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martes, 4 de agosto de 2009

El verdadero pecado de Frankenstein

En 1815 el monte Tambora de Indonesia estelarizó la erupción volcánica más violenta de los últimos 1600 años. El volcán inyectó tal cantidad de partículas en la atmósfera, que al año siguiente hizo frío hasta en julio, y así, 1816 llegó a conocerse como "el año sin verano".
Ese insólito verano el poeta Percy Shelley se fue a Suiza a visitar a su amigo, Lord Byron, acompañado de su amante de 18 años, Mary Godwin. Hacía un tiempo espantoso y los tres amigos se pasaban los días encerrados en la mansión de Byron, leyéndose en voz alta cuentos de terror y de fantasmas. Lord Byron propuso que, para matar el tiempo, cada quien escribiera su propia historia de terror.
Byron y Shelley dejaron las suyas a medias, pero Mary completó una novela, que tituló Frankenstein, o el Prometeo moderno.
Me gustaría decir que la historia es bien conocida, pero no es cierto: la historia es mal conocida, de modo que he aquí un resumen de lo fundamental:
Victor Frankenstein es un joven científico suizo que se obsesiona con la idea de insuflar vida en la materia inanimada con la doble ilusión de, 1) revivir a los muertos y 2) crear una raza de humanos buenos y hermosos. En vez de eso, Frankenstein da vida a un ser deforme: un gigante de piel amarillenta, ojos vidriosos y labios delgados y negros. Horrorizado, el joven Frankenstein huye de su laboratorio, abandonando a su creación.
Hoy la historia de Mary Shelley (Mary acabó casándose con el poeta) --pese a no ser en realidad muy buena desde el punto de vista literario (podemos discutirlo)--, ha pasado a ser un símbolo. Pero, ¿de qué?
Se supone que de los males que acarrean la ciencia y la tecnología, especialmente cuando los científicos invaden el territorio de los dioses. Por ejemplo, los que se oponen a los alimentos transgénicos, se refieren a éstos como "frankenfood", como si fueran malos simplemente por ser producto de la tecnología en vez de la naturaleza. Es lo mismo que pensar que la criatura de Frankenstein es intrínsecamente mala.
Pero resulta que no: en el capítulo 10 del libro, Victor Frankenstein va al encuentro de su criatura, que ha estado viviendo por su cuenta durante dos años, vagando por el campo y alimentándose de bayas y raíces. En ese lapso, el monstruo ha aprendido a hablar, a leer y a escribir. Es más: habla en un inglés digno de un lord (Lord Byron, quizá). Con lujo de metáforas, imágenes y estilo, la criatura le cuenta su historia a su creador. Lo más sobresaliente de esa parte del relato, en mi opinión, es que el monstruo resulta ser una persona llena de buenos sentimientos, que se maravilla ante un bonito paisaje y se exalta ante la belleza y la bondad. El problema es que, de tan feo, sus encuentros con las personas son catastróficos: les infunde miedo y odio, y así, lo persiguen y lo echan de todas partes. El monstruo, naturalmente, se vuelve rencoroso y amargado, y concibe ideas de venganza.
A Victor Frankenstein suele reprochársele el haber creado un monstruo, pero la criatura es monstruosa sólo en apariencia (al menos al nacer): su maldad es consecuencia de haber sido abandonado por su creador. Ése es el verdadero pecado de Frankenstein.
Traduciéndolo a los términos simbólicos en que consideramos hoy en día la historia de Victor Frankenstein, la ciencia y la tecnología no son intrínsecamente dañinas. Pueden llegar a serlo sólo si los científicos las abandonamos: si no las discutimos, si no las explicamos ni contribuimos a que se integren al mundo para mayor beneficio y provecho de la sociedad.