viernes, 28 de octubre de 2011
¿Ciencia? ¿Y eso con qué se come?
Para trasladar el esqueleto, lo cubrieron de yeso protector y trajeron un helicóptero, pero el paquete pesaba demasiado, por lo que fue necesario dividirlo en dos. Los investigadores tuvieron que partir uno de los fémures en dos trozos grandes y unos cuantos fragmentos más pequeños, algunos de los cuales fueron a dar al laboratorio donde trabajaba la paleontóloga Mary Schweitzer, en Carolina del Norte.
Schweitzer se dedicaba a investigar la estructura microscópica de huesos de dinosaurio. La paleontóloga se puso a observar los fragmentos que le habían enviado del Museo de las Rocallosas. De inmediato se dio cuenta de que Bob no podía ser Bob. "Es hembra y está embarazada", le dijo Schweitzer a una de sus ayudantes. ¿Cómo lo supo?
Mary Schweitzer sabía que el organismo de una mujer embarazada toma calcio de sus propios huesos para formar el esqueleto del feto. También sabía que en las aves hembra, antes de la época de apareamiento se forma una estructura rica en calcio llamada "hueso medular" en los huesos de las patas. El calcio que contiene esta estructura sirve para formar los cascarones de los huevos que la hembra pondrá más tarde. Con el ojo en el microscopio, Mary Schweitzer supo que aquello era el hueso de una hembra de tiranosaurio que estaba formando huevos, y por lo tanto no había que llamarla Bob.
Para estar segura, Schweitzer se procuró el esqueleto de un pariente moderno de los dinosaurios, y en particular, del pariente moderno más antiguo: un avestruz. Pero antes tuvo que lanzar un llamado a los criadores de avestruces de la región. Al cabo de unos meses, recibió la respuesta que esperaba. "¿Todavía necesita ese avestruz hembra?", le dijo por teléfono el granjero. Schweitzer y dos de sus ayudantes fueron al lugar y le cortaron una pata al animal, que llevaba muerto varios días y olía a demonios. Con el análisis de ése y otros huesos, Mary Schweitzer publicó un artículo en la revista Science. En el artículo, la investigadora muestra fotografías de estructuras calcificadas en huesos de avestruz y emú junto a las estructuras que encontró en el fémur de "Bob". Al parecer, son casi idénticas: "Bob" era hembra y estaba formando huevos cuando murió, hace 68 millones de años.
Los paleontólogos piensan que las aves no sólo son descendientes directos de los dinosaurios, sino que en cierta forma son dinosaurios modernos con plumas. El resultado de Mary Schweitzer refuerza esta idea (por si hiciera falta). Desde que lo sé, no veo con los mismos ojos a los pajaritos que todos los días picotean el asfalto en busca de comida en mi calle, o salen volando despavoridos cuando me acerco en mi coche: las patas escamosas de tres dedos, los ojitos ausentes... ¡son dinosaurios!
A veces me preguntan por qué estas historias que tanto me gusta narrar rara vez ocurren en México. Creo que dos noticias recientes lo explican bastante bien. La Ley de Ciencia y Tecnología, que se publicó desde el año 2002, exige que se dedique por los menos el 1% del producto interno bruto a la ciencia y la tecnología. Esa ley se viola año con año, y 2012 no será la excepción (el presupuesto para la ciencia nunca ha rebasado el 0.6 % del PIB). Ayer el Foro Consultivo Científico y Tecnológico, organismo independiente formado por instituciones de investigación, educación, políticas y empresariales para asesorar al gobierno sobre asuntos de ciencia y tecnología, envió a la cámara de diputados un mensaje de incoformidad, que, como cada año, se quedará sin respuesta. Parece que ni los diputados ni el Presidente saben con qué se come la ciencia. Hace unos días, y por primera vez en los 50 años que tienen de existir, la Academia Mexicana de Ciencias entregó los Premios de Investigación en ausencia del Presidente de la República, que tradicionalmente los entregaba en una ceremonia oficial. La academia esperó cuatro años a que el Presidente le hiciera espacio en su agenda, pero fue en vano. El 18 de octubre se entregaron los premios de 2008, 2009, 2010 y 2011. La ciencia, al parecer, no importa. (Eso sí: hay que ver cómo se desviven los presidentes cuando se trata de antender a futbolistas, cantantes y atletas olímpicos. Es conmovedora la atención que se prodiga a estos pilares de la sociedad.)
viernes, 14 de octubre de 2011
El lado oscuro del Universo
Dime cuánto brillas y te diré a qué distancia estás
Lo que está escrito en el cielo
Poco o mucho
El lado oscuro
Dos posibilidades
Adiós, mundo cruel
viernes, 16 de septiembre de 2011
La risa, ¿remedio infalible?
Yo atesoro los ataques de risa loca. Los recuerdo como hitos en mi vida no por escasos, sino por intensos y placenteros. Una vez me reí cinco horas seguidas por culpa de mi amigo Luis Miguel Lombana, actor y director de teatro, ópera y televisión, que es un genio del humor cuando está relajado y feliz. En otra ocasión mi hermano Juanjo me prestó un libro de Woody Allen y por leerlo en la cama desperté a mi esposa con mis risitas y mis sacudidas incontrolables. Otros libros que me han hecho reír sin poder parar son The Hitchhiker's Guide to the Galaxy, de Douglas Adams, Sin noticias de Gurb, del escritor catalán Eduardo Mendoza, Twitterature, de Alexander Aciman y Emmett Rensin, y --cómo no-- Alicia en el país de las maravillas.
Después de un ataque de risa loca uno se siente bien. Quizá por eso la sección de chistes del Reader's Digest se llamaba "La risa, remedio infalible" y quizá por eso también la risoterapia da buenos resultados. Al parecer la risa tiene una virutd analgésica. Pero, ¿cómo opera el mecanismo?
La risa se investiga desde muchos ángulos y con miras a contestar preguntas muy diversas: qué otras especies ríen (sin ninguna duda todos los primates, y quizá otros mamíferos, como las ratas, pero eso es más dudoso), qué cosas nos hacen reír (o cómo funciona el humor), por qué existe la risa (¿para afianzar vínculos sociales?, ¿para facilitar el aprendizaje?, ¿para atraer a la pareja?; en esto no hay consenso). La que nos ocupa aquí es cómo produce la risa su efecto psicológico y fisiológico. De eso trata un artículo que se publicó el 14 de septiembre en la revista Proceedings of the Royal Society B. Robin Dunbar, de la Universidad de Oxford, y colegas de otras universidades británicas y una holandesa, se propusieron entender las propiedades analgésicas de la risa. Su hipótesis es que el acto físico de reír (las contracciones musculares, la respiración entrecortada, los ruiditos tontos) activa el sistema de producción de endorfinas del sistema nervioso central.
"Endorfina" significa "morfina endógena", o sea, morfina producida por el organismo. El cuerpo tiene su propia farmacia interna. Las endorfinas son sustancias que usa el cerebro, entre otras cosas, para mitigar el dolor.
Para Dunbar y colegas hubiera sido muy fácil poner gente a reírse y luego medirles la concentración de endorfinas. El problema es que el cerebro tiene un sistema de compuertas herméticas que no deja pasar sustancias del cerebro al flujo sanguíneo (sólo al revés, como demuestra el efecto del café o del alcohol en las funciones cerebrales). El nivel de endorfinas no se puede medir en la sangre, por lo que hace falta un método indirecto de evaluarlo. Dunbar y sus colaboradores lo asocian con el umbral del dolor: mientras más tiempo soportes estímulos incómodos, mayor debe ser la concentración de endorfinas en el cerebro. Con esta suposición, los investigadores hicieron seis experimentos distintos. Para hacer reír a los participantes probaron dos métodos: 1) mostrarles videos chistosos (Los Simpson, Mr. Bean, South Park...) o 2) hacerlos presenciar un espectáculo humorístico (rutinas de cómicos profesionales de las inmediaciones de Oxford). Al mismo tiempo, otros participantes vieron videos ya sea de valor emotivo neutro (documentales) o que producen bienestar sin risa (escenas de la naturaleza).
Antes y después los investigadores probaron el umbral del dolor de todos poniéndoles una manga helada en el antebrazo o apretándoselo con un esfigmomanómetro y midiendo el tiempo que soportaban el dolor.
Luego de muchas mediciones y análisis estadísticos, así como de considerar objeciones posibles, los investigadores concluyen que en las personas que estuvieron expuestas a los videos humorísticos en umbral del dolor aumentó notablemente, lo que ellos interpretan como señal de que el sistema nervioso central de esas personas produjo más endorfinas. Si la conclusión se sostiene (y falta que otros repitan los experimentos y no les encuentren objeciones), entonces la risa, como ya sospechábamos, nos hace generar endorfinas, como tantas otras experiencias placenteras. Lo que me parece más interesante es que Dunbar y sus colaboradores mantienen que no es el proceso cognitivo del humor (lo que pasa en la mente del que ríe) lo que propicia la producción de endorfinas, sino el acto físico de reír a carcajadas, y lo comparan con otros actos extenuantes que se sabe que están relacionados con el placer y las endorfinas, como hacer ejercicio. También es interesante que distingan entre la risa cortés (y en buena medida falsa) de todos los días, y la risa franca e incontrolable, que se llama "risa Duchenne" en honor al médico francés que las separó en el siglo XIX. Los dos tipos de risa se distinguen fisiológicamente (entran en acción músculos distintos en una y otra), neurológicamente (hacen intervenir partes del cerebro diferentes) y psicológicamente (una disipa emociones negativas y la otra no).
Para terminar les dejo un video que a mí me produce risa Duchenne cada vez que lo veo:
viernes, 26 de agosto de 2011
El espejo de Ramachandran
viernes, 19 de agosto de 2011
¿Ver el futuro?
Daryl Bem es un respetado psicólogo de la Universidad Cornell. Daryl Bem cree haber encontrado evidencia de que algunas personas pueden sentir el futuro.
viernes, 12 de agosto de 2011
"Soy totalmente hemisferio derecho"
jueves, 28 de julio de 2011
Emociones en estado puro
A los 15 años, en una época en que estaba de moda que los adolescentes varones fueran sentimentales y supieran llorar, yo era un insensible. Tenía dos amigos que eran novios. Se la pasaban besuqueándose, lo cual me parece muy bien, pero también se la pasaban hablándose como bebés, lo que me daba repelús (y me sigue dando). Mi renuencia a hacer como ellos y hablar como restrasado mental para expresar amor les parecía señal de que yo tenía el corazón de piedra.
Así que se empeñaron en volverme una persona sentimental y un día me invitaron al cine a ver una película que ellos habían visto hacía unos días: El campeón, de Franco Zefirelli, con Jon Voight y Ricky Schroder (al parecer es un remake de una película de los años 30). Me acuerdo que me dijeron, muy entusiasmados ante la posibilidad, “vas a ver que en esta película sí vas a llorar”.
Vimos la película. Un boxeador venido a menos tiene un hijito de ocho años, llamado T.J., que lo idolatra y lo llama “campeón”. Al final todo sale mal y el campeón se muere después de una pelea mientras T.J. (y buena parte del público) se deshace en lágrimas. Yo, como iba dispuesto a no dar mi brazo a torcer ni mis lagrimales a exprimir —y como siempre he reaccionado muy mal cuando siento que me están manipulando—, me quedé con los ojos más secos que la superficie de Marte mientras mis sentimentales amigos lloraban a moco tendido por segunda vez. Mi reacción (o su falta) los dejó entre desencantados y ofendidos: sólo un monstruo podía no llorar al final de El campeón.
La película fue olvidada por todo el mundo, empezando por mí, y pasaron los años. Muchos años. Hasta ayer, cuando me encontré con una noticia que informa que El campeón ha trascendido de una manera inesperada.
Si eres psicólogo y quieres estudiar los efectos de la tristeza sobre el comportamiento de las personas tienes que conseguir gente confiablemente triste. Otra alternativa es buscarse unos voluntarios y provocarles la tristeza en condiciones de laboratorio (controlables y medibles). Ahora bien, hacerlos creer que algún familiar ha sufrido una desgracia sería poco ético. Alejarlos irremediablemente de su familia o provocarles una enfermedad incurable también. ¿Cómo entristecer a los participantes sin que el experimento tenga consecuencias en sus vidas?
En 1988 Robert Levenson y James Gross, de la Universidad de California, en Berkeley, optaron por provocarles tristeza (y otras emociones) a sus objetos de estudio por medio de películas. Otros psicólogos habían probado con engaños, hipnosis, imágenes, música y repetición de palabras; y otro más recurrió a las películas por la misma época que Levenson y Gross. Para poner en práctica esta idea había que encontrar los filmes más tristes. La tarea no era fácil, porque las películas tendrían que inspirar aflicción pura y prístina, sin mezclas de otras emociones, como la rabia y la indignación. Los investigadores pensaron que esta búsqueda de la pena sin aleaciones les llevaría unos meses. Les llevó cinco años.
Primero solicitaron recomendaciones a los expertos: críticos de cine, dependientes de tiendas de video, cinéfilos diversos. Obtuvieron 250 películas, de las cuales extrajeron 78 escenas selectas. Estas escenas se mostraron a públicos de prueba compuestos de estudiantes, cuya respuesta emotiva a las películas se evaluó por medio de encuestas. Levenson y Gross desecharon muchas escenas porque evocaban emociones mixtas. Ellos necesitaban reacciones bien definidas para cumplir su objetivo: ofrecer a la investigación psicológica un muestrario de estímulos emotivos en estado puro, desde la pesadumbre más profunda hasta la risa loca, para usarse en el laboratorio (y quizá en alguna fiesta, digo yo).
Con mucho trabajo destilaron una gama de escenas de película que ha cundido entre los psicólogos. Su artículo original se encuentra aquí. Comprobado: la escena más triste --por lo menos hasta 1995, cuando Levenson y Gross publicaron su lista-- es la última de El campeón, donde Ricky Schroder llora sobre el cadáver de su padre (y la más chistosa es una escena donde se discute el orgasmo en When Harry Met Sally, por si quieren el antídoto). En eficacia para inspirar tristeza El campeón superó incluso a la muerte de la mamá de Bambi, que ya es decir.
Desde entonces, muchos otros investigadores han echado mano del elixir de tristeza de Levenson y Gross para estudios relacionados con las emociones. He aquí dos extremos: una investigación con gente llorosa sirvió para programar computadoras para reconocer emociones a partir de la frecuencia cardiaca, la temperatura y otros parámetros medibles de las personas. En otra, Noam Sobel, del Instituto Weizmann de Israel, recolectó lágrimas de mujer (inducidas por la película de marras) y las usó para hacer experimentos con hombres. Sobel y su equipo encontraron que oler lágrimas de mujer reduce la concentración de testosterona y en general da al traste con la excitación sexual de cualquier macho que se respete.
La tristeza de T.J., el hijito del campeón, también ha servido para ver si la gente deprimida tiene más probabilidades de llorar que otros (resulta que no, ¡sorpresa!), y si uno tiende a gastar más dinero cuando está triste (resulta que sí); así como para determinar si la edad tiene algun efecto sobre la tristeza (un poco: las personas mayores tienden a sentirse más tristes que los jóvenes, como era de esperar).
Desde que Gross y Levenson publicaron su lista han pasado 16 años durante los ucales no han faltado películas tristes (como Titanic). Sería hora de irla actualizando. Con el afán de ampliar y mejorar el arsenal de los investigadores de las emociones, la revista Slate acaba de lanzar un llamado a nominar escenas de películas que evoquen las mismas emociones que la de Levenson y Gross. Uno de ellos evaluará las sugerencias de los lectores de Slate.
Aquí presento mi selección de escena triste: la secuencia inicial de Up:
¿Y yo? ¿Me he suavizado con la edad, como los participantes de algunos de estos estudios? ¿Estarían contentos conmigo mis emotivos amigos? No lo sé.
No he querido ver nuevamente la escena final de El campeón...