martes 24 de noviembre de 2009

El terremoto darwiniano

Se dice que William Shakespeare y Miguel de Cervantes murieron el mismo día. No es cierto, porque en aquella época Inglaterra usaba el calendario juliano mientras que España había cambiado al gregoriano en 1582. Los calendarios están desfasados 11 días, de modo que ése es el lapso que separa las muertes de los dos escritores más importantes de su época (y quizá de todas las épocas). Con todo, yo he oído a alguien decir, para señalar lo tremendo del acontecimiento, que ese día tendría que haber temblado la tierra.
Lo mismo se dice del hipotético encuentro de Joseph Haydn, Mozart y Beethoven.
Si los grandes acontecimientos culturales se anunciaran con terremotos, el 24 de noviembre de 1859 las fuerzas telúricas hubieran asolado la Tierra, porque ese día se publicó uno de los libros más importantes de la historia, El origen de las especies, de Charles Darwin.
Como los sismos de verdad, el sismo cultural darwiniano llevaba muchos años fraguándose (cerca de 30) y tuvo varios preanuncios, porque el tímido naturalista inglés hizo circular resúmenes entre sus amigos y colegas científicos. Luego, entre julio de 1858 y septiembre de 1859, Darwin se afanó frenéticamente para poner por escrito la idea completa.
El editor John Murray había comprado los derechos de El viaje del Beagle, relato de la travesía de cinco años que hizo Darwin a bordo de un barco de la marina británica entre 1831 y 1836. Darwin le escribió a Murray para ofrecerle su nueva obra, que se había convertido en un mamotreto de más de 400 páginas. "El libro tendría que venderse bien entre una gran cantidad de lectores tanto científicos como semicientíficos", le escribió Darwin, "puesto que trata de agricultura, así como de la historia de los animales y plantas de nuestro país y de las disciplinas de la zoología, la botánica y la geología. Me he esforzado al máximo, pero no sé si tendré éxito".
Murray le contestó sin demora que estaba dispuesto a publicar el libro, incluso sin haber visto el manuscrito. Darwin era un autor probado. El editor le prometió las dos terceras partes de las ventas como regalías (qué suerte; hoy los editores te dan el 10 %, si bien te va). El naturalista, un tipo que pecaba de decente, le ofreció retirar el manuscrito y liberar al editor de su promesa si a Murray le parecía, al leerlo, que no convenía publicarlo.
Con tres capítulos de muestra en mano, John Murray consultó a algunos amigos suyos. Uno le recomendó imprimir 1000 ejemplares; otro expresó reservas en una larguísima carta, pero Murray cumplió su promesa como un caballero. Eso sí: le sugirió a Darwin retirar del título las palabras "resumen de un ensayo". Supongo que un ladrillo de 400 páginas que promete ser sólo un resumen podía espantar a los lectores.
El naturalista siguió trabajando, pero estaba harto. Para relajarse se dedicó a jugar al billar con sus hijos. El año anterior había hecho instalar en su mansión una mesa de billar que le daba solaz, como escribió Darwin a su primo William Darwin Fox: "el juego me hace mucho bien y me saca de la cabeza las horribles especies". El manuscrito corregido quedó listo a fines de septiembre. "Dios sabe qué pensará el público", escribió Darwin en una carta a Alfred Russell Wallace.
El 24 de noviembre de 1859 salieron a la venta 1250 ejemplares de El origen de las especies con un precio de 15 chelines. Todos se vendieron el mismo día, aunque a las librerías y no directamente al público. Ese día no tembló en Inglaterra, pero el libro de Darwin empezó a dar de qué hablar. Tanto, que el 25 de noviembre Murray le solicitó a Darwin una segunda edición, que el pobre no tenía ningunas ganas de preparar por estar enfermo y cansado. Al poco tiempo, empero, salieron 3000 ejemplares más.
Hoy las ideas que expuso Darwin en El origen de las especies se reconocen como el principio rector de la biología moderna, la estructura que apuntala todo lo que sabemos del mundo biológico. Así que si hoy llega a temblar, a lo mejor son las fuerzas telúricas celebrando los 150 años del libro más importante de Charles Darwin.

martes 17 de noviembre de 2009

Un día normal en Calakmul: la vida cotidiana de los mayas








Estamos en el año 3400 d.C. Unos arqueólogos examinan lo que queda de los periódicos, revitas y transmisiones de televisión del México del siglo XXI para tratar de entender esa extraña civilización, de la cual se cuentan muchas cosas fantásticas (por ejemplo, que predijeron que el mundo se va a acabar en 3412, pero para nuestros arqueólogos --científicos serios-- eso son tonterías). De los documentos que examinan, los arqueólogos se hacen una imagen de la sociedad mexicana de 1400 años atrás: todos eran gente glamurosa, o sea, políticos, narcotraficantes, futbolistas y actores de telenovelas... o así parece, puesto que los documentos no hablan de otra cosa. No hay manera de saber si en esa sociedad había también gente común que padeciera a esos políticos, narcos, futbolistas y actores de telenovelas.

Lo mismo pasa con los vestigios de la mayoría de las civilizaciones antiguas: en los documentos que quedan (muros pintados, inscripciones) sólo se relata la vida de los ricos y poderosos. Queda en tinieblas la gente normal, cuyas actividades daban sustento a las de los notables y sin cuya presencia no se explica el funcionamiento de esas civilizaciones.

Por eso están muy contentos los arqueólogos Ramón Carrasco Vargas,Verónica Vázquez López y Simon Martin, del Instituto Nacional de Antropología e Historia, la Universidad Nacional Autónoma de México (o sea, la UNAM…parece que hay gente que no sabe que son una y la misma) y el Museo de la Universidad de Pensilvania. Como informan en un artículo publicado el 17 de noviembre en la revista Proceedings of the National Academy of Science, encontraron una pirámide con pinturas murales que describen la vida cotidiana: preparación de alimentos, oficios y costumbres de la gente común, con imágenes y textos, casi como si fuera un manual pictórico de usos y costumbres mayas del siglo VII. La pirámide se encuentra en Calakmul, Campeche, en una sitio descubierto en 1931.

Como sucede con todos los hallazgos científicos, éste llevaba ya tiempo cocinándose. El Proyecto Arqueológico Calakmul, auspiciado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y el Instituto Nacional de Antropología e Historia, explora el sitio desde 1993. En 2004 los autores del artículo y su equipo emprendieron excavaciones en uno de los edificios del complejo arqueológico. Luego de retirar escombros y maleza, abrieron un túnel de 70 centímetros de ancho y lo reforzaron para poder entrar en la pirámide. Encontraron rastros de varias etapas de construcción encimadas, como es común en los edificios prehispánicos. A partir de los restos de cerámica que encontraron en cada etapa han deducido que el edificio se empezó a construir alrededor del siglo V d.C. La última etapa data del siglo XI, más o menos.

En la tercera etapa es donde encontraron los murales que describen aspectos de la vida cotidiana en Calakmul. Carrasco, Vázquez y Martin calculan que los muros de esa tercera etapa fueron pintados entre los años 620 y 700 d.C. En los dos niveles de la pirámide que han explorado, lso arqueólogos han encontrado cerca de 30 escenas diferentes. Un tercer nivel queda por explorar.

Un vendedor de atole y su cliente, una tamalera, un tameme (cargador) que transporta productos al mercado, todos con inscripciones que indican su oficio: aj-ul (vendedor de atole), aj-ix'im (vendedor de tamales), aj-atz'aam (vendedor de sal). Un hombre con un loro rojo en el hombro, un joven, un niño y una anciana. El trabajo que ha revelado estas escenas es una colaboración internacional. Gene Ware, de la Universidad Brigham Young, ha analizado los murales con métodos espectroscópicos para mostrar detalles que no se ven a simple vista; Piero Baglioni, de la Universidad de Florencia, investiga la química de los pigmentos y el método de aplicación, así como la mejor manera de conservar los murales ahora que están al descubierto.

En México nos enteramos de la noticia por el periódico español El país. Ningún periódico mexicano se hizo eco de este hallazgo. Hubo quien reclamó que el artículo original se publicara en una revista estadounidense. Creo que es importante responder a esta queja. La ciencia se publica en revistas especializadas de comunicación entre científicos. El científico no publica por vanidad: es su obligación, obligación para con la comunidad y para con las instituciones de investigación, gubernamentales e internacionales que le proporcionan recursos. Las revistas de más impacto –las más leídas—son estadounidenses o europeas. Las revistas especializadas/profesionales mexicanas son muy pocas y de poco impacto. Al científico se le evalúa por el número de publicaciones y por la cantidad de referencias posteriores que éstas generan. No se publica en revistas extranjeras por falta de apego al terruño, sino porque en México simplemente no hay foros ni escaparates para la ciencia profesional (o muy escasos y poco frecuentados).

martes 10 de noviembre de 2009

El otro Darwin

En 1858 Charles Darwin recibió una carta que lo dejó helado. Provenía de Malasia y la firmaba un tal Alfred Russell Wallace.

Más de 20 años antes Darwin había ofrecido sus servicios como naturalista de a bordo a una expedición de la marina británica encaminada a cartografiar la costa de Sudamérica y dar la vuelta al mundo. Robert FitzRoy, comandante del bergantín Beagle, estuvo a punto de rechazar al joven candidato... ¡porque no le gustaba su nariz! El capitán pensaba que aquella no era la nariz de una persona hecha para soportar los rigores de la vida en el mar. No le faltaba razón: el pobre Darwin sufrió mareos cada día que pasó a bordo.

Al embarcarse, Darwin, como todo buen protestante y candidato a clérigo de la época, creía que las plantas y animales los había creado dios en unos cuantos días y que no habían cambiado desde la creación. Al mismo tiempo, como buen geólogo de la época, creía que la superficie de la Tierra cambiaba muy lentamente, sin saltos ni sacudidas repentinas. Durante el viaje del Beagle, que duró cinco años, Darwin exploró el continente sudamericano y encontró restos de especies que ya no existían, pero que se parecían a las especies contemporáneas y fósiles de organismos marinos en la cima de los Andes. En Chile experimentó un temblor que en unos segundos dejó la costa irreconocible. En las islas Galápagos descubrió que los nativos podían distinguir de qué isla provenía una tortuga con sólo mirarla (señal de que, pese a ser de la misma especie, las poblaciones de las distintas islas estaban divergiendo). Con sus observaciones, Darwin fue llenando un diario que hoy en día sería un blog. Los especímenes que recolectaba los enviaba a Inglaterra con comentarios.

Al regresar, Darwin se había convencido de que las especies se modifican y que esas modificaciones responden al ambiente en el que se desarrolla cada especie. Pero faltaba un modus operandi: ¿cómo cambiaban las especies? Darwin se puso a trabajar sin demora. Se puso en contacto con naturalistas de Europa y de Estados Unidos; visitó a criadores de palomas, de perros y de ganado y organizó sus notas. Así fue construyendo una base de datos descomunal sobre la cual fundamentar su teoría de la modificación de las especies, pero nunca estaba satisfecho: necesitaba más datos, siempre más datos. Para estar seguro.

En 1842 redactó un resumen de sus ideas en cinco páginas que hizo circular entre sus amigos. Al poco tiempo se permitió un informe de 230 páginas, pero seguía inconforme. La teoría no estaba completa. No había que arriesgarse a publicar.

Por fin, en 1858, recibió la carta fatídica. El joven Alfred Russell Wallace, instalado en Malasia, le enviaba un artículo que había escrito y le solicitaba a Darwin, más viejo y más reconocido que él, que lo presentara ante la Sociedad Lineana de Londres. El artículo de Wallace era un resumen perfecto de las ideas que Darwin llevaba tantos años edificando. ¿Qué hacer? Darwin era un hombre decente y gallardo como pocos. La decencia le ordenaba presentar el artículo de Wallace, como se le solicitaba, y hacerse a un lado. Al mismo tiempo, en la ciencia el primero que publica una idea se lleva el crédito. Pero no es sólo cuestión de crédito. Las ideas no se publican dos veces: no puede haber segundo lugar en ciencia. Al apartarse para dar paso a Wallace, Darwin se resignaba a que sus afanes de más de 20 años no fructificaran. Darwin decidió hacer lo que había que hacer. Por suerte, intervinieron sus amigos. Wallace no tenía ni remotamente la cantidad de datos de Darwin. Éste podía legítimamente presentar los trabajos de ambos ante la Sociedad Lineana sin quedar como un sinvergüenza. Así lo hizo el 1 de julio de 1858.

Eso sí: luego se puso a redactar febrilmente una versión completa de su teoría de la "descendencia con modificación". El susto que pasó le prestó una lucidez casi dolorosa y escribió y escribió durante cerca de un año. El 24 de noviembre de 1859 salió a la venta El origen de las especies. Si Wallace no le hubiera escrito a Darwin, como dice el biólogo Julian Huxley en el prefacio de una edición en inglés de El origen, la obra se hubiera publicado mucho después y habría resultado monumental hasta el punto de ser ilegible. El libro que se publicó hace 150 años es, en cambio, un libro extenso, sí, pero muy agradable de leer, y hasta divertido (bueno, por partes). Al mismo tiempo es una verdadera aplanadora, con tantos datos, ejemplos y razones para darle sustancia. Quien lo lee, se convence, pero no sólo de que las especies cambian (es decir, del hecho de la evolución), sino de que cambian por selección natural, el mecanismo con el que dieron al mismo tiempo Charles Darwin y Alfred Russell Wallace.

Se discute si Darwin de veras se condujo con decencia en el asunto de Wallace. Hay quien opina que no debió haber presentado su trabajo. Hace algunos años tuve oportunidad de entrevistar al historiador inglés Jonathan Hodge, experto en historia de la teoría de la evolución, y le hice esta pregunta: ¿fue Darwin un caballero? Me contestó que sí, en pocas palabras (la entrevista se publicó en el número de diciembre de 2006 de ¿Cómo ves?). Los detalles los pondré aquí en cuanto pueda echar mano de un ejemplar y recuperar la entrevista...

martes 3 de noviembre de 2009

Teorías que matan

El panorama de la historia de la ciencia, y en especial de la medicina, revela un campo sembrado de cadáveres; pero no sólo los de las víctimas de los médicos, sino los de las teorías mediante las cuales los médicos se explicaban el origen de las enfermedades. La historia de las enfermedades que hoy llamamos infecciosas es particularmente rica en cadáveres de ambos tipos.

La historia de Ignaz Semmelweiss contada por Gerardo Gálvez Correa en la revista ¿Cómo ves? se encuentra aquí (buscar en el rubro "Historia de la ciencia"; es el segundo artículo). Gerardo lo cuenta mejor que yo.

martes 27 de octubre de 2009

Vacas con nombre y coches rojos

Los afortunados ganadores del premio Ig Nobel de medicina veterinaria este año son Catherine Douglas y Peter Rowlinson, de la Universidad de Newcastle, Reino Unido. Douglas y Rowlinson fueron distinguidos por "demostrar que las vacas con nombre dan más leche que las vacas sin nombre".

El premio Ig Nobel, creado por el matemático y showman Marc Abrahams, es una broma, pero las investigaciones que premia son serias, aunque a veces no parezca (¿"diamantes de tequila"?) El lema de los premios es "investigaciones que primero te hacen reír y luego te hacen pensar", y Abrahams husmea laboriosamente en las revistas especializadas de todas las disciplinas científicas como un minero en busca de diamantes para extraer al puñado de científicos que cada año se ganan el Ig Nobel. Así, es de suponer que detrás de los diamantes de tequila y de las vacas con nombre que dan más leche haya investigaciones sólidas cuyos resultados pueden serles útiles a muchas personas. Y así es. Douglas y Rowlinson (a quienes llamaremos Catherine y Peter para que den más leche) publicaron su investigación en la revista Anthrozoos: A Multidisciplinary Journal of the Interactions of People and Animals. El artículo se titula "Exploring Stock Managers' Perceptions of the Human-Animal Relationship on Dairy Farms and an Association with Milk Production" ("Exploración del sentir de los capataces acerca de las relaciones entre humanos y animales en las granjas de lácteos y vínculo con la producción de leche"...uf...).

Ingenuamente uno podría pensar que Cahterine y Peter simplemente estudiaron vacas con nombre y vacas sin nombre, y midieron su producción de leche. La conclusión escueta de que las vacas con nombre producen más podría interpretarse mal: me imagino al dueño de una vaquería comercial con miles de vacas perpetuamente conectadas a la máquina ordeñadora haciéndose ilusiones de aumentar su producción sin invertir ni un centavo con sólo ponerles nombre a sus animales ("Bueno, que todas se llamen Lulú y sanseacabó", dice el industrial lechero al tiempo que desde el ventanal de su vasta oficina divisa un panorama interminable de filas de lomos blanquinegros inmóviles). Pero lo que hicieron en realidad Catherine y Peter fue estudiar por medio de encuestas cómo perciben los capataces de las granjas lecheras la relación entre sus vacas y las personas que se ocupan de ellas, y sobre todo la diferencia entre vacas con miedo a las personas (miedo fundado en experiencias negativas) y vacas tratadas con amabilidad.

Catherine y Peter informan que 90 % de sus encuestados opinan que las vacas tienen sentimientos; que la mayoría reconocen que la relación con las personas influye en el temperamento de las vacas, aunque sólo 21% opina que éstas les tengan miedo a los humanos. Cerca de la mitad piensa que las vacas son más dóciles si su experiencia previa de las personas es buena y 78 % afirma que las vacas son inteligentes.

Al final, no es el tener nombre lo que , como un sortilegio, hace que las vacas den más leche, sino las condiciones de vida que tiende a ofrecer a sus animales quien también tiende a ponerles nombre. No hay que confundir causas con circunstancias concomitantes.

El asunto de las vacas con nombre me recuerda aquello de que los coches rojos tienen más accidentes. No sé si sea verdad (sospecho que no), pero supongamos que sí: que hay estudios estadísticos que indican que en los accidentes hay más coches rojos que de cualquier otro color. El automovilista ingenuo, como el industrial vacuno, podría pensar que pintar su coche rojo de otro color bastará para reducir sus probabilidades de sufrir accidentes de tránsito. Pero, como con las vacas, no es que el color influya mágicamente en el destino del coche y de su conductor. Más bien el color es señal de un cúmulo de circunstancias que, reunidas, favorecen los accidentes: podría ser que el rojo sea más difícil de ver claramente a altas velocidades, o que las personas que escogen coches rojos tiendan a manejar más rápido y ser más imprudentes, o ambas cosas y otras más. Estoy seguro que el conductor imprudente no mejora sus probabilidades de sufrir accidentes con comprarse un coche que no sea rojo.

La información, por lo general, hay que saber interpretarla, y con la información estadística la cosa es más apremiante y difícil. Se cuenta de un individuo que decidió mudarse cuando se enteró de que la mayoría de los accidentes ocurren en casa; también se habla del viajero frecuente que siempre llevaba una bomba en el portafolios porque había oído que la probabilidad de que hubiera dos bombas en el mismo avión era casi igual a cero. Se dijo una vez de George Bush que se preocupó mucho cuando le dijeron que la mitad de los estadounidenses es menos inteligente que la media (en una distribución estadística como la de la inteligencia la mitad de la población inevitablemente quedará por debajo de la media, ¡porque así se define la media!).

Los datos aislados --sobre todo los datos estadísticos-- pueden ser muy engañosos. Para entenderlos bien hace falta el contexto. Sin el contexto, podemos hacer muchas tonterías, como ponerles el mismo nombre a 5000 vacas, pintar el coche de blanco, mudarnos, llevar bombas en el portafolios y ser George Bush...

...o ponerles música clásica a los niños pequeños para que sean más listos.

martes 20 de octubre de 2009

Treinta y dos planetas aburridos

¡Treinta y dos planetas extrasolares! El ciudadano desprevenido se queda pasmado ante la noticia. ¿Son los primeros que se descubren? ¿Todos de sopetón? ¿Se parecen a la Tierra? Seguramente sí, de lo contrario no sería la gran noticia, se dice el ciudadano desprevenido.

Pues no: ni son los primeros planetas extrasolares que se descubren, ni aparecieron todos de golpe ni se parecen a la Tierra. Lo que se nos presenta como noticia no lo es. Desde luego, la culpa no es del equipo de investigación que descubrió los 32 planetas, sino de los medios, que tienen la manía de presentar la ciencia como si fuera una sucesión de descubrimientos asombrosos y revolucionarios. Ahora bien, la abrumadora mayoría de las investigaciones científicas que se publican en las revistas especializadas (fuente principal de los medios noticiosos) no son ni muy asombrosas ni muy revolucionarias. Para presentarlas con esa perspectiva hay que deformarlas bastante. Por ejemplo, la noticia de esos 32 planetas aburridos viene aderezada en ciertos periódicos mexicanos con comentarios como "este descubrimiento ayudará a entender mejor el universo", que es como no decir nada, porque toda la investigación científica está encaminada a entender mejor el universo, y "este descubrimiento refuerza la hipótesis de que hay muchos planetas habitables en la galaxia", lo que se puede decir de cada uno de los 400 y tantos planetas extrasolares que se han encontrado desde 1995.

El que no sean novedad no significa que no se pueda decir nada interesante acerca de estos planetas. El equipo que los detectó tiene su sede en la Universidad de Ginebra e incluye a Michel Mayor y Didier Queloz, los astrónomos que detectaron los primeros planetas extrasolares hace 14 años. Usando un instrumento montado en el telescopio del Observatorio Europeo del Sur, en Chile, los investigadores analizaron la luz de varias estrellas en busca de huellas de bamboleo. Si una estrella se bambolea, quiere decir que algo muy grande y pesado le gira alrededor, posiblemente un planeta, o varios.

Entre los 32 planetas recién pescados hay más de 20 mucho más grandes que Júpiter (el planeta más grande del Sistema Solar) y sólo unos cuantos de cuatro o cinco veces el tamaño de la Tierra. No hemos encontrado planetas gemelos del nuestro, pero esto se debe a lo que se podría llamar un problema de colador, o de red: si uno pesca con una red de malla gruesa sólo sacará peces grandes. El método del bamboleo (o de la velocidad radial) sólo puede detectar planetas gordos porque no es muy fino (aunque es el que más planetas extrasolares ha rendido hasta la fecha, quizá por ser el primero que se usó). Para pescar planetas del tamaño de la Tierra hace falta un método más preciso.

Tal método existe y se llama "método de los tránsitos". En vez de analizar la luz para extraerle rastros de bamboleo, se examinan las variaciones de brillo microscópicas y periódicas que podrían ser señal de que un objeto opaco y pequeño está pasando frente a la estrella cada cierto tiempo. Es el método que empleará la sonda Kepler, lanzada en marzo de 2009, para detectar planetas terrestres. El Kepler observará la misma región del cielo durante tres años y medio sin parpadear. En el campo visual de la sonda hay cientos de estrellas. Se espera que en ese lapso el aparato detecte muchas variaciones de brillo periódicas. A partir de la intensidad y el periodo de las variaciones se podría inferir muchos datos acerca de los planetas que las provocan.

Y cuando el Kepler detecte un planeta del tamaño de la Tierra, los medios lo anunciarán como la gran noticia...pero entonces sí tendrán razón.



martes 13 de octubre de 2009

Complot del futuro

¿Por qué no han podido poner a funcionar el Gran Colisionador de Hadrones (LHC)? ¿Por qué canceló el gobierno de Estados Unidos un proyecto similar en 1993, aún cuando ya se había excavado un túnel de miles de millones de dólares?

Según Holger Nielsen, del Instituto Niels Bohr de Física Teórica, y Masao Ninomiya, del Instituto Yukawa de Física Teórica, la respuesta podría ser que el universo está tratando de impedir que se genere el bosón de Higgs. ¿Por qué? Pues...quién sabe...

En un artículo publicado en el depósito electrónico arXiv.org, Nielsen y Ninomiya alegan que el futuro podría estar ejeciendo influencia sobre el presente para impedir que opere el LHC. Añaden que si así fuera, entonces todo proyecto de construir una máquina capaz de generar bosones de Higgs debería verse obstaculizado por lo que parecería mala suerte.

La locura que proponen Nielsen y Ninomiya me recuerda un libro de Isaac Asimov que leí hace muchos años, titulado El fin de la eternidad. En esta novela, una asociación de viajeros del tiempo se encarga de recorrer los siglos efectuando pequeños ajustes previamente calculados (cambiar un objeto de lugar, comunicarle cierta información a un indivudo específico) para que el mundo funcione correctamente…y en concreto para que se cree la mismísima asociación de la que forman parte los ajustadores temporales.

O bien, la cosa podría verse así: imagínense que pueden retroceder en el tiempo y que un día andan paseando por el pasado, antes de haber nacido, y ven que a su padre lo va a atropellar un camión. Pero ustedes lo salvan. Luego, quizá tomándose un tequila para reponerse en compañía del joven al que le acaban de salvar la vida sin que él sepa quiénes son ustedes, se ponen a reflexionar sobre lo que hubiera pasado si no llegan a tiempo para salvar a su padre de la muerte antes de que haya tenido tiempo de ser padre. Así, quizá el univeso está tratando de salvarse de un acontecimiento potencialmente catastrófico. Bueeeh…

Lo más sensacional es que los investigadores proponen un experimento para averiguar si el futuro sí está afectando la operación del LHC –ya sea el funcionamiento físico del aparato, o las decisiones que se toman para ponerlo en marcha--. El experimento consiste en dejar al azar la decisión de seguir adelante con el proyecto. Se construye un mazo de naipes con muchos que digan “operar el LHC con toda libertad”, muchos menos que estipulen restricciones de la energía de las partículas u otras limitaciones del experimento, y una sola baraja (digamos, una en cinco millones de naipes) que diga “cerrar el LHC”. Si en el experimento ocurre el acontecimiento poco probable de que salga la última carta, será señal de que el futuro nos está enviando una especie de mensaje. Nielsen y Ninomiya señalan que también será señal de que están en lo cierto si sucede otro accidente insólito que impida que funcione el aparato. (Espero que no se les ocurra obligar a su profecía a cumplirse provocando ellos mismos el accidente…).

Aunque Nielsen y Ninomiya son científicos con credenciales impecables, no hay ninguna obligación de tomarse en serio lo que dicen. En la ciencia no son la autoridad ni los títulos los que pesan a la hora de aceptar las ideas de un individuo. Es la discusión: la idea sólo se aceptará si la comunidad de especialistas pertinente estima que esa idea ha superado ciertas pruebas muy exigentes. En tanto esa comunidad no esté convencida, las especulaciones de Nielsen y Ninomiya son meras opiniones, no resultados científicos válidos.

Eso sí: qué divertido.