Esta semana no hubo Imagen en la ciencia radiofónica por los programas especiales sobre la influenza porcina (por ci no lo sabían) que emitió Radio Imagen, pero no me aguanto las ganas de decir cosas...
El secretario de salud (a quien, por cierto, no le vendría mal un curso relámpago de divulgación de la ciencia para explicarse mejor; me apunto si se cae con una lana) se ha cansado de repetir que, de las personas que han muerto de enfermedades respiratorias en los hospitales públicos, sólo en unos cuantos casos tenemos la certeza de que la causa fue la influenza porcina. El concepto no debería de ser tan difícil de entender, pero tantas cifras confunden a algunos reporteros. "¿Por qué nos dan números distintos cada día?", preguntaba uno especialmente lerdo. "¿Por qué no nos dicen cuántos muertos ha producido la enfermedad?", clamaban otros con justificadísima (pero mal encaminada) desconfianza. Los medios quieren respuestas claras: un número exacto, un sí, un no. Los matices no son su especialidad. La incertidumbre menos. ¿Acaso no se puede decir "el virus ha causado tal cantidad de muertos, exactamente"?
No, no se puede. Como no existe el porcinómetro mágico que, al apretar un botón, extraiga esta información de las vibraciones cósmicas cuántico-espirituales; como tampoco se les puede llamar por teléfono a los dioses para que nos lo digan, no queda más remedio que obtener la información por medios científicos, en este caso por estudios estadísticos de la información disponible. Eso toma tiempo. Eso arroja resultados con incertidumbres y grados de confiabilidad. Es inevitable. Puede ser que una alta proporción de los fallecimientos que van hasta ahora por complicaciones respiratorias se deban, en efecto, al nuevo virus, pero cabe la duda. Después de todo, no pasa un día sin que mueran personas por enfermedades respiratorias, incluso sin epidemias. Algunos de los que han muerto en estos días podrían no ser víctimas de la nueva influenza. Por eso se hacen pruebas para distinguir con toda certeza los casos que se le pueden achacar confiablemente al virus H1N1 y por eso se hace la distinción entre muertes reportadas y víctimas seguras (¡por una vez que la vaguedad de la información que proporcionan las autoridades no se debe sólo a la voluntad de engañarnos y confundirnos!).
Esto no quiere decir que haya que bajar la guardia y tragarnos todo lo que nos dicen las autoridades, claro está. De hecho, con la confusión que causa la diferencia entre casos probables y casos confirmados sería facilísimo manipular la información. Por ejemplo, se podría decir "en el estado fulano, o en el municipio mengano, no se han producido muertes confirmadas por el virus H1N1" y dar a entender con esto que las autoridades de ese estado o ese municipio son súper eficientes en lo que toca a las emergencias de salud --o bien que el estado o el municipio gozan del favor de los dioses y por lo tanto son mejores que el estado o el municipio de al lado, donde gobierna otro partido--. Sería facilísimo, y hasta es posible que ya lo haya hecho algún gobernador o algún presidente municipal, aumentando con esto la tentación de sus vecinos, que no querrán quedarse atrás. Al rato, por "caso confirmado" se entenderá simplemente "caso" y todos respiraremos (nunca mejor dicho) muy tranquilos de saber que son tan poquitos los infectados. Pero nuestra tranquilidad estará infundada. Así pues, a desconfiar y a cuestionar --requisito indispensable si queremos democracia--, pero de manera informada para que este recelo y esta precaución le sirvan al público para enterarse de lo importante. Preguntarle al secretario de salud por qué se dan cifras distintas cada día es malgastar una pregunta y tirar a la basura el tiempo de los espectadores (y el del secretario, pero para eso es funcionario público, que caramba).
A mí, por ejemplo, me interesaba mucho saber qué cosa podrían tener en común las personas que han muerto para ver si se discernía un patrón, una regla, algo que nos permita mitigar la incertidumbre. Pasaron cuatro días hasta que a alguien se le ocurrió por fin decir que todos habían llegado al hospital ya muy graves. No sé si será cierto o no (siempre hay que desconfiar, eso aprendemos los científicos, hasta de nosotros mismos), pero si sí, la cosa me tranquiliza un poco: me dice que, si me enfermo, tengo buenas probabilidades de salir si no me espero hasta encontrarme al borde de la muerte. Ya es algo. Con esta información, por incierta que sea, yo puedo planear y tomar medidas, que es mucho mejor que estar esperando pasivamente a que nos caiga encima el destino. Pero se desperdician preguntas --y se malgasta salutífera desconfianza-- preguntando tonterías.
El porcinómetro mágico no puede existir, como tampoco existía el planetómetro mágico hace cuatro años, cuando los astrónomos decidieron que Plutón ya no fuera planeta. Recuerdo que por esas fechas se organizó una conferencia de prensa con astrónomos en el museo Universum, donde están las oficinas de la revista ¿Cómo ves?. La conferencia fue un lamentable espectáculo de incomprensión mutua entre científicos y periodistas. Los reporteros no entendían que la planetitud de Plutón era simplemente una cuestión de convención, de decisión consensuada entre los especialistas; que no se trataba de hacer observaciones científicas para ver si Plutón era planeta o no. Los astrónomos, por su parte, no entendían las necesidades de los reporteros, que por un lado no son reporteros especializados en ciencia (esa cepa casi no existe en México, donde la ciencia les importa un cacahuate a los medios salvo cuando se degradan planetas o se soliviantan virus), y por otro necesitan historias, narrativas y sobre todo certezas, que la ciencia rara vez puede dar. Resultado: los astrónomos explicaron muy mal y los periodistas entendieron peor. Y como la última astrónoma que habló manifestó su opinión de que Plutón no debía clasificarse como planeta, al día siguiente apareció en los titulares de los periódicos este magnífico resumen que dice mucho sobre la incomprensión entre científicos y periodistas: "NO ES PLANETA: UNAM".
¿Quién perdió? Nosotros, el público.