martes 3 de noviembre de 2009
Teorías que matan
martes 27 de octubre de 2009
Vacas con nombre y coches rojos
martes 20 de octubre de 2009
Treinta y dos planetas aburridos
martes 13 de octubre de 2009
Complot del futuro
¿Por qué no han podido poner a funcionar el Gran Colisionador de Hadrones (LHC)? ¿Por qué canceló el gobierno de Estados Unidos un proyecto similar en 1993, aún cuando ya se había excavado un túnel de miles de millones de dólares?
Según Holger Nielsen, del Instituto Niels Bohr de Física Teórica, y Masao Ninomiya, del Instituto Yukawa de Física Teórica, la respuesta podría ser que el universo está tratando de impedir que se genere el bosón de Higgs. ¿Por qué? Pues...quién sabe...
En un artículo publicado en el depósito electrónico arXiv.org, Nielsen y Ninomiya alegan que el futuro podría estar ejeciendo influencia sobre el presente para impedir que opere el LHC. Añaden que si así fuera, entonces todo proyecto de construir una máquina capaz de generar bosones de Higgs debería verse obstaculizado por lo que parecería mala suerte.
La locura que proponen Nielsen y Ninomiya me recuerda un libro de Isaac Asimov que leí hace muchos años, titulado El fin de la eternidad. En esta novela, una asociación de viajeros del tiempo se encarga de recorrer los siglos efectuando pequeños ajustes previamente calculados (cambiar un objeto de lugar, comunicarle cierta información a un indivudo específico) para que el mundo funcione correctamente…y en concreto para que se cree la mismísima asociación de la que forman parte los ajustadores temporales.
O bien, la cosa podría verse así: imagínense que pueden retroceder en el tiempo y que un día andan paseando por el pasado, antes de haber nacido, y ven que a su padre lo va a atropellar un camión. Pero ustedes lo salvan. Luego, quizá tomándose un tequila para reponerse en compañía del joven al que le acaban de salvar la vida sin que él sepa quiénes son ustedes, se ponen a reflexionar sobre lo que hubiera pasado si no llegan a tiempo para salvar a su padre de la muerte antes de que haya tenido tiempo de ser padre. Así, quizá el univeso está tratando de salvarse de un acontecimiento potencialmente catastrófico. Bueeeh…
Lo más sensacional es que los investigadores proponen un experimento para averiguar si el futuro sí está afectando la operación del LHC –ya sea el funcionamiento físico del aparato, o las decisiones que se toman para ponerlo en marcha--. El experimento consiste en dejar al azar la decisión de seguir adelante con el proyecto. Se construye un mazo de naipes con muchos que digan “operar el LHC con toda libertad”, muchos menos que estipulen restricciones de la energía de las partículas u otras limitaciones del experimento, y una sola baraja (digamos, una en cinco millones de naipes) que diga “cerrar el LHC”. Si en el experimento ocurre el acontecimiento poco probable de que salga la última carta, será señal de que el futuro nos está enviando una especie de mensaje. Nielsen y Ninomiya señalan que también será señal de que están en lo cierto si sucede otro accidente insólito que impida que funcione el aparato. (Espero que no se les ocurra obligar a su profecía a cumplirse provocando ellos mismos el accidente…).
Aunque Nielsen y Ninomiya son científicos con credenciales impecables, no hay ninguna obligación de tomarse en serio lo que dicen. En la ciencia no son la autoridad ni los títulos los que pesan a la hora de aceptar las ideas de un individuo. Es la discusión: la idea sólo se aceptará si la comunidad de especialistas pertinente estima que esa idea ha superado ciertas pruebas muy exigentes. En tanto esa comunidad no esté convencida, las especulaciones de Nielsen y Ninomiya son meras opiniones, no resultados científicos válidos.
Eso sí: qué divertido.
viernes 2 de octubre de 2009
Orgullo nacional
martes 29 de septiembre de 2009
Los juguetes nuevos
Kirchhoff y Bunsen habían estado haciendo experimentos con un espectroscopio, aparato que sirve para descomponer la luz de una fuente incandescente en los colores que la integran. Calentaban sustancias y luego observaban con el aparato la luz que emitían los vapores de éstas. En una serie de experimentos que llevaron a cabo durante la década de 1850, Kirchhoff y Bunsen se dieron cuenta de que cada elemento químico (de los que se conocían en su época, que no eran todos los que conocemos hoy) producía en el espectroscopio una señal (o espectro) que le era particular, de modo que el espectro de un elemento químico podía usarse, en principio, para identificar ese elemento. Y el método funcionaba incluso cuando los átomos estaban combinados químicamente con átomos de otros elementos, es decir, cuando estaban reunidos en moléculas.
Entonces se produjo el incendio en Mannheim. Las llamas se veían claramente desde Heidelberg, donde trabajaban Kirchhoff y Bunsen, que rápidamente sacaron su espectroscopio y lo usaron para analizar la luz del incendio. Así descubrieron --desde lejos y sin tener en sus manos muestras de las sustancias que ardían-- las líneas características de los espectros de los elementos bario y estroncio. ¿Sería posible también --se preguntaron-- detectar elementos químicos en el sol por medio del espectroscopio? “La gente pensaría que estábamos locos por soñar semejante cosa”, escribió Bunsen.
En 1861 Kirchhoff intentó esta locura y aisló los espectros individuales del sodio, el calcio, el magnesio, el hierro, el cromo, el níquel, el bario, el cobre y el cinc en el espectro de la luz solar --todo en la comodidad de su laboratorio, sin tener que ir a achicharrarse al sol. Por si fuera poco, Kirchhoff y Bunsen descubrieron dos elementos nuevos, el cesio y el rubidio, usando el espectroscopio. La técnica de la espectroscopía estaba resultando bastante útil.
Con el espectroscopio el astrónomo Joseph Norman Lockyer encontró en la luz del sol el espectro de un elemento desconocido, al que llamó helio (porque "helios" significa "sol" en griego). El helio no se encontró en la Tierra hasta varios años después.
¿Qué más se podía hacer con el juguete nuevo? En el transcurso de 50 o 60 años los físicos y los astrónomos echaron mano de la espectroscopía para zanjar varios debates añejos, uno de los cuales tenía que ver con la naturaleza de esas nubecitas de luz difusa que se ven por todo el cielo con telescopio. A falta de un nombre mejor --y por no saberse qué eran--, las habían llamado "nebulosas", que significa "nubecitas", y las había de varios tipos: unas tenían bonitas espirales de luz, otras eran esféricas u oblongas, otras más eran masas amorfas desparramadas por el espacio. La luz de ciertas nebulosas llevaba la huella de otro espectro insólito. Con el recuerdo del helio aún fresco en la mente, los astrónomos pensaron que se trataba de otro elemento nuevo, al que llamaron "nebulio". Pero el nebulio no aparecía en ningún otro sitio y al cabo del tiempo hubo que concluir que quizá el extraño espectro era el resultado de sustancias comunes y corrientes sometidas a condiciones insólitas.
En los años 30 Edgar Rice Burroughs, creador de Tarzán, escribió narraciones de ciencia-ficción en las que proponía que en Marte había más colores primarios que en la Tierra. Aquello era un poco como decir que en Marte había círculos cuadrados, pero la anécdota ilustra bien un tema recurrente de la ciencia-ficción: que en el espacio todo puede suceder. Hoy gracias al espectroscopio sabemos que todas las galaxias están compuestas de los mismos elementos químicos que se encuentran en la Tierra y que, al parecer, las mismas leyes físicas rigen en todo el universo, lo cual puede parecer aburrido, pero no deja de ser una información muy interesante. Ya no podemos permitirnos imaginar elementos químicos desconocidos en otras galaxias, por lejanas que sean, pero en cambio sabemos que una buena parte de la descripción física del mundo que hemos construido desde nuestro pequeño planeta vale en todo el universo. No está mal.
martes 15 de septiembre de 2009
Invasores cerebrales
Un parásito que tiene que llegar al estómago de una oveja o de una vaca para poder continuar su ciclo de vida. Los salmones nadan río arriba para desovar, mientras que los dicrocoelium se agencian una hormiga, se le meten en el cerebro y la obligan a trepar por briznas de hierba, como si la hormiga fuera un vehículo todo terreno. De modo que para la hormiga no hay beneficio. Su cerebro ha sido secuestrado por un parásito que lo infecta y le induce este comportamiento suicida. ¡Qué horror!