domingo, 8 de marzo de 2015

El cocido solar de Monsieur Mouchot

Un día de verano de 1859 Augustin Bernard Mouchot, profesor de física en Tours, Francia, se hizo un cocido de carne de res con verduras.
       –¿Y para decirnos semejante tontería vas a ocupar una entrada de blog y hacernos perder el tiempo? –me reclama un lector impaciente que acaba de leer asuntos muy serios en otras páginas web.
       En respuesta añado que el cocido de monsieur Mouchot sabía a rayos. Esta precisión no basta para apaciguar al lector impaciente, que se esfuma con un bufido. (Bueno, ¿qué quieren ustedes: pertinencia u originalidad?)
       Iba yo a añadir que Mouchot preparó su cocido en una marmita solar de su propia invención. Lástima que los impacientes ya se fueron. La marmita consistía en un cilindro de vidrio con otro de metal pintado de negro en el interior. Junto al aparato había una placa semicilíndrica chapada en plata que concentraba la luz del sol en el recipiente negro. En su libro sobre aplicaciones industriales del calor del sol Mouchot escribe: “Siendo bastante cómoda la forma de esta nueva caldera, me serví de ella para varios ensayos.
       “Por ejemplo, pude hacer al Sol un excelente cocido, compuesto de un kilogramo de carne de res y diferentes legumbres y verduras. A las cuatro horas de insolación, todo quedó perfectamente cocido, no obstante haber pasado algunas nubes por delante del Sol; y el caldo fue tanto mejor cuanto que la marmita se había calentado con gran regularidad”.
       –¿No que el cocido sabía a rayos? –dice el lector impaciente, que ha vuelto luego de hartarse de temas importantes como el vergonzoso escenario político nacional.
       Sí. Con su marmita solar el profesor Mouchot obtenía un asado cuyo grado de cocción no dejaba nada que desear, como señala Amadeo Guillemin en su libro El mundo físico (1884), de donde tomé prestada la anécdota. Desafortunadamente, añade Guillemin, “el gusto de la carne así cocida era detestable, lo cual Mouchot atribuye a la acción de los rayos químicos. Poniendo un vidrio amarillo o encarnado delante del asador, se eliminan estos rayos”. Guillemin no nos informa cómo quedaba el cocido luego de interponer el filtro que propone, pero aquí mi curiosidad por los ensayos helioculinarios de Mouchot cede el paso, momentáneamente, a otra más apremiante: ¿”rayos químicos”? (Con razón sabía a “rayos” el cocido.)
       No tardo en avergiguar que en el siglo XIX los físicos observaron que la luz del sol se podía separar por medio de filtros o prismas en tres componentes. Una parte de la luz solar calentaba pero no daba luz. Otra daba luz, calentando menos. Una tercera componente producía cambios químicos en ciertas sustancias (como las sales de plata que se usaron en las primeras fotografías). Llamaron a estos tres ingredientes rayos caloríficos, rayos luminosos y rayos químicos, o actínicos. Hoy sabemos que los tres tipos de rayos son una sola cosa: ondas electromagnéticas que difieren sólo en la frecuencia de vibración. Los llamamos rayos infrarrojos, luz visible y rayos ultravioletas. También sabemos que la luz del sol tiene muchos ingredientes más. Con el filtro amarillo o encarnado Guillemin eliminaba los rayos ultravioletas (aunque sospecho que los eliminaba el vidrio, no el color...)
       La ignorancia es una cosa tremenda. La mía me lleva de asombro en asombro. ¿Sabían ustedes que ya en el siglo antepasado se pensaba en aprovechar la energía solar? Yo no. Mouchot incluso presentó sus inventos en la exposición universal de 1878, donde obtuvo algún premio. Pero ahí no para la cosa. Yo sabía, por ejemplo, que el matemático e inventor griego Arquímedes había usado (o por lo menos propuesto usar) espejos concentradores de la luz solar para defender su ciudad contra el asedio de sus enemigos. Lo que no sabía era que desde tiempos de Arquímedes se habían hecho ensayos tanto con espejos (“espejos ardientes”, el nombre es encantador) como con bolas de cristal que se usaban a manera de lentes, de modo que monsieur Mouchot ni siquiera resulta original. Lo moderno a veces es muy antiguo.

       En el Museo de la Luz de la UNAM hay unos hornos solares que ahora aprecio más. Cuando el clima lo permite, el museo hace una presentación y unas salchichas asadas. A diferencia del cocido solar del profesor Mouchot, las salchichas solares del Museo de la Luz salen riquísimas.

domingo, 1 de febrero de 2015

Un cuento para terminar

Este cuento es el final de mi libro ¡Qué científica es la ciencia!, originalmente titulado El sol muerto de risa. Lo pongo a petición de @nohuyascobarde, que lo leyó de niño y todavía se acuerda.

I.
Hace mucho tiempo, en una galaxia muy lejana, había una estrella amarilla alrededor de la cual giraba un cortejo de quince bolas de escombros estelares que el lector reconocería de inmediato como planetas. Ni la estrella ni su familia planetaria tenían nada de particular, salvo que, si uno miraba de más cerca, vería que en dos de los planetas había surgido la vida. Eran planetas de tipo rocoso que giraban relativamente cerca de la estrella madre. Uno tenía dos lunas y el otro tres. En éste último la vida había producido una especie inteligente al cabo de millones y millones de años de selección natural, motor universal que gobierna el cambio de todo sistema de entes que compiten entre sí, desde las plantas y animales de un planeta lejano llamado tierra hasta los idiomas, e incluso los puntitos matemáticos que generan ciertos programas de computadora conocidos como autómatas celulares.
         En este planeta vivía una vieja científica. No se parecía nada a los científicos de la tierra, que tienen dos ojos, dos brazos, dos piernas y todo lo demás (y de hecho llamarle “ella” es cuestión de pura comodidad, porque su especie no se dividía en dos sexos, sino en cuatro); más bien parecía una especie de mazacote de hule pegajoso y anaranjado con extrañas protuberancias que le permitían percibir y manipular su medio ambiente. Sus congéneres --que se llamaban colectivamente “la hulemanidad”--hasta la consideraban bonita.
         Se encontraba un día nuestra científica percibiendo un hermoso paisaje con una puesta de sol, dos lunas saliendo y una tercera, en fase creciente, colgada de la nada encima del ocaso, cuando la belleza del panorama la puso pensativa.
         Sabía, desde luego, que había vida en otro de los planetas de su sistema estelar, pero la vida allí no había producido especies suficientemente inteligentes para haber inventado la filosofía, las matemáticas (ese arte sublime), ni las máquinas (quintaesencia de la creatividad de la hulemanidad). Sabía también, como cualquier mazacote pegajoso culto, que el universo estaba hecho de cientos de miles de millones de galaxias, cada una de las cuales contenía miles de millones de estrellas, alrededor de las cuales giraban planetas, algunos de los cuales sin duda tenían vida inteligente como los mazacotes pegajosos, aunque seguramente muy distintos. Los más inocentes de sus congéneres se imaginaban a estos seres de otro planeta como mazacotes pegajosos, pero verdes y con antenas.
         Nuestra científica se preguntaba cómo podrían los mazacotes pegajosos comunicarse con esos seres. ¿Podía haber algún interés común entre especies inteligentes separadas por vastísimas distancias en el espacio y en el tiempo? Algunos filósofos del pasado habían pensado que cualquier criatura inteligente tendría por fuerza que haber inventado el civilizadísimo arte de la escultura corporal, que consistía en formar bellas y gráciles figuras con el cuerpo los mazacotes pegajosos. “Ni hablar”, se dijo nuestra científica. “Esos seres ni siquiera serían mazacotes pegajosos (¡pobrecitos!)”. Otros filósofos pensaban que sin duda los seres inteligentes de otros planetas creerían en el Gran Sembrador de Planetas, el Más Pegajoso de los Mazacotes Pegajosos, creador del universo.
         Pero nuestra moderna científica sabía que no sería así. Podía haber territorio común entre los mazacotes pegajosos y otras especies inteligentes en otros rincones del universo, pero no tendría nada que ver con la estructura corporal, ni con el arte, ni con la religión ni con ninguna otra característica puramente local de la vida y la cultura. Tendría que ver más bien con algo que es común a todo el universo, galaxia por galaxia: las leyes de la naturaleza.

II.
Porque supongamos --se decía la científica-- que estos seres inteligentes de otro planeta fueran microscópicos para los mazacotes pegajosos; o que su reloj biológico marchara a un ritmo totalmente distinto. Entonces aunque estas criaturas hablaran el idioma mazacote --un imposible, para empezar-- no podría haber comunicación entre las dos especies. Lo que para un mazacote pegajoso era un discurso breve bien podría durar toda la vida para los otros seres.
         Los mazacotes pegajosos medían el tiempo en... en fin, no hace falta ocuparnos del nombre que le daban a las unidades de tiempo en su idioma (era una combinación de sonidos agudos, impulsos electromagnéticos y cambios de matiz en la piel, como todas las “palabras” en idioma mazacote). Llamémosles simplemente segundos. Antaño el segundo se había definido como cierta fracción del tiempo que tardaba el planeta de los mazacotes pegajosos en dar una vuelta alrededor de su propio eje. Pero con el progreso del conocimiento científico los mazacotes se dieron cuenta de lo imprecisa que era esta definición, pues las fuerzas gravitacionales que se ejercían entre el planeta y sus tres lunas estaban frenando la rotación del planeta. Así que los científicos mazacotes redefinieron el segundo como cierto múltiplo del periodo de las ondas de luz que producía la transición atómica más común del átomo más común del universo, el hidrógeno.
         La unidad de distancia, otrora definida como la longitud promedio de uno de los apéndices del cuerpo del mazacote pegajoso, se redefinió como un múltiplo específico del tamaño de un átomo de hidrógeno en su estado base (sí, los mazacotes pegajosos ya habían dado con la mecánica cuántica, aunque por supuesto no le llamaban así).
         Consideremos los dos tipos de definiciones --se dijo nuestro mazacote pegajoso preferido. El primero es más bien rústico y provincial, pues depende de factores locales como la duración del día de un planeta particular y el tamaño de una parte del cuerpo de una criatura particular, que no existe en ningún otro lugar del universo. Estas definiciones están demasiado vinculadas con la cultura que las produjo para podérselas comunicar a un extraño. El segundo tipo de definición, basado en fenómenos físicos comunes a todo el cosmos, es realmente universal en el sentido estricto de la palabra. Un gran porcentaje de la masa del universo visible está hecho de hidrógeno, el más simple de todos los átomos existentes (y el más simple de todos los átomos posibles). Hay hidrógeno en todas partes; además, el hidrógeno se comporta de la misma manera en todas partes, así que su tamaño es una especie de unidad de longitud universal y la frecuencia de la luz que emite se puede usar para definir una unidad universal de tiempo. He aquí una manera en que los mazacotes pegajosos podían iniciar una conversación con seres inteligentes de otro planeta.
         Al poco tiempo nuestra científica dio una conferencia ante una congregación de sus colegas. Un escéptico se puso en pie y dijo:
         --¿Y qué les vamos a decir? ¿”Hola. E = mc2”?
         --¿Y por qué no? --replicó nuestro mazacote pegajoso preferido.

III.
         --¡Qué gran momento para la hulemanidad! --le susurró un colega en el órgano sensor de sonido a nuestra científica. Ella asintió con la cabeza, tan cautivada por el lento movimiento de la descomunal antena parabólica que no pudo responder verbalmente. Una oleada de azul le corrió por la piel al detenerse la antena. El aparato estaba listo para enviar el mensaje.
         El mensaje había sido elaborado minuciosamente por un grupo de científicos que se integró a raíz de la histórica conferencia en la que nuestro mazacote pegajoso explorara la posiblidad de comunicarse con civilizaciones de otros planetas por medio del lenguaje universal de las leyes de la naturaleza. Empezaba, como tantos libros de texto, con una introducción al sistema numérico y unidades de medición que se emplearían en todo el mensaje. Por supuesto, sería absurdo transmitir los numerales que usaban los mazacotes pegajosos y esperar que los alienígenas los descifraran. Las pobres criaturas ya tenían bastante que hacer dilucidando cómo estaba codificada la información en las ondas electromagnéticas del mensaje. Esa información, una vez descifrada, tendría que ser lo más simple posible. Los científicos habían decidido decirlo todo con imágenes con la esperanza apenas más razonable de que las criaturas estuvieran dotadas de vista. Las unidades de tiempo y de distancia se construían a partir de la frecuencia de la luz que más emiten los átomos de hidrógeno y el tamaño de un átomo de hidrógeno en su estado base, propiedades físicas que parecían ser constantes por todo el universo.
         Los mazacotes pegajosos no podían imaginarse que su mensaje sería escuchado un día en cierta galaxia remotísima y, por supuesto, muchos millones de años después.
         La antena apuntaba hacia cierto cúmulo estelar en el que los mazacotes pegajosos sabían que había muchas estrellas de la misma clase espectral que la suya propia. Como no tenían ni la más remota idea de cómo podía ser la vida en otros planetas, era mejor buscar en sistemas estelares parecidos al suyo que en una dirección cualquiera. Los generadores se pusieron en marcha, alimentando de energía el potente transmisor conectado a la antena, y el mensaje emprendió su marcha hacia el futuro...

El mensaje llegó a su destino cuatro mil años terrestres después. En las inmediaciones de una estrella amarilla muy parecida a la  que alumbraba al planeta de los mazacotes pegajosos había un planeta rocoso que alguna vez albergó vida inteligente. Pero cuando llegó el mensaje hacía ya cientos de años que, con sus parajes calcinados y tierras desiertas, giraba silencioso y muerto alrededor de su estrella madre. Unas descomunales antenas parabólicas que, ya sordas e inservibles, aún apuntaban orgullosas al cielo, interceptaron el mensaje, pero no había nadie para descifrarlo.
         El mensaje siguió su trayecto pasando por miles de sistemas planetarios desiertos; alcanzó los límites de la galaxia, los traspuso, se internó en el espacio intergaláctico debilitándose a cada paso. Transcurrieron millones de años. En el planeta de origen la raza de los mazacotes pegajosos se extinguió luego de una horripilante guerra.
         Muchos millones de años después el mensaje, ya reducido al más leve temblor electromagnético pero aún legible, llegó a otra galaxia. Luego alcanzó los confines de cierto sistema estelar de nueve planetas. Al amanecer del 19 de diciembre de 1994 el mensaje envolvió en su hálito fantasmal al planeta tierra.
         --Hay mucha interferencia hoy --dijo un astrónomo que esa noche trabajaba en el observatorio radioastronómico de Arecibo--. ¿Qué hacemos? ¿Paramos las cintas?

         --No --dijo su colaborador--. Déjalas correr. Mañana veremos si podemos eliminar el ruido.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Tres dimensiones

Comparto con ustedes un texto reciclado en lo que se me pasa el ataque de flojera que me dio desde que me salí de Imagen. Escribí esta columna en 2004, en mi sección "Las orejas de Saturno" en un periódico de la Ciudad de México.

Luego de leer el cuento “Todo en un punto”, de Italo Calvino, se siente uno muy agradecido de que exista el espacio. Si todo estuviera en un punto estaríamos incomodísimos, todos encimados y metiéndonos los codos por las córneas unos a otros. Pero lo peor sería que, con todo tan cerca –el Taj Mahal, la zona del silencio, las obras completas de Proust, Halle Berry…--no podríamos apreciar nada porque para apreciar hay que tomar distancia. Agradezcamos, pues, a quien resulte responsable de que exista el espacio. Demos gracias por las dimensiones que nos tocaron en suerte –arriba-abajo, adelante-atrás y hacia los lados. Son tres dimensiones, tres…
         ¿Estaríamos conformes con sólo dos dimensiones? Tal vez sí. Después de todo, esas personas tan parecidas a nosotros que vemos en las fotos sonríen todo el tiempo y nada parece impedirles divertirse en Acapulco o posar frente a las pirámides. Quizá podríamos vivir en dos dimensiones tranquilamente (y en ese caso las fotos y las pinturas serían de una dimensión, ¿se imaginan?).
         Ahora miremos con lupa filosófica la foto donde aparecemos –o aparecen nuestros dobles bidimensionales—tan contentos. ¡Esas personas no tienen entrañas! ¿Dónde podrían tenerlas? Viven en las dos dimensiones de la foto, donde nada se nos puede ocultar a los seres de la dimensión superior (nosotros, tridimensionales). Vemos todo lo que ellos tienen y son. Piensen en el plano arquitectónico de una casa. Los seres bidimensionales que viven en ese plano ven la casa como un conjunto de líneas sólidas, pero nosotros, además de las líneas que representan los muros, vemos el interior de todas las habitaciones. De modo que las personas de las fotos no tienen tripas, y sin tripas no resulta claro cómo podrían vivir.
         Supongamos que dibujamos un animal bidimensional al que queremos dotar de los órganos necesarios para que pueda vivir (al menos vivir como entendemos ese verbo los tridimensionales). Pintémoslo, por simplicidad, como un círculo, atendiendo al hecho de que un animal ha de ser un todo contenido y que en dos dimensiones nada contiene más eficazmente que el círculo. Para que pueda ingerir alimentos borremos un segmento de la circunferencia. Es la boca. La boca debe conectar con el estómago, así que trazamos una carreterita de la boca de nuestro bicho circular hacia dentro, hasta desembocar en otro círculo, que será el estómago. Pero el animal también debe desechar lo que le sobra, de modo que el estómago se conecta a su vez con el lado contrario de la circunferencia. Muy bien, ya tiene aparato digestivo. Pero algo anda mal. ¡El aparato digestivo bidimensional parte en dos a nuestro bicho! (Dibújenlo si no me creen.)
         Así que no, no estaríamos conformes con sólo dos dimensiones. ¡Qué suerte que el universo tenga tres! Pero, ¿por qué conformarnos con tres? ¿Y si tuviera más? ¿Qué proezas podríamos realizar en cuatro o cinco dimensiones? ¿Seríamos más felices? ¿Habría más posiciones sexuales?
         Francamente no sé si en cinco dimensiones hay más posiciones sexuales. Mi amigo Martín Bonfil, que sabe mucho de sexo, dice que sí. Mi prima Concha Ruiz, que sabe mucho de matemáticas, dice que no, y la explicación es que, en teoría de nudos, las cosas no cambian mucho si las dimensiones no aumentan mucho. Las posiciones sexuales, claro, son pura teoría de nudos. Según me explica Concha, es cuestión de topología. La topología del Kama Sutra, podríamos decir.
Lo que sí sé es que los físicos no se conforman con tres dimensiones espaciales para construir las teorías más fundamentales, con las que pretenden explicar desde la estructura del espacio-tiempo hasta las propiedades de la materia. En la llamada teoría de supercuerdas, candidata a teoría de todo (como dicen los físicos sin morderse la lengua), el espacio-tiempo tiene muchas más dimensiones de las que percibimos. ¿Y por qué no las percibimos? Porque en esas dimensiones no hay tanto espacio como en las tres que conocemos bien. De hecho, hay poquísimo espacio, cuando mucho un milímetro, y eso en las más extensas. De manera que, además de arriba-abajo, adelante-atrás y a los lados, hay otras direcciones que no vemos. Todos nos proyectamos en esas dimensiones, pero no podríamos vernos esas partes ni mirándonos de cerca el ombligo.

         Con todo, podríamos vislumbrar las dimensiones invisibles con experimentos en aceleradores de partículas. Algunos ya se están llevando a cabo. El objetivo es detectar los efectos que tendrían las dimensiones invisibles sobre el comportamiento de la fuerza de gravedad. Si la teoría es correcta, los científicos esperan ver procesos insólitos, como la aparición transitoria de agujeros negros microscópicos. El asunto es muy importante para la física (ya les traeré noticias). Pero también puede ser importante para el sexo, siempre y cuando las 11 dimensiones que, al parecer, tiene el espacio basten para hacer más interesante la topología del Kama Sutra.

martes, 19 de agosto de 2014

Chamacos méndigos

Usted ha oído hablar de los niños índigo, esos seres de luz cuántica hiperluminiscente y monocromática que vienen a rompernos los paradigmas. Ahora los científicos John April y George Fool, del Laboratorio Místico Cuántico de la Universidad de Arkham, han descubierto una categoría vibracio-espiritual superior a los niños índigo: los chamacos méndigos.
Los chamacos méndigos, según April y Fool, son seres de luz muy sensibles y vienen al mundo con la misión de poner a prueba nuestra paciencia y cordura, pero sólo para hacernos más tolerantes e instaurar así el reino de paz en el mundo. Aunque los chamacos méndigos son almas puras y bondadosas, llenas de luz, nunca se comen el desayuno, siempre se dejan la carne, no hacen la tarea, muerden a sus compañeritos de escuela y patean a la maestra, profiriendo insultos de operario de combi. Suelen reprimir sus emociones y no decirle nada bonito a nadie —antes bien todo lo contrario— porque, en su inmensa sensibilidad y luminiscencia, saben que pronto tendrán que partir a cumplir su misión cósmica y les duele pensar en lo tristes que nos pondríamos cuando se vayan si llegáramos a encariñarnos con ellos. Eso puede hacer que parezcan antipáticos, maleducados e insoportables, pero hay que tenerles paciencia porque son seres de luz. April y Fool, descubridores del fenómeno, recomiendan a los padres de chamacos méndigos usar sus habilidades intuitivas para sintonizarse con la energía de estos niños y crear ondas cuánticas supercoherentes en estados enredados de Einstein-Podolsky y Rosen de pura bondad infinita, consejo súper práctico que no dudo que aprovecharán muchos de mis lectores.
Lo que sigue es una grabación auténtica, registrada con micrófonos ocultos en la casa de una familia con un chamaco méndigo. Esta grabación puede servirles a los padres como muestra de lo que se debe hacer y lo que no se debe hacer con estos seres llenos de luz y sabiduría:

Padre: Querida, el niño acaba de provocar un corto circuito que fundió los fusibles de todo el edificio. Metió los dedos en el enchufe.
Madre: ¿Otra vez? ¡Ay, que muchachito tan picarón!
Padre: ¿No crees que sería hora de decirle algo, no sé, un regañito muy chiquito, por ejemplo?
Madre: No seas bruto, Ramiro. Es un ser de luz. Es natural que quiera meter los dedos en la toma de corriente, y si les causa pequeños incovenientes a los vecinos, todo es por el reino de paz que se avecina.

Padre: Querida, el niño acaba de matar al perro.
Madre: ¡Qué inmensa bondad! Seguro que, con su clarividencia, vio que al perro el destino le deparaba mucho dolor y decidió ahorrarle el sufrimiento a la pobre bestezuela.
Padre: No se lo ahorró: se lo adelantó.
Madre: Pero, a ver, ¿está sufriendo el perro?
Padre: Ya no.
Madre: ¿Ves?

Padre: Querida, el niño acaba de saltar por la ventana. ¿Llamo a la ambulancia?
Madre: No. Sin duda ya había llegado su hora de partir en misión cósmica de pacificación.
Padre: No, pos ahora sí va a haber paz…por lo menos en esta casa.
Madre: ¿Qué dijiste, Ramiro?
Padre: Nada, querida.


April y Fool han observado que, con la llegada de los niños índigo, y sobre todo de los chamacos méndigos, cada vez hay menos niños maleducados. Esto puede deberse a la misión de paz y de luz de estos enviados de los dioses… o simplemente, como dicen algunos descreídos malditos, a que los padres somos capaces de inventarnos cualquier justificación, por tonta que sea, con tal de no reconocer que nuestros hijos son un asco.

viernes, 8 de agosto de 2014

De piedras italianas a cráter mexicano

La semana pasada les mostré las piedras de los estratos del periodo Cretácico y el posterior periodo Daniano que me dio el paleontólogo Jan Smit en el cañón del Bottaccione, en Italia. En la formación rocosa de donde las tomamos la paleontóloga Isabella Premoli Silva encontró en 1962 una catástrofe microscópica: una extinción masiva y abrupta de especies de organismos llamados foraminíferos que flotan en las aguas del mar. Entre los dos estratos Isabella Premoli encontró una misteriosa capa de arcilla oscura sin fósiles.

Tratando de determinar cuánto tiempo representaban los dos centímetros de espesor de la capa de arcilla, el geólogo Walter Alvarez y sus colaboradores, en los años 70, encontraron otro misterio: una altísima concentración del metal iridio, que es poco común en la superficie de la tierra, pero muy común en las rocas espaciales. Después de descartar trabajosamente otras explicaciones, Alvarez y compañía concluyeron que la capa de arcilla iridiada del cañón del Bottaccione está hecha de los restos pulverizados de un meteorito de unos 10 kilómetros de diámetro que chocó contra la tierra hace 65 millones de años. En un artículo publicado en 1980 proponen que el polvo que se esparció por todo el mundo oscureció y enfrió el planeta durante varios meses, lo que llevó a la extinción a todas esas especies de foraminíferos, a los dinosaurios y a muchas especies más que desaparecieron a fines del periodo Cretácico.

Pero los paleontólogos y los geólogos no les creyeron. En primer lugar, estaban acostumbrados desde el siglo XIX a que los acontecimientos importantes de la historia del planeta siempre fueran graduales, jamás abruptos. En segundo lugar, ¿dónde estaba el cráter que dejaría el tremendo impacto que proponían Alvarez y sus amigos?

En otro lugar muy distinto -y en otro ámbito profesional- en 1978, Petróleos Mexicanos emprendió una amplia campaña de prospección petrolera. Antonio Camargo y Glen Penfield fueron a Yucatán a explorar el subsuelo desde fuera con métodos magnéticos. En particular, querían saber qué era una misteriosa estructura enterrada que otros geólogos petroleros habían vislumbrado en los años 40 usando mediciones de la gravedad local. Camargo y Penfield detectaron una anomalía magnética aproximadamente circular, de unos 200 kilómetros de diámetro: un cráter de impacto muy antiguo, sepultado por la sedimentación de millones de años.

Durante los 80 ardió el debate de la extinción por impacto. Además de la  falta de cráter, a Alvarez y sus colaboradores se les objetaba que los fósiles de dinosaurio iban desapareciendo gradualmente en los estratos geológicos hasta que, a fines del Cretácico, no quedaba ninguno, lo que indicaba que se habían extinguido poco a poco y no abruptamente. Pero en 1982 Philip Signor y Jere Lipps demostraron por medio de un análisis estadístico que hasta la extinción más abrupta de organismos grandes parecería gradual en el registro fósil. Cuando otros investigadores se pusieron a buscar evidencia de que las especies que parecían apagarse poco a poco en realidad sí habían durado hasta el último momento, la encontraron y se disipó esta objeción. Otros alegaban que debería haber indicios de tsunamis de 100 metros en algún lugar. A fines de los 80 se encontraron esos indicios en Texas, Tamaulipas, Nuevo León, Cuba y Haití. En 1990, el geólogo canadiense Alan Hildebrand se dijo que el impacto tendría que haber ocurrido por ahí, en la región del Golfo de México, y se puso a escarbar entre todo lo escrito acerca de geología de esa región... hasta que dio con el informe de Camargo y Penfield.

Hildebrand se reunión con los geólogos petroleros y en 1991 publicaron juntos (y con otros colaboradores) un artículo que hoy se considera clásico en el que reúnen muchas pruebas de que el cráter mexicano de Camargo y Penfield tiene todas las características que se esperarían del impacto que propusieron Alvarez y sus colaboradores en 1980 a partir de las piedras italianas. Con el cráter en mano, y sobre todo con la investigación que llevó a cabo en el cráter la UNAM durante los años 90, la hipótesis de impacto fue ganando adeptos. Aunque el debate no está totalmente zanjado, hoy la hipótesis de Alvarez es la que ha generado más consenso.