresionante, como comprobarán siguiendo el vínculo anterior. Si cierran los ojos, oirán perfectamente la sílaba cambiar de "da" a "ga".

Gick y Derrick reportan una interferencia del mismo estilo, pero entre el tacto y el oído. En algunos idiomas como el inglés hay sonidos que se hacen soltando aire explosivamente, como la p de "please". Los investigadores canadienses pusieron a 66 individuos cuya lengua materna es el inglés a oír grabaciones de las sílabas aspiradas "pa" y "ta", y de las sílabas sin aspiración "ba" y "da". Algunos participantes elegidos al azar recibieron soplos de aire apenas perceptibles en el cuello y en la mano derecha al mismo tiempo que oían las sílabas. Los soplos estaban calculados para reproducir la sensación táctil de las sílabas aspiradas.

Los resultados muestran que los soplos ayudan a reconocer mejor las sílabas "pa" y "ta", pero en cambio interfieren con la correcta interpretación de las sílabas "ba" y "da", haciendo más difícil reconocerlas. Gick y Derrick dicen que esto demuestra que al oír, el cerebro integra información proveniente no sólo del oído y la vista, sino también del tacto.

Así pues, la próxima vez que anden en traje de buzo y no entiendan lo que les dicen, desnúdense para oír mejor. También podríamos pedirles a nuestros interlocutores que se quiten la ropa para que entiendan mejor lo que les vamos a decir. Piensen en las posibilidades...

Percibir el mundo no es sólo cuestión de abrir los sentidos. El cerebro interpreta en muchas etapas e integra informaciones. Los resultados de Gick y Derrick podrían servir para entender mejor la percepción y para fabricar mejores sistemas de reconocimiento de la voz. También servirá para insuflarle nuevo significado a un gastadísimo cliché de la canción romántica ramplona.