jueves, 17 de septiembre de 2020

Ni a falso llega

 




El físico Wolfgang Pauli, conocido por su sarcasmo, dijo una vez de un artículo de física que le pareció una tontería: "No sólo no es correcto, ¡ni siquiera es falso!" Se refería a que las ideas eran tan incoherentes que no valía la pena molestarse en oponerles un razonamiento lógico.

    Hace poco me pidieron que comentara para un periódico los videos de una actriz de telenovelas que anda diciendo que la pandemia es un engaño, que el coronavirus se transmite por las ondas electromagnéticas de la red de telefonía 5G, que la vacuna nos va a inocular un chip para controlarnos y otras tonterías. El periodista que me llamó señaló que recurrían a mí por ser yo científico o algo así. Lo primero que pensé después de ver un video de las burradas de la actriz fue que caían en la categoría pauliana y que no hacía falta un científico para desmentirlas: con haber pasado ciencias naturales en secundaria debería bastar. Lo segundo que pensé es que llamar a una persona con credenciales científicas y asociada con la universidad más importante del país para comentar estos despropósitos podía tener el efecto de prestarles una falsa credibilidad. Con todo, acepté, pero me quedé con mal sabor de boca.

    Mis reservas eran las de muchos divulgadores y periodistas de ciencia con experiencia: que con esto le damos al público la idea errónea de que hay una genuina controversia científica y que la actriz de telenovelas es un interlocutor de consideración. A los periódicos desde hace tiempo les ha dado por presentar “los dos lados” de cualquier cosa. Es loable el impulso de buscar el equilibrio, y desde luego es lo correcto cuando ambos lados tienen mérito equivalente (en disputas políticas, diferendos sociales, cuestiones de opinión; caracho, hasta en cuestiones religiosas). Pero deja de ser loable y se convierte en parodia de debate cuando el periódico les da espacio para replicar a los terraplanistas, a los disidentes de la evolución, a los enemigos de las vacunas y a los negacionistas del cambio climático. Esas personas tienen derecho a expresarse, de eso no hay duda, pero las ideas que ofrecen no se comparan en solidez y coherencia con las de la ciencia que atacan. En todo caso, el derecho de estos individuos a expresar sus ideas no nos obliga a respetarlas, ni siquiera a darles el beneficio de la duda, sobre todo cuando toda duda acerca de esas ideas se disipó hace siglos. ¿Para qué perder el tiempo escuchando a un terraplanista si el asunto de la redondez de la Tierra se zanjó hace veinticinco siglos, y desde entonces no ha hecho más que consolidarse?

    Los griegos antiguos viajaron y vieron la estrella polar (y con ella todas las constelaciones) cambiar de altura en el cielo. Intercambiaron información sobre eclipses de luna entre ciudades muy apartadas y observaron que los eclipses de luna ocurrían a distintas horas de la noche en distintos lugares, pese a que se sabía que un eclipse de luna ocurre al mismo tiempo para todo el mundo. Observaron también que la sombra de la Tierra proyectada en la luna siempre es curva. Etcétera. Para el año 400 a.C. se sabía perfectamente que la Tierra es una esfera. La historia posterior, desde los viajes de descubrimiento del siglo XV hasta los vuelos espaciales del XX y XXI, no ha hecho más que confirmar este conocimiento. Los satélites artificiales, el sistema GPS, la navegación marítima y aérea, los husos horarios, la diferencia de estaciones en el hemisferio norte y sur… todo se predica sobre la base de que vivimos en la superficie de una esfera, idea que da coherencia y explica todo lo anterior.

    Los terraplanistas en cambio alegan que la Tierra es plana porque no entienden cómo puede ser redonda. El argumento no tiene el mismo peso que la evidencia de la ciencia y de la historia de la humanidad. Lo mismo con los negacionistas de la evolución, del cambio climático y las vacunas. Darles espacio y ponerlos a discutir con personas razonables que entienden la evidencia no es equilibrio ni neutralidad. Los argumentos de unos y otros no son equivalentes en mérito ni plausibilidad. Ponerlos en la misma balanza en los medios de comunicación es favorecer una falsa equivalencia que engaña al público.

     En cuanto a la actriz de telenovelas, ni en su medio le creyeron, y eso que es un medio muy afecto a las supersticiones y que da crédito a astrólogos y charlatanes. Llamar a una persona con formación científica para examinar las afirmaciones de esta actriz es como matar pulgas con bomba atómica.

    Y ni siquiera son invento suyo las tonterías que dice. La actriz es sólo portavoz (quizá inconsciente) de camelos ideados por otros. Algunos de esos camelos vienen de organizaciones de extrema derecha empeñadas en impulsar el fascismo; otras vienen de Rusia, país cuyo gobierno tiene una campaña para desestabilizar a Estados Unidos (a nosotros nos llega de refilón por culpa de gente tonta); otras son secreciones de grupos antisemitas. Nadie sabe para quién trabaja. O a lo mejor sí, no sé cuáles serán las intenciones de la señora.

    Mientras tanto yo ya me juré a mí mismo nunca más volver a faltar a mi principio de no inmiscuirme con ideas paulianas ni aunque me lo pidan amablemente.

 

 

 

sábado, 5 de septiembre de 2020

Arthur C. Clarke predice el presente otra vez

 En 1960 el escritor británico Arthur C. Clarke publicó un cuento titulado I Remember Babylon. "Me llamo Arthur C. Clarke, y desearía no tener nada que ver con este asunto tan sórdido", empieza el autor como si no fuera un cuento y estuviera dirigiéndose al público de Estados Unidos. El objetivo del discurso que empieza así es explicar cómo "con la ayuda del difunto Dr. Alfred Kinsey he desencadenado sin querer una avalancha que puede acabar con buena parte de la civilización occidental".

Kinsey es célebre por publicar (con colaboradores) los Informes Kinsey sobre la sexualidad masculina (1948) y la sexualidad femenina (1953), que mostraban sin tapujos ni falsos pudores lo que realmente le gustaba a la gente hacer en la cama (o donde fuera). Clarke es conocido por su ciencia ficción, pero especialmente por un artículo escrito en 1945, a los 27 años, en el que inventa el concepto de redes de satélites geoestacionarios para telecomunicaciones, que se haría realidad diecisiete años después.

En I Remember Babylon el Clarke ficticio se retuerce las manos de preocupación por un encuentro que tuvo en Sri Lanka, donde vivió desde 1956 hasta su muerte en 2008. En el cuento, Clarke conoce en un coctel de la embajada soviética a un misterioso individuo que sabe de su artículo sobre los satélites geoestacionarios. El tipo lo invita a su hotel para mostrarle un proyecto de televisión en el que está trabajando con un patrocinador secreto. Para no hacerles el cuento largo, resulta que el proyecto consiste en poner un satélite geoestacionario en un lugar estratégico para cubrir todo el territorio de Estados Unidos y transmitir propaganda rusa sin que nadie lo pueda impedir, puesto que el satélite no estaría sobre territorio estadounidense (los satélites geoestacionarios sólo pueden estar sobre el ecuador) ni se podría bloquear su señal (estamos en 1960, recuerden). Clarke se ríe y le dice básicamente que quién demonios va a querer ver televisión soviética, que es malísima: "Fuera del Bolshoi, ¿qué van a ofrecer?", dice. Entonces el tipo le muestra una película que haciéndose pasar por un documental sobre arquitectura religiosa es en realidad prácticamente pornografía usando como pretexto el Templo del Sol de Kornarak, con sus bajorrelieves de figuras en ferviente y variada actividad sexual. Ahora que el informe Kinsey ha revelado que los mojigatos y pudorosos estadounidenses lo son solamente de dientes para afuera, el programa será un éxito. "Y por primera vez en la historia la censura es imposible", dice el individuo. "El cliente puede obtener lo que desea en su propia casa. Cierre la puerta, prenda la tele --los amigos y la familia nunca se enterarán".

Por supuesto, la idea es intercalar propaganda rusa entre programas basados en lo que revela el informe Kinsey, "que sólo serán la carnada" para enganchar al público estadounidense "encerrado en su casa" y decirle "lo que de verdad está pasando en le mundo".  

"Pero no crea que el sexo es nuestra única arma", le dice el tipo a un Clarke cada vez más preocupado. "El sensacionalismo también es bueno", y le cuenta que están planeando un programa de escándalos de Washington. De falsos escándalos, se entiende. Habrá igualmente programas de morbo, gore (diríamos hoy), lo que usted no se atreverá a ver, todo salpicado de mensajes prosoviéticos.

 --¿Le va a lavar el cerebro a todo Estados Unidos?

--Exactamente. Y les va a encantar, pese a los gritos del Congreso y las iglesias.

Hoy, con las fake news que propaga Rusia (entre otros países) para desestabilizar a Estados Unidos por medio de una forma de distribución de información difícil de censurar y haciendo uso experto de la técnica de clikcbait (o anzuelo para pescar clics), lo que Clarke escribió en 1960 se ha hecho realidad, como los satélites de telecomunicaciones.


viernes, 24 de julio de 2020

“Planeta” es una palabra errante


Vayan a la Grecia antigua y díganle a un griego que vivimos en un planeta. Verán cómo los manda al manicomio sin miramientos. Y con toda razón. No es porque el griego sea tonto y no sepa. No es que le estemos revelando un conocimiento demasiado avanzado para su pobre mente primitiva. Es simplemente que “planeta” quería decir una cosa totalmente distinta hace 2,000 años, e incluso hace apenas 500.
         En algún momento en la primaria o la secundaria uno se entera de que “planeta” quiere decir “errante” en griego y se queda en las mismas. Cuando por fin se entera de que “errante” quiere decir “vagabundo”, o “que va de un lado a otro”, uno se da una palmada en la frente y dice: “¡Claro! Como la Tierra se mueve alrededor del sol, pues es un cuerpo errante. Ya entendí”. Pero no, no ha entendido nada.
         Después de saber que “planeta” era “errante” durante muchas décadas, hace un par de años di una clase sobre Johannes Kepler en el campus Juriquilla de la UNAM. Una de las participantes era griega y aproveché para preguntarle qué quiere decir “planeta” en su lengua. Contestó que el verbo correspondiente significa “pasear”. (También le pregunté qué quiere decir “paradigma” y me dijo que “ejemplo”, de modo que cuando uno se pone muy intelectual y dice “ejemplo paradigmático” en realidad está cometiendo un horrible pleonasmo.)
         Si uno mira el cielo inocentemente pero con detenimiento, al cabo de un tiempo distinguirá dos tipos de lucecitas celestes (y lucesotas, porque incluiremos al sol y a la luna): las que van todas juntas dando vueltas alrededor del mundo formando siempre las mismas constelaciones y las que se mueven contra ese telón de fondo. Lo más natural es llamarlas lucecitas fijas y lucecitas móviles, y eso es lo que hicieron los griegos, con dos pequeñas variantes: en lugar de lucecitas las nombraron “astros” o “estrellas” y en lugar de móviles les pusieron “errantes”. Así pues, en el cielo griego había estrellas fijas y estrellas errantes, o planetas. Eran planetas Mercurio, Venus, Marte, Júpiter, Saturno, el sol y la luna (los otros “planetas” que conocemos hoy no se ven a simple vista y por lo tanto les eran desconocidos a los griegos). Nada que ver con nuestro concepto moderno según el cual un planeta es un mundo que gira alrededor de una estrella, palabra que tampoco quiere decir lo mismo hoy. Si un día viajan a la Grecia antigua, eviten llamarle “planeta” a la Tierra. Tampoco le digan “estrella” a Jenniffer Lopez por favor, o los tacharán de τρελός.

Copérnico es famoso porque tiene una estatua en Chapultepec y también porque fue el primero que dijo que la Tierra da vueltas alrededor del sol y le hicieron caso (o sea, fue el primero en decirlo al que le hicieron caso; el caso se lo hicieron setenta años después de su muerte, cuando ya le importaba poco, pero igual). Y lo dijo por medio de un mamotreto (del griego “mammóthreptos”: “criado por su abuela” y por lo tanto “gordinflón”, aunque en español se refiere a un libro) en el que construía un complicado argumento en favor de esa hipótesis. Les ahorro los detalles sórdidos.
Una vez que le hicieron caso y todo el mundo se convenció de que sí, ocurrió un maremágnum conceptual con la palabra “planeta”. Si la Tierra gira alrededor del sol como Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno, entonces la Tierra es una estrella ambulante –número uno/y número dos—: si la Tierra es como las estrellas ambulantes, entonces éstas son como la Tierra. Ahora son planetas Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter y Saturno (y el sol y la luna dejan de ser planetas: el sol porque ya no es un astro errante y la luna porque no gira alrededor del sol); y resulta que esas lucecitas que se pasean en el cielo entre las estrellas fijas en realidad eran otros mundos que podrían estar habitados, e incluso deberían estar habitados si el Creador no hace las cosas de oquis. O sea que, de paso, la revolución copernicana abre las puertas al concepto de habitante de otro planeta, que antes era absurdo (los únicos extraterrestres que se habían considerado hasta entonces eran los selenitas).
La palabra “planeta” siguió paseando. Los primeros asteroides que se descubrieron se llamaron planetas durante un tiempo, hasta que fueron tantos, ya mediado el siglo XIX, que era muy incómodo y para referirse a ellos se inventó la palabra “asteroide”, que quiere decir “que parece una estrella”, nombre que se eligió porque los asteroides, por pequeños, se veían al telescopio como puntitos de luz igual que las estrellas y a diferencia de los planetas, que por ser relativamente grandes y cercanos se ven como discos.

Luego apareció Plutón. Cuando lo encontró Clyde Tombaugh en 1930 lo más natural era incluirlo entre los planetas. Era un objeto que giraba alrededor del sol y además el hallazgo fue la culminación de la búsqueda de un hipotético “planeta X” que empezó tras el descubrimiento de Neptuno cien años antes y pasó por varias etapas, entre las cuales una en la que Urbain Leverrier, papá de Neptuno, lo buscó entre el sol y Mercurio (aunque Leverrier lo llamaba Vulcano). Tombaugh trabajaba en el Observatorio Lowell, fundado por el millonario Percival Lowell para observar los míticos canales de Marte y encontrar el planeta X. El planeta X acabó por aparecer, pero de canales, nada. Eran una quimera, como muy bien pudo haberlo sido el planeta X.
Sumar un miembro a la lista de planetas no era nada del otro jueves. Ya había ocurrido en 1781 con el descubrimiento de Urano, en 1801 con el de Ceres (el primer asteroide, originalmente considerado como el planeta que “faltaba” entre Marte y Júpiter) y el de Neptuno en 1846. Se hizo un concurso para ponerle nombre al nuevo hermanito y lo ganó una nenita inglesa llamada Venetia Burney, que propuso el nombre del dios romano del inframundo, Plutón (Hades en griego). Digamos, el Mictlantecuhtli de por allá. Qué encantadora nenita.
Plutón siempre fue el raro de la familia. Era rocoso y más pequeño que la luna pese a encontrarse en la región que nos habíamos acostumbrado a considerar como el coto de los planetas gigantes y gaseosos. Su órbita estaba muy inclinada respecto al plano de los planetas respetables y además tenía la osadía de cruzar la de Neptuno, razón por la cual Plutón empezó a ser el planeta más lejano apenas en 1999, pese a lo que nos enseñaban en la escuela. Por si fuera poco, los modelos dinámicos de formación del sistema solar de los años 50 explicaban que más allá de Neptuno debería de haber una región en forma de cinturón muy ancho llena de objetos rocosos de tamaños muy variados, hasta más grandes que Plutón: el hoy célebre cinturón de Kuiper. Desde entonces los astrónomos miraban a Plutón de ladito.

En los años 90, con mejores telescopios y más tiempo libre para malgastarlo en tonterías, los astrónomos empezaron a encontrar objetos planetoides más allá de Neptuno con todas las características que se esperaban desde hacía 40 años de los habitantes del cinturón de Kuiper. Un día salía una noticia: “la NASA (siempre ponen que es la NASA, haya sido quien haya sido; parece que la NASA cumple la función de una especie de Vaticano de la ciencia para los medios de comunicación mal informados) descubre el décimo planeta del sistema solar”. Tiempo después, otra noticia: “la NASA descubre el décimo planeta del sistema solar”. Y así, cada par de años, se descubría un décimo planeta del sistema solar. En realidad eran objetos del cinturón de Kuiper, todos parecidos a Plutón. Tan parecidos, que los astrónomos ahora sí miraban a Plutón con franca desconfianza, hasta que pasó lo que había pasado con los nuevos planetas de principios del siglo XIX, que acabaron convirtiéndose en otra cosa por acuerdo entre los astrónomos: en 2006 la Unión Astronómica Internacional decidió redefinir la palabra “planeta” y la nueva definición excluía a Plutón. La UIA sólo estaba haciendo lo que se había hecho tantas veces a lo largo de la historia: ajustar el significado de “planeta” al conocimiento científico de la época.

La palabra "planeta" ha sufrido modificaciones a lo largo de la historia igual que el edificio del Louvre en París y por las mismas razones: cada época tiene algo que aportarle.

         

lunes, 30 de diciembre de 2019

Terraplanistas necios


(Este artículo apareció en ¿Cómo ves? número 253, diciembre de 2019)

Piensen en sus más profundas convicciones o creencias, en lo que les parece bueno y verdadero, lo que define su identidad y sus acciones: ¿estarían dispuestos a renunciar a ese lugar geométrico del yo si se demostrara que está basado en falsedades? Algunos contestarán con mirada firme y labios apretados: “¡Claro que sí! ¡Yo prefiero la Verdad!” Otros me mirarán de soslayo y dirán: “Depende: ¿a qué te refieres con ‘demostrar’ que son falsas?”
         Exacto.
        Hace poco vi un documental en el que una cámara impasible acompañaba a unos cuantos terraplanistas en sus actividades cotidianas. Nadie los increpaba ni los cuestionaba directamente. El espectador asistía sin interferir a sus reuniones y discusiones. De vez en cuando salían a cuadro unos científicos, pero no tanto para desmentir como para comentar nada más. La idea, al parecer, era que los terraplanistas se balconearan solitos.
        Los terraplanistas son esas personas que dicen que creen que la Tierra es un plato. Los del documental que yo iba añadían que es un plano que no gira. Era muy interesante ver cómo reaccionaban a argumentos que contradecían su convicción central. En cierto momento del documental, ellos mismos proponían un experimento para demostrar que la Tierra no está dando vueltas. El experimento consistía en echar mano de un giroscopio de laboratorio que les había costado un dineral. Un giroscopio es básicamente un trompo que no deja de dar vueltas. Los trompos, como todo lo que gira alrededor de un eje, tienden a conservar la orientación, como si el eje no quisiera moverse. Al balón de futbol americano se le imprime una rotación al lanzarlo para que esta tendencia del eje impida que el balón vaya dando tumbos por el aire. Este efecto se llama conservación del momento angular y es consecuencia de la misma propiedad que hace que nos vayamos de bruces cuando el coche da un frenazo: la inercia. Los barcos, los aviones y los satélites artificiales tienen giroscopios para mantener la orientación y medir los cambios de posición. Si la superficie en la que gira el grisocopio se inclina, el aparato parece inclinarse en sentido opuesto, pero en realidad sólo está conservando la misma orientación en el espacio.
         El experimento que proponen los terraplanistas del documental consiste en poner en marcha el giroscopio y esperar. Si la Tierra da una vuelta sobre su eje cada veinticuatro horas, entonces cada hora girará quince grados, por lo que se esperaría que el giroscopio se desviara de su posición respecto a la Tierra quince grados cada hora. El experimento está bien pensado, aunque no tiene nada de original: es el principio de funcionamiento del péndulo de Foucault, inventado en el siglo XIX. Los terraplanistas, claro, esperan que el giroscopio no se desvíe, lo que será prueba irrefutable de que la Tierra no gira (aunque, irónicamente, este experimento será prueba de que la Tierra no gira solamente si la Tierra es redonda; si es un disco, el giroscopio no tendría por qué cambiar de orientación con sus giros, pero dejemos tranquilos a nuestros terraplanistas, a ver cómo les va con el experimento).
       Se lleva a cabo el experimento y el giroscopio se desvía exactamente quince grados cada hora, contradiciendo la predicción de los terraplanistas.
       Entonces ocurre lo pasmoso: ¡los experimentadores no se convencen! Igual que el giroscopio, persisten en su orientación. Algo debe de haber salido mal, alegan. Quizá el aparato está registrando el movimiento del cielo. Así que meten el aparato en un cilindro metálico para aislarlo de “energías celestes” (y aquí el razonamiento alcanza el nivel de lo demencial, si acaso no lo hubiera alcanzado antes). El giroscopio insiste en desviarse como si la Tierra fuera redonda y diera una vuelta sobre su eje cada veinticuatro horas. Pero los intrépidos experimentadores siguen en sus trece. Uno se pregunta para qué demonios se tomaron la molestia de hacer el experimento y gastarse miles de dólares en el giroscopio si no estaban dispuestos a aceptar resultados incompatibles con su fantasía.
         Llegados a este punto quizá ustedes esperan que yo me burle de los terraplanistas (qué fácil sería) y que los compare desfavorablemente con los científicos; quizá se imaginan que añadiré que a los científicos nunca les pasa esto, que jamás se aferran a sus ideas preferidas aunque la evidencia demuestre que se equivocan. Pero no lo voy a hacer porque no es cierto: en la ciencia hay personajes tan recalcitrantes como el terraplanista más terco. “Entonces no son científicos”, me dirán los lectores que respondieron más arriba que no dudarían ni un instante en renunciar a sus creencias en aras de la Verdad con Mayúscula, y yo me limitaré a mirarme las uñas y a desgranar tranquilamente esta lista: Johannes Kepler, Galileo, Einstein, Fred Hoyle, Joseph Weber, Pons y Fleischmann. Todos estos científicos, de cuyas credenciales no puede dudarse, se aferraron a alguna convicción contraria a la evidencia al menos por un tiempo, y algunos hasta la muerte. Incluso en la terquedad hay niveles, y las de estos individuos no son todas igual de injustificables, pero bastan para convencerse de que ni los científicos de verdad se salvan de aferrarse irracionalmente a sus ideas preferidas.
¿Será siempre un error? ¿Habría que irse al otro extremo y renunciar a una buena teoría o a un buen modelo del mundo al primer signo de que no siempre funciona? Esta postura, que podría parecernos abnegada y heroica, digna de paladines de la ciencia que se inmolan en el altar de la Verdad, es insostenible y nos habría conducido a abandonar a las primeras de cambio muchas teorías que han resultado muy fecundas tras haberse topado con anomalías a primera vista inexplicables.
Por ejemplo, Saturno y Urano no se mueven como indica la teoría de Newton. ¿La tiramos a la basura? Los científicos del siglo XIX que tuvieron que vérselas con este problema decidieron que no había que tirarla a la basura. Antes de renunciar a una teoría tan fructífera había que preguntarse por qué fallaba. Abandonarla no era la única alternativa: se podía conservar si suponemos que hay un planeta desconocido que altera las órbitas de los otros dos con su atracción gravitacional, atracción que no por inesperada dejaría de ser newtoniana. Así se descubrió Neptuno: se infirió su existencia a partir de sus efectos sobre los otros planetas y luego apareció casi en el mismo lugar en el que decía la teoría que debía de estar. Ante la anomalía, la teoría se salvó suponiendo un nuevo ente en el mundo: el planeta Neptuno.
Hace 90 años Karl Popper propuso distinguir las afirmaciones científicas de las de otro tipo exigiéndoles que –sin importar si a la postre se aceptaban o no— estuvieran formuladas de una manera que permitiera ponerlas a prueba, y hasta se inventó un verbo, “falsar” (no confundir con “falsear”), que quiere decir algo muy parecido a desmentir o refutar. Así, para que una afirmación se considere científica bastaría con que sea falsable. Por ejemplo: “todo lo que sube tiene que bajar” es una afirmación científica en el sentido de Popper, no porque sea cierta (spoiler: no lo es), sino porque no es difícil concebir una manera de desmentirla. O sea, se puede poner a prueba (y demostrar que es falsa): la NASA nos ha dado montones de ejemplos de objetos que subieron y jamás van a bajar espontáneamente, lo cual es una falsación de la afirmación “todo lo que sube tiene que bajar”. Ésta es entonces una proposición científica y al mismo tiempo falsa. La idea de Popper era que una teoría falsable pero no falsada se acepta provisionalmente; y por supuesto, una teoría falsabe y falsada se desecha.
Lo malo es que si fuera cierto que las teorías falsadas se desechan, no se entiende el que los científicos de principios del siglo XIX hayan conservado la teoría newtoniana. La anomalía de Saturno y Urano era una falsación de esa teoría. La ciencia al estilo Popper no explica éste ni otros episodios parecidos de la historia de la ciencia en los que una teoría se resiste a morir, o más bien en que los partidarios de una teoría se niegan a abandonarla pese a las anomalías. La hipótesis de que la Tierra está en el centro del Universo, con el Sol, la Luna, los planetas y las estrellas girándole alrededor duró cerca de un milenio y medio pese a que cada avance en las técnicas de observación astronómica revelaba anomalías. En lugar de abandonarla, los astrónomos la fueron enmendando y ajustando para absorber estas anomalías, hasta que la teoría ya no pudo dar más de sí. Las teorías y las comunidades que se integran en torno a ellas tienen una especie de instinto de supervivencia. Obedecen a una ley de conservación de sí mismas, y qué bueno, porque salvar teorías a fuerza de inventar (y luego descubrir) nuevas cosas en la naturaleza ha resultado muy fructífero, pese al peligro de empecinarse en ideas que ya están listas para la basura.
         Así pues, ¿se equivocan los terraplanistas en eso de no aceptar la evidencia de la desviación del giroscopio? Claro que se equivocan, porque la Tierra gira y es redonda, pero, ¿es tan absurda e irracional como parece su resistencia a renunciar a su modelo?