martes 3 de noviembre de 2009

Teorías que matan

El panorama de la historia de la ciencia, y en especial de la medicina, revela un campo sembrado de cadáveres; pero no sólo los de las víctimas de los médicos, sino los de las teorías mediante las cuales los médicos se explicaban el origen de las enfermedades. La historia de las enfermedades que hoy llamamos infecciosas es particularmente rica en cadáveres de ambos tipos.

La historia de Ignaz Semmelweiss contada por Gerardo Gálvez Correa en la revista ¿Cómo ves? se encuentra aquí (buscar en el rubro "Historia de la ciencia"; es el segundo artículo). Gerardo lo cuenta mejor que yo.

martes 27 de octubre de 2009

Vacas con nombre y coches rojos

Los afortunados ganadores del premio Ig Nobel de medicina veterinaria este año son Catherine Douglas y Peter Rowlinson, de la Universidad de Newcastle, Reino Unido. Douglas y Rowlinson fueron distinguidos por "demostrar que las vacas con nombre dan más leche que las vacas sin nombre".

El premio Ig Nobel, creado por el matemático y showman Marc Abrahams, es una broma, pero las investigaciones que premia son serias, aunque a veces no parezca (¿"diamantes de tequila"?) El lema de los premios es "investigaciones que primero te hacen reír y luego te hacen pensar", y Abrahams husmea laboriosamente en las revistas especializadas de todas las disciplinas científicas como un minero en busca de diamantes para extraer al puñado de científicos que cada año se ganan el Ig Nobel. Así, es de suponer que detrás de los diamantes de tequila y de las vacas con nombre que dan más leche haya investigaciones sólidas cuyos resultados pueden serles útiles a muchas personas. Y así es. Douglas y Rowlinson (a quienes llamaremos Catherine y Peter para que den más leche) publicaron su investigación en la revista Anthrozoos: A Multidisciplinary Journal of the Interactions of People and Animals. El artículo se titula "Exploring Stock Managers' Perceptions of the Human-Animal Relationship on Dairy Farms and an Association with Milk Production" ("Exploración del sentir de los capataces acerca de las relaciones entre humanos y animales en las granjas de lácteos y vínculo con la producción de leche"...uf...).

Ingenuamente uno podría pensar que Cahterine y Peter simplemente estudiaron vacas con nombre y vacas sin nombre, y midieron su producción de leche. La conclusión escueta de que las vacas con nombre producen más podría interpretarse mal: me imagino al dueño de una vaquería comercial con miles de vacas perpetuamente conectadas a la máquina ordeñadora haciéndose ilusiones de aumentar su producción sin invertir ni un centavo con sólo ponerles nombre a sus animales ("Bueno, que todas se llamen Lulú y sanseacabó", dice el industrial lechero al tiempo que desde el ventanal de su vasta oficina divisa un panorama interminable de filas de lomos blanquinegros inmóviles). Pero lo que hicieron en realidad Catherine y Peter fue estudiar por medio de encuestas cómo perciben los capataces de las granjas lecheras la relación entre sus vacas y las personas que se ocupan de ellas, y sobre todo la diferencia entre vacas con miedo a las personas (miedo fundado en experiencias negativas) y vacas tratadas con amabilidad.

Catherine y Peter informan que 90 % de sus encuestados opinan que las vacas tienen sentimientos; que la mayoría reconocen que la relación con las personas influye en el temperamento de las vacas, aunque sólo 21% opina que éstas les tengan miedo a los humanos. Cerca de la mitad piensa que las vacas son más dóciles si su experiencia previa de las personas es buena y 78 % afirma que las vacas son inteligentes.

Al final, no es el tener nombre lo que , como un sortilegio, hace que las vacas den más leche, sino las condiciones de vida que tiende a ofrecer a sus animales quien también tiende a ponerles nombre. No hay que confundir causas con circunstancias concomitantes.

El asunto de las vacas con nombre me recuerda aquello de que los coches rojos tienen más accidentes. No sé si sea verdad (sospecho que no), pero supongamos que sí: que hay estudios estadísticos que indican que en los accidentes hay más coches rojos que de cualquier otro color. El automovilista ingenuo, como el industrial vacuno, podría pensar que pintar su coche rojo de otro color bastará para reducir sus probabilidades de sufrir accidentes de tránsito. Pero, como con las vacas, no es que el color influya mágicamente en el destino del coche y de su conductor. Más bien el color es señal de un cúmulo de circunstancias que, reunidas, favorecen los accidentes: podría ser que el rojo sea más difícil de ver claramente a altas velocidades, o que las personas que escogen coches rojos tiendan a manejar más rápido y ser más imprudentes, o ambas cosas y otras más. Estoy seguro que el conductor imprudente no mejora sus probabilidades de sufrir accidentes con comprarse un coche que no sea rojo.

La información, por lo general, hay que saber interpretarla, y con la información estadística la cosa es más apremiante y difícil. Se cuenta de un individuo que decidió mudarse cuando se enteró de que la mayoría de los accidentes ocurren en casa; también se habla del viajero frecuente que siempre llevaba una bomba en el portafolios porque había oído que la probabilidad de que hubiera dos bombas en el mismo avión era casi igual a cero. Se dijo una vez de George Bush que se preocupó mucho cuando le dijeron que la mitad de los estadounidenses es menos inteligente que la media (en una distribución estadística como la de la inteligencia la mitad de la población inevitablemente quedará por debajo de la media, ¡porque así se define la media!).

Los datos aislados --sobre todo los datos estadísticos-- pueden ser muy engañosos. Para entenderlos bien hace falta el contexto. Sin el contexto, podemos hacer muchas tonterías, como ponerles el mismo nombre a 5000 vacas, pintar el coche de blanco, mudarnos, llevar bombas en el portafolios y ser George Bush...

...o ponerles música clásica a los niños pequeños para que sean más listos.

martes 20 de octubre de 2009

Treinta y dos planetas aburridos

¡Treinta y dos planetas extrasolares! El ciudadano desprevenido se queda pasmado ante la noticia. ¿Son los primeros que se descubren? ¿Todos de sopetón? ¿Se parecen a la Tierra? Seguramente sí, de lo contrario no sería la gran noticia, se dice el ciudadano desprevenido.

Pues no: ni son los primeros planetas extrasolares que se descubren, ni aparecieron todos de golpe ni se parecen a la Tierra. Lo que se nos presenta como noticia no lo es. Desde luego, la culpa no es del equipo de investigación que descubrió los 32 planetas, sino de los medios, que tienen la manía de presentar la ciencia como si fuera una sucesión de descubrimientos asombrosos y revolucionarios. Ahora bien, la abrumadora mayoría de las investigaciones científicas que se publican en las revistas especializadas (fuente principal de los medios noticiosos) no son ni muy asombrosas ni muy revolucionarias. Para presentarlas con esa perspectiva hay que deformarlas bastante. Por ejemplo, la noticia de esos 32 planetas aburridos viene aderezada en ciertos periódicos mexicanos con comentarios como "este descubrimiento ayudará a entender mejor el universo", que es como no decir nada, porque toda la investigación científica está encaminada a entender mejor el universo, y "este descubrimiento refuerza la hipótesis de que hay muchos planetas habitables en la galaxia", lo que se puede decir de cada uno de los 400 y tantos planetas extrasolares que se han encontrado desde 1995.

El que no sean novedad no significa que no se pueda decir nada interesante acerca de estos planetas. El equipo que los detectó tiene su sede en la Universidad de Ginebra e incluye a Michel Mayor y Didier Queloz, los astrónomos que detectaron los primeros planetas extrasolares hace 14 años. Usando un instrumento montado en el telescopio del Observatorio Europeo del Sur, en Chile, los investigadores analizaron la luz de varias estrellas en busca de huellas de bamboleo. Si una estrella se bambolea, quiere decir que algo muy grande y pesado le gira alrededor, posiblemente un planeta, o varios.

Entre los 32 planetas recién pescados hay más de 20 mucho más grandes que Júpiter (el planeta más grande del Sistema Solar) y sólo unos cuantos de cuatro o cinco veces el tamaño de la Tierra. No hemos encontrado planetas gemelos del nuestro, pero esto se debe a lo que se podría llamar un problema de colador, o de red: si uno pesca con una red de malla gruesa sólo sacará peces grandes. El método del bamboleo (o de la velocidad radial) sólo puede detectar planetas gordos porque no es muy fino (aunque es el que más planetas extrasolares ha rendido hasta la fecha, quizá por ser el primero que se usó). Para pescar planetas del tamaño de la Tierra hace falta un método más preciso.

Tal método existe y se llama "método de los tránsitos". En vez de analizar la luz para extraerle rastros de bamboleo, se examinan las variaciones de brillo microscópicas y periódicas que podrían ser señal de que un objeto opaco y pequeño está pasando frente a la estrella cada cierto tiempo. Es el método que empleará la sonda Kepler, lanzada en marzo de 2009, para detectar planetas terrestres. El Kepler observará la misma región del cielo durante tres años y medio sin parpadear. En el campo visual de la sonda hay cientos de estrellas. Se espera que en ese lapso el aparato detecte muchas variaciones de brillo periódicas. A partir de la intensidad y el periodo de las variaciones se podría inferir muchos datos acerca de los planetas que las provocan.

Y cuando el Kepler detecte un planeta del tamaño de la Tierra, los medios lo anunciarán como la gran noticia...pero entonces sí tendrán razón.



martes 13 de octubre de 2009

Complot del futuro

¿Por qué no han podido poner a funcionar el Gran Colisionador de Hadrones (LHC)? ¿Por qué canceló el gobierno de Estados Unidos un proyecto similar en 1993, aún cuando ya se había excavado un túnel de miles de millones de dólares?

Según Holger Nielsen, del Instituto Niels Bohr de Física Teórica, y Masao Ninomiya, del Instituto Yukawa de Física Teórica, la respuesta podría ser que el universo está tratando de impedir que se genere el bosón de Higgs. ¿Por qué? Pues...quién sabe...

En un artículo publicado en el depósito electrónico arXiv.org, Nielsen y Ninomiya alegan que el futuro podría estar ejeciendo influencia sobre el presente para impedir que opere el LHC. Añaden que si así fuera, entonces todo proyecto de construir una máquina capaz de generar bosones de Higgs debería verse obstaculizado por lo que parecería mala suerte.

La locura que proponen Nielsen y Ninomiya me recuerda un libro de Isaac Asimov que leí hace muchos años, titulado El fin de la eternidad. En esta novela, una asociación de viajeros del tiempo se encarga de recorrer los siglos efectuando pequeños ajustes previamente calculados (cambiar un objeto de lugar, comunicarle cierta información a un indivudo específico) para que el mundo funcione correctamente…y en concreto para que se cree la mismísima asociación de la que forman parte los ajustadores temporales.

O bien, la cosa podría verse así: imagínense que pueden retroceder en el tiempo y que un día andan paseando por el pasado, antes de haber nacido, y ven que a su padre lo va a atropellar un camión. Pero ustedes lo salvan. Luego, quizá tomándose un tequila para reponerse en compañía del joven al que le acaban de salvar la vida sin que él sepa quiénes son ustedes, se ponen a reflexionar sobre lo que hubiera pasado si no llegan a tiempo para salvar a su padre de la muerte antes de que haya tenido tiempo de ser padre. Así, quizá el univeso está tratando de salvarse de un acontecimiento potencialmente catastrófico. Bueeeh…

Lo más sensacional es que los investigadores proponen un experimento para averiguar si el futuro sí está afectando la operación del LHC –ya sea el funcionamiento físico del aparato, o las decisiones que se toman para ponerlo en marcha--. El experimento consiste en dejar al azar la decisión de seguir adelante con el proyecto. Se construye un mazo de naipes con muchos que digan “operar el LHC con toda libertad”, muchos menos que estipulen restricciones de la energía de las partículas u otras limitaciones del experimento, y una sola baraja (digamos, una en cinco millones de naipes) que diga “cerrar el LHC”. Si en el experimento ocurre el acontecimiento poco probable de que salga la última carta, será señal de que el futuro nos está enviando una especie de mensaje. Nielsen y Ninomiya señalan que también será señal de que están en lo cierto si sucede otro accidente insólito que impida que funcione el aparato. (Espero que no se les ocurra obligar a su profecía a cumplirse provocando ellos mismos el accidente…).

Aunque Nielsen y Ninomiya son científicos con credenciales impecables, no hay ninguna obligación de tomarse en serio lo que dicen. En la ciencia no son la autoridad ni los títulos los que pesan a la hora de aceptar las ideas de un individuo. Es la discusión: la idea sólo se aceptará si la comunidad de especialistas pertinente estima que esa idea ha superado ciertas pruebas muy exigentes. En tanto esa comunidad no esté convencida, las especulaciones de Nielsen y Ninomiya son meras opiniones, no resultados científicos válidos.

Eso sí: qué divertido.

viernes 2 de octubre de 2009

Orgullo nacional

Tres investigadores mexicanos (de la UNAM y de la Autónoma de Nuevo León) ganaron el Premio Ig Nobel (ojo: dije IG Nobel) de química por formar diamantes con ayuda de chorros de tequila. No, de veras. No sólo se lo imaginaron en medio del delirio etílico (aunque...). Por asombroso que parezca, los chorros de tequila se usaron para rociar unas placas que sirven de sustrato para que se deposite una capa de átomos de carbono. Los átomos de carbono se ordenan en formación diamantina. Lo que sobró del tequila se usó para rociarse el gaznate...me imagino.

Los tres premiados con esta presea que se otorga a las investigaciones "que primero te hacen reír y luego pensar" son Javier Morales, Miguel Apátiga y Víctor Castaño, de la UNAM (campus Juriquilla) y la Universidad Autónoma de Nuevo León.

Si esto no es motivo de orgullo nacional, francamente no sé qué cosa sí lo será.

Los premios los entregan varios ganadores de sendos premios Nobel. En la ceremonia de ayer, en Harvard, estuvo (entre muchos otros, que son invitados habituales) el premio Nobel de literatura de 2006, Orhan Pamuk. Más información el martes en el programa de radio y en este blog.

Felicidades a los ganadores.

martes 29 de septiembre de 2009

Los juguetes nuevos

Uno los desempaca con ansia, arroja la bolsa por ahí, rompe la primorosa envoltura que tanto trabajo le costó a la tía Clotilde, aparta con desesperación el papel de China, estruja el suntuoso moño, tira todo a la basura. Pobre tía Clotilde. Que se fastidie: lo que importa es el juguete nuevo que surge de todas esas capas de protección y ornato ante nuestros ojos maravillados. El suceso tiene la fuerza de un alumbramiento.

Los juguetes nuevos son un Everest de posibilidades que hay que escalar. No se puede uno quedar sin explorar todas sus potencialidades (y a veces el explorador ávido acaba por romper el juguete nuevo).

Un juguete nuevo es lo que cayó en manos de los astrónomos cuando, en mil ochocientos cincuenta y tantos, se produjo un incendio en el puerto alemán de Mannheim, el cual, por casualidad, se encontraba a unos 15 kilómetros del laboratorio de dos físicos llamados Gustav Kirchhoff y Robert Bunsen (el inventor del célebre mechero de Bunsen que conocemos todos los que hemos padecido la secundaria).

Kirchhoff y Bunsen habían estado haciendo experimentos con un espectroscopio, aparato que sirve para descomponer la luz de una fuente incandescente en los colores que la integran. Calentaban sustancias y luego observaban con el aparato la luz que emitían los vapores de éstas. En una serie de experimentos que llevaron a cabo durante la década de 1850, Kirchhoff y Bunsen se dieron cuenta de que cada elemento químico (de los que se conocían en su época, que no eran todos los que conocemos hoy) producía en el espectroscopio una señal (o espectro) que le era particular, de modo que el espectro de un elemento químico podía usarse, en principio, para identificar ese elemento. Y el método funcionaba incluso cuando los átomos estaban combinados químicamente con átomos de otros elementos, es decir, cuando estaban reunidos en moléculas.

Entonces se produjo el incendio en Mannheim. Las llamas se veían claramente desde Heidelberg, donde trabajaban Kirchhoff y Bunsen, que rápidamente sacaron su espectroscopio y lo usaron para analizar la luz del incendio. Así descubrieron --desde lejos y sin tener en sus manos muestras de las sustancias que ardían-- las líneas características de los espectros de los elementos bario y estroncio. ¿Sería posible también --se preguntaron-- detectar elementos químicos en el sol por medio del espectroscopio? “La gente pensaría que estábamos locos por soñar semejante cosa”, escribió Bunsen.

En 1861 Kirchhoff intentó esta locura y aisló los espectros individuales del sodio, el calcio, el magnesio, el hierro, el cromo, el níquel, el bario, el cobre y el cinc en el espectro de la luz solar --todo en la comodidad de su laboratorio, sin tener que ir a achicharrarse al sol. Por si fuera poco, Kirchhoff y Bunsen descubrieron dos elementos nuevos, el cesio y el rubidio, usando el espectroscopio. La técnica de la espectroscopía estaba resultando bastante útil.

Con el espectroscopio el astrónomo Joseph Norman Lockyer encontró en la luz del sol el espectro de un elemento desconocido, al que llamó helio (porque "helios" significa "sol" en griego). El helio no se encontró en la Tierra hasta varios años después.

¿Qué más se podía hacer con el juguete nuevo? En el transcurso de 50 o 60 años los físicos y los astrónomos echaron mano de la espectroscopía para zanjar varios debates añejos, uno de los cuales tenía que ver con la naturaleza de esas nubecitas de luz difusa que se ven por todo el cielo con telescopio. A falta de un nombre mejor --y por no saberse qué eran--, las habían llamado "nebulosas", que significa "nubecitas", y las había de varios tipos: unas tenían bonitas espirales de luz, otras eran esféricas u oblongas, otras más eran masas amorfas desparramadas por el espacio. La luz de ciertas nebulosas llevaba la huella de otro espectro insólito. Con el recuerdo del helio aún fresco en la mente, los astrónomos pensaron que se trataba de otro elemento nuevo, al que llamaron "nebulio". Pero el nebulio no aparecía en ningún otro sitio y al cabo del tiempo hubo que concluir que quizá el extraño espectro era el resultado de sustancias comunes y corrientes sometidas a condiciones insólitas.

En los años 30 Edgar Rice Burroughs, creador de Tarzán, escribió narraciones de ciencia-ficción en las que proponía que en Marte había más colores primarios que en la Tierra. Aquello era un poco como decir que en Marte había círculos cuadrados, pero la anécdota ilustra bien un tema recurrente de la ciencia-ficción: que en el espacio todo puede suceder. Hoy gracias al espectroscopio sabemos que todas las galaxias están compuestas de los mismos elementos químicos que se encuentran en la Tierra y que, al parecer, las mismas leyes físicas rigen en todo el universo, lo cual puede parecer aburrido, pero no deja de ser una información muy interesante. Ya no podemos permitirnos imaginar elementos químicos desconocidos en otras galaxias, por lejanas que sean, pero en cambio sabemos que una buena parte de la descripción física del mundo que hemos construido desde nuestro pequeño planeta vale en todo el universo. No está mal.


martes 15 de septiembre de 2009

Invasores cerebrales

¿Conque piensas que tú eres el arquitecto de tu propio destino, que tú tomas tus decisiones, que a ti nadie te manipula, que tú buscas siempre tu propio bien? Esta conclusión está justificadísima: por ejemplo, ¿quién me obligó a mí a poner en marcha este blog, o a escoger el tema de hoy? Nadie. Lo decidí por mí mismo porque me pareció lo mejor para mí... ¿no?

El filósofo estadounidense Daniel Dennett demuestra de la siguiente manera que nuestras acciones no están necesariamente encaminadas a maximizar nuestro propio bien: imagínense que van por un prado y ven una hormiga que trepa por una brizna de hierba, llega a la punta y se cae, y vuelve a trepar, y se cae, y vuelve a trepar... ¿Qué fin persigue esa hormiga? ¿Qué gana con ese comportamiento? "Nada", dice Dennett. Resulta que la hormiga tiene en el cerebro un parásito, llamado dicrocoelium. "Un gusanito que invade el cerebro", dice Dennett:

Un parásito que tiene que llegar al estómago de una oveja o de una vaca para poder continuar su ciclo de vida. Los salmones nadan río arriba para desovar, mientras que los dicrocoelium se agencian una hormiga, se le meten en el cerebro y la obligan a trepar por briznas de hierba, como si la hormiga fuera un vehículo todo terreno. De modo que para la hormiga no hay beneficio. Su cerebro ha sido secuestrado por un parásito que lo infecta y le induce este comportamiento suicida. ¡Qué horror!

Elaborando sobre una idea original del etólogo británico Richard Dawkins, Dennett luego se pregunta si no nos puede pasar lo mismo a las personas. ¿Habrá algún tipo de invasores cerebrales que nos obliguen a actuar contra nuestro propio bien? Claro que lo hay: se llaman ideas y nos pueden inducir comportamientos muy dañinos para nuestra supervivencia o la de nuestra descendencia. Los pilotos de los aviones del 11 de septiembre y los miembros de la secta Heaven's gate se suicidaron por razones parecidas: pensaban que un ente superior se lo exigía (Alá en el caso de los pilotos, unos extraterrestres en el caso de los Heaven's gate). Otras personas han muerto por sus creencias políticas, por su adhesión a una causa, por la "libertad". Estas ideas son como parásitos que pueden inducir un comportamiento suicida.

Hay parásitos que esterilizan a sus hospederos. Hay ideas que hacen lo mismo: el voto de castidad es una idea esterilizante (siempre que se cumpla estrictamente, claro).

En el libro El gen egoísta, publicado en 1976, Richard Dawkins alega que el motor de la evolución no es la pugna de los individuos por sobrevivir y dejar descendencia, sino la pugna de sus genes por perpetuarse. Los genes de un individuo son como un consorcio cuyos miembros cooperan para transmitirse a la siguiente generación. Así, si los seres vivos individuales por lo general nos conducimos de tal manera que se maximice nuestra descendencia es porque, en cierta forma, el consorcio de nuestros genes nos manipula como si fuéramos vehículos para llegar a la siguiente generación. Los genes operan como si sólo buscaran su propio bien, como si fueran egoístas. Dawkins no dice que los genes tengan intenciones ni conciencia: únicamente que los que hoy quedan luego de miles de millones de años de historia de la vida tienen que ser, por fuerza, genes que favorecen de alguna manera la supervivencia y la reproducción de los organismos que los poseen (salvo los genes defectuosos que pueden pervivir en una población siempre y cuando no la eliminen). Si alguna vez hubo un gen del suicidio o de la esterilidad, hace mucho tiempo que quedó descontinuado por razones evidentes.

Al final de su libro Dawkins compara las ideas con los genes: las ideas también se reproducen (por educación, cultura, adoctrinación, propaganda...); y las ideas también influyen en nuestro comportamiento. El etólogo propone llamar memes a las ideas vistas desde esta perspectiva (mem, en singular, recuerda gen y memoria, aunque la idea original de Dawkins es la "imitación", que en griego se dice mimeme). La idea de libertad es un mem como también lo es la moda, o una simple tonadilla pegajosa que le da a uno vueltas en la cabeza. Cualquier idea que pase con facilidad de un cerebro a otro por convincente --o simplemente por pegajosa-- es un mem. Daniel Dennett, en su libro La peligrosa idea de Darwin, retoma la idea de memes y la extiende para alegar que hasta la cultura humana es producto de la evolución, y no sólo el cuerpo humano. Nuestros organismos están llenos de genes que les dan forma y los manejan; nuestras mentes están llenas de memes que les dan forma y las manejan.

¿Quién tiene el cerebro invadido por ideas que lo manipulan? ¡Todo el mundo! Pero no hay que inquietarse. Si la idea de los parásitos les resulta demasiado perturbadora, podríamos cambiarla por otra: no es que los memes nos invadan el cerebro, que sin esto sería libre, más bien somos nuestros memes. Un cerebro sin memes es como una computadora sin programas.