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martes, 21 de julio de 2009

Neuronas unidas

Todos manejamos nuestras computadoras, lectores de DVD y teléfonos celulares como unos virtuosos, o por lo menos como unos expertos. Eso no quiere decir que entendamos cómo funcionan.

Detrás de las teclas y botones que usamos para comunicarles a estos aparatos lo que queremos que hagan, se encuentra un laberinto de circuitos electrónicos tan populosos y activos como una metrópolis, e igual de complicados. Si de verdad quisiéramos entender nuestras prótesis digitales, habría que seguirles la pista a cada uno de los miles de millones de electrones que transitan por las calles de la ciudad electrónica. Es su actividad concertada la que da como resultado las funciones de la computadora, el DVD y el celular. Los que no somos expertos en informática no nos imaginamos siquiera los procesos que ponemos en marcha al oprimir una simple tecla para poner en un texto un punto y aparte como éste.

Según la visión científica de las cosas, pasa lo mismo con la mente y el cerebro. La mente es la parte visible y aproximadamente controlable del funcionamiento de un aparato complicadísimo llamado cerebro. Hay, pues, dos formas de entender esta pareja: desde "arriba", como quien conoce todas las funciones de su Blackberry sin entender los detalles electrónicos e informáticos, y desde "abajo", construyendo el funcionamiento del aparato a partir del comportamiento colectivo de sus elementos más pequeños. Podríamos decir que la psicología estudia la mente desde arriba y la neurofisiología (y disciplinas aledañas) estudian el cerebro desde abajo.

¿Por qué tendría que haber dos perspectivas para estudiar fenómenos complicados como el cerebro y la mente? Porque, en general, una multitud no se comporta igual que un individuo. Basta pensar en la gente: no se espera lo mismo de una persona que de una sociedad. O bien, piensen en las cosas muy distintas que hacen un grano de arena y una duna; o una molécula de agua y el mar. Los fenómenos que surgen de la colectividad, y que no están implícitos en las características de los individuos, se llaman fenómenos emergentes. La sociedad con todas sus vicisitudes -la cultura, el crimen, la política- es un fenómeno emergente. También lo son las olas y las tormentas de arena.

Y la mente.

Los científicos ya no consideran la mente como un soplo divino que se insufla desde afuera a la materia corporal --como un alma eterna impresa pasajeramente en un cuerpo mortal--, sino como un fenómeno que emerge (en el sentido del párrafo anterior) del funcionamiento colectivo de miles de millones de neuronas. Así pues, una forma de explorar los misterios de la mente es seguirles la pista a las neuronas individuales que componen el cerebro. Las neuronas son las unidades elementales del cerebro. Cada neurona está conectada con muchas otras para formar circuitos muy complejos. Uno de estos es la columna neocortical de los mamíferos, una especie de procesador unitario que funciona aproximadamente como un elemento de una red de computadoras. La corteza cerebral de todos los mamíferos --desde ratones hasta personas-- está organizada en columnas neocorticales. La corteza es la capa externa del cerebro, donde residen las funciones más complicadas, desde el movimiento voluntario hasta la memoria y, en las personas, el lenguaje. La única diferencia entre las cortezas de una especie y otra es el número de columnas y la cantidad de neuronas que componen cada columna. La corteza de los humanos está dividida en cerca de medio millón de columnas neocorticales de unas 60,000 neuronas cada una.

El proyecto Blue Brain, dirigido por Henry Markram, de la Escuela Politécnica Federal de Lausana, Suiza, es el primer intento de simular el funcionamiento de la columna neocortical neurona por neurona. Para eso, Markram y sus colaboradores usan una supercomputadora y un software que simula las interconexiones de las 10,000 neuronas de una columna neocortical de ratón. Para calibrar este modelo de cerebro, el equipo compara su funcionamiento con el de una lámina de tejido cerebral vivo de ratón, el cual se observa por medio de un microscopio especial. Por supuesto, un modelo sólo puede modelar lo que sabemos acerca de las neuronas individuales, pero Markram et al. cuentan con que este conocimiento baste para revelar cosas interesantes acerca del comportamiento emergente del cerebro.

Y así ha sido. En el modelo, que se visualiza en una pantalla, las neuronas individuales, respondiendo a los estímulos de sus vecinas, se organizan espontáneamente y producen patrones de actividad muy semejantes a los que se observan en el tejido vivo. Estos patrones de comportamiento colectivo de las neuronas dan lugar a las funciones elevadas del cerebro: memoria, toma de decisiones, movimientos voluntarios... Pese a que el modelo es relativamente sencillo (aún no toma en cuenta las reacciones químicas a las que se debe la respuesta de las neuronas), sus neuronas artificiales se coordinan solas; hay en su actividad un orden que no impusieron los programadores, un orden emergente. Markram y amigos están muy contentos y se preparan para la siguiente fase del experimento: programar la química de las neuronas para explorar un nivel aún más fundamental del funcionamiento del cerebro y la mente.

Dice Markram: "Queremos entender cómo aprende el cerebro, cómo percibe, cómo emerge la inteligencia". ¿Con un cerebro de ratón? Sí. Después de todo, los fenómenos emergentes dependen críticamente de la cantidad de procesos individuales que los componen. Pongan ustedes muchas moléculas de agua y obtendrán una gota; pero miles de millones de gotas hacen un océano, que es una cosa más compleja, con un comportamiento más rico. Markram y su equipo --así como la mayoría de los entendidos-- dan por sentado que el cerebro del ratón y el de una persona difieren como la gota de agua y el océano: en complejidad, no en esencia.

lunes, 23 de febrero de 2009

Mozart y la píldora de inteligencia

Qué es más benéfico para ejercitar la memoria de un niño: ¿aprenderse los nombres y las biografías de los padres de la patria o los nombres y transformaciones de los 493 monstruos luchadores de la serie Pokemon? Para aprobar exámenes en el lamentable sistema educativo de México quizá lo primero, pero al cerebro, nuestra máquina de registrar, clasificar e interpretar información, le da exactamente igual memorizar una cosa que la otra. La capacidad de almacenar datos se ejercita igual aprendiéndose pokemones que próceres, y hasta se podría alegar que los monstruos  aventajan a los padres de la patria en que a los niños les interesan más (en la cultura infantil se valora más el conocimiento enciclopédico acerca de los primeros).

Mienstras escribo esto escucho el concierto para piano no. 21 de Wolfgang Amadeus Mozart y se me ocuure otra pregunta: ¿qué es mejor para el cerebro del niño, escuchar música de Mozart o de su grupo preferido? Pese a que en nuestra cultura se valora más a los "grandes maestros" que cualquier otra cosa, es posible que la respuesta sea la misma: que da igual. Al cerebro de esponja de un niño le importan un comino nuestros prejuicios culturales. La música de Mozart es hermosa, ordenada, colorida, rítmica y regocijante, pero lo mismo se puede decir de un buen jazz y de muchas expresiones del rock y de la música popular. El pedestal en que la cultura occidental pone a Mozart (o, en Estados Unidos, a "las tres Bs: Bach, Beethoven y Brahms") tiene mucho de relativo, vale decir de prejuicioso, y puede conducirnos a malgastar nuestro dinero, como veremos.

Así, hace 15 años se anunció con trompetas y clarines (o clarinetes) que escuchar Mozart hacía a los bebés más inteligentes. El gobernador de Georgia recomendó obsequiar CDs de música clásica a todas las parturientas de los hospitales públicos. En Florida se aprobó una ley que obliga a las guarderías públicas a poner a los menores de dos años a escuchar música de Mozart una hora al día. Y un empresario ganó una  fortuna vendiendo discos para bebés. El "efecto Mozart" se convirtió en la garantía de que nuestros hijos serían más listos que nosotros sin invertir en actividades extraescolares y cursos de estimulación. Y sin tener que leerles ni jugar con ellos. Qué cómodo.

¿De dónde salió esta idea? De un estudio realizado en 1993 por Gordon Shaw y Frances Rauscher, de la Universidad de Wisconsin. Los investigadores tomaron un grupo de estudiantes universitarios y evaluaron su capacidad para percibir relaciones espaciales y ordenar secuencias temporales por medio de pruebas estandarizadas. Luego les pusieron Mozart. Después de escuchar la música por unos minutos los estudiantes mejoraron ligeramente en las mismas pruebas. El efecto duró entre 10 y 15 minutos. El experimento no se ha podido reproducir satisfactoriamente.

En resumen: en una prueba aislada unos cuantos estudiantes universitarios -no niños pequeños- mostraron una leve y pasajera mejoría en ciertas habilidades que no bastan para determinar la inteligencia después de escuchar una pieza de Mozart por unos minutos. La conclusión de los medios de comunicación: ponerles Mozart a los bebés todos los días los vuelve más inteligentes para siempre.

Rauscher se ofuscó. La investigadora, que también es cellista, dijo: "Daño no va a hacer, claro, pero creo que ese dinero estaría mejor invertido en mejorar los programas de educación musical". No es lo mismo, pues, recetarle al niño una hora de Mozart al día que enseñarle a hacer música. En otro estudio, unos niños que tomaron clases de música y tocaron con sus compañeros 15 minutos al día durante cierto tiempo mostraron mejorías en ciertas habilidades cerebrales, mejorías que perduraron hasta por dos años después del experimento. Y he ahí la paradoja: decimos que valoramos a los "grandes maestros" de la música (en realidad, según la época, se valora a uno o a otro; de momento, el ganador es Mozart, pero en el pasado han sido Bach, Beethoven, Wagner, Sibelius y otros), sin embargo se menosprecia la educación musical. En México la música prácticamente no figura en los programas oficiales (en los años 90 se eliminó de la educación nacional, para consternación de los entendidos). El revuelo que causó el "efecto Mozart" se debe a esta actitud hipócrita, y además, creo yo, al gusto por las soluciones fáciles para educar a los niños. Dicen los expertos que la atención que se les prodiga, así como los juegos y la lectura en voz alta, siguen siendo lo mejor para estimularles el cerebro a esas esponjas ávidas de información y estructura.

No perdamos el tiempo obligando a los niños a escuchar una música que quizá no están capacitados para apreciar. Lo único que conseguiremos es atajar la posibilidad de que, más adelante, puedan disfrutar la extensa variedad de música buena que ofrece el mundo y que incluye a Mozart, en efecto, pero también muchísimo más.