jueves, 2 de noviembre de 2017

Los sismos de septiembre en la revista ¿Cómo ves?

Comparto mi artículo para el número especial de ¿Cómo ves? (no. 228, noviembre 2017) sobre sismos. Que les guste y sobre todo que les sea útil.

lunes, 16 de octubre de 2017

Explosión científica

Acaba de terminar la conferencia de prensa que se anunció la semana pasada como bombos, platillos y misterio. En efecto, el anuncio sólo decía que se iba a anunciar algo muy importante, pero no nos decían qué. Por suerte, en general es fácil darse una idea de por dónde viene la bolita simplemente viendo quién hace el anuncio. En este caso era la colaboración LIGO/VIRGO, que en 2015 detectó por primera vez las ondas gravitacionales que predijo Einstein cien años antes y cuyos creadores acaban de recibir el premio Nobel de física 2017: en conclusión, algo que ver con ondas gravitacionales, pero ¿qué podría ser tan interesante? Después de todo, tras su primer y espectacular anuncio en febrero de 2016 nos hemos idos acostumbrando a que, cada tanto, nos anuncien una nueva detectión de ondas gravitacionales. ¿Por qué tanta alaraca esta vez? ¿Cuál era la diferencia?

Los enterados empezaron a insinuar que los detectores de LIGO/VIRGO habían captado una colisión de estrellas de neutrones que, además de ondas gravitacionales, había emitido luz. Como ya ha ocurrido que estos anuncios anunciados acaban siendo un fiasco (aunque no los de LIGO), yo preferí esperar. El anuncio no me decepcionó esta vez: casi sin demora, David Reitze, portavoz de la colaboración, confirmó que el 17 de agosto los observatorios de LIGO y de VIRGO (en Estados Unidos e Italia) observaron las ondas gravitacionales producidas por el último alarido gravitacional de dos estrellas de neutrones que se fundieron una con otra tras mucho rondarse (sólo observamos la última fracción de segundo de esta danza que puede durar cientos de miles de años porque es el único momento que produce ondas gravitacionales suficientemente intensas para que las podamos captar con nuestros detectores) y que dos segundos después otros telescopios detectaron un estallido de rayos gamma en el mismo lugar. Los estallidos de rayos gamma traían a los astrofísicos de cabeza desde hace 50 años (el primero se observó en 1967). Son lo que su nombre indica: repentinos paroxismos de radiación de alta energía que provienen de un punto en el cielo, pero nadie sabía cómo se producían. Había hipótesis, y una de estas hipótesis era que se debían a colisiones de estrellas de neutrones que al fundirse lanzan material disparado al espacio en direcciones opuestas y con gran energía. El anuncio de hoy confirma que este modelo es correcto.

También confirma otra sospecha añeja: que la fusión de dos estrellas de neutrones crea átomos de elementos pesados (los ejemplos más socorridos en la conferencia, las preguntas y lo que se ha escrito ya a estas alturas del día son oro y platino) más eficientemente que otro proceso mucho más conocido: la explosión de una supernova. Así que ahora resulta que llevo años diciendo una mentira: que el oro de mi anillo de bodas se creó en la explosión de una supernova hace miles de millones de años. Parece que no: los átomos de mi anillo se formaron en una colisión de estrellas de neutrones, que es más emocionante. La explosión de agosto produjo, en elementos pesados, 16,000 veces la masa de la Tierra (!).

sábado, 14 de enero de 2017

¡Los foraminíferos!





Estas piedras


vienen de los estratos geológicos de la Cañada del Bottaccione, en los Apeninos, y se formaron a unos 2,000 metros de profundidad en un mar que ya no existe. Las blancas son del periodo Cretácico, último de la era de los dinosaurios. Las rojas del periodo inmediatamente posterior, hoy llamado Daniano.

En la siguiente foto se ven los estratos al pie de un acueducto del siglo XIII que todavía lleva agua a la vecina ciudad de Gubbio. La transición entre el Cretácico y el Daniano se aprecia como una zanja diagonal bajo el letrero amarillo. A la derecha están las piedras blancas y a la izquierda las rojas. El paleontólogo Jan Smit partió unos pedacitos para mí con su martillo de geólogo cuando me acompañó al Bottaccione en julio de 2014.


El primer indicio de que entre ambos periodos había ocurrido una catástrofe lo encontró en 1963 la paleontóloga italiana Isabella Premoli Silva en este preciso lugar. La roca blanca contenía una gran cantidad (y variedad) de microfósiles de organismos conocidos como foraminíferos (que quiere decir "horadados"). Los foraminíferos forman parte del plancton y abundan en todos los mares, pero las especies cambian a lo largo del tiempo. 

 


Dibujos de foraminíferos en el libro The Foraminifera, de Fredercik Chapman, que heredé de mi abuelo, ingeniero petrolero, como cuento en mi libro Cielo sangriento

Se necesita un ojo superentrenado como el de Isabella Premoli para distinguir especies de foraminíferos, y aún más para separar los de una época de los de otra, y ése era el secreto: entre la roca blanca y la roca roja, Premoli observó un cambio repentino e inesperado en la cantidad y la variedad de foraminíferos. En la roca blanca del Cretácico había muchas especies, algunas de hasta de 0.1 milímetro de diámetro; en la roja había pocas, y todas muy pequeñas. En mi visita al Bottaccione, Jan Smit trató de mostrarme los foraminíferos con su lente de geólogo, para lo cual se chupó un dedo y luego talló la superficie de la roca. No vi nada porque tenía las manos ocupadas con mi mochila, no llevaba puestos mis lentes de vista cansada y además estaba empezando a llover y a hacer frío, pero me prometí buscar los famosos foraminíferos con un microscopio en cuanto regresara a México.

El autor con Jan Smit, su esposa, Jesse Boss y el martillo de geólogo en la zanja que se ha formado de tantos geólogos y paleontólogos que se han llevado material de la transición entre el Cretácico y el Daniano


Probé con varios microscopios de la escuela en la que doy clases, pero nada. Al año siguiente volví a probar. En vano. Al año siguiente, lo mismo: no se veían los foraminíferos que según Jan Smit se podían apreciar con una vil lente de geólogo.

Y entonces fui a Costa Rica, al congreso de la Fundación Cientec, que dirige mi amiga Alejandra León y al que me invita casi cada año a dar cursos y conferencias. En una mesa tenían varios productos educativos de la fundación, entre ellos un microscopio especial para teléfono celular, que me compré sin dudarlo. Regresé a México ilusionadísimo, pero al abrir el paquete me dí cuenta de que me faltaba la lente del aparato. A veces pienso que no les caigo bien a los poderes sobrenaturales.

Alejandra tenía que venir a México este fin de semana. Le pedí que me trajera una lente de repuesto y así, aquí está el microscopio armado y con las piedras del Bottaccione listas para la observación:



Me pasé un buen rato orientándolas en distintos ángulos e iluminándolas desde arriba y desde los costados con ayuda de mi hija, Ana, pero otra vez nada... 

--¿Por qué no las lijas?-- dijo mi esposa, Magali...

En todo equipo científico hace falta alguien que piense. 

Y así, luego de dos años y medio de frustraciones, aquí están, por fin, los foraminíferos que dieron el primer indicio de que hace 66 millones de años pasó algo horrible en la Tierra:

Foraminífero del Daniano, sobreviviente de la extinción (bueno, su especie, no este individuo)

Foraminíferos del Cretácico. Descansen en paz.

Uno oye hablar de estas cosas y le parecen remotas e irreales, pero mi microscopio para celular ha abierto una ventana que conecta mi estudio con aquel día aciago en el que un asteroide de 10 kilómetros de diámetro se estrelló con la Tierra y cambió el mundo.





Estos pobres bichos marinos no sabían que estaban a punto de extinguirse

Todo esto lo cuento con más profundidad en mi libro Cielo sangriento (Fondo de Cultura Económica, 2016).