miércoles, 31 de julio de 2013

Del archivo de la risa

El domingo dediqué un par de horas a poner en un blog todas las columnas que escribí entre 2000 y 2008 para el boletín El muégano divulgador. El Muégano empezó en 2000 como boletín interno de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM y por mandato no me acuerdo si de Julieta Fierro, a la sazón directora, o de Julia Tagüeña, directora de museos. El caso es que nos tocó construir el proyecto a Martín Bonfil, Nemesio Chávez, Lourdes Arenas y a mí. Los "muérganos", para quien no lo sepa, son unos dulces mexicanos hechos de almohaditas de harina fritas y aglomeradas con caramelo. Son la imagen misma de la unión y por eso los escogimos para dar nombre a nuestro boletín. Queríamos unir a los divulgadores degedeceros (de la DGDC, pues). El objetivo se logró a medias, pero el Muégano trascendió el apretado recinto de la DGDC para convertirse en una publicación valorada por un grupo amplio de divulgadores mexicanos y extranjeros.

Mi labor en ese boletín tan lleno de referencias, ideas y reflexiones útiles, era escribir la sección más inútil, titulada a partir de la segunda entrega "Peripatéticos ecológicos" por razones que entenderán tras leer la primera. Esa sección, pese a todo, se convirtió en una especie de estandarte del boletín, por lo menos en la DGDC. Al cabo de unos cuantos números publicados, me dí cuenta de que la gente esperaba, ¡con ansia!, la aparición del Muégano para leer mis tonterías con su café matinal. Para repartir el boletín Martín y yo cargábamos sendos rimeros de muéganos y recorríamos todo el edificio, oficina por oficina. "¡Muéganos! ¡Muéganos! ¿Quién quiere su muégano?", íbamos pregonando como si, en vez de revistas, repartiéramos dulces. Creo (tal vez por iluso) que los colegas se alegraban al vernos por los pasillos con nuestro cargamento de papel amarillo.

Aquí está, pues, el blog en el que puse todos los "Peripatéticos ecológicos" -cuarenta publicados y uno que se quedó en el tintero cuando murió el Muégano. Tienen lectura para rato.

viernes, 19 de julio de 2013

Lo que cabe en una gota de asfalto

En 1927 un profesor de física de la Universidad de Queensland, Australia, montó un experimento didáctico para ver si el asfalto fluía a temperatura ambiente. Tomó varios pedazos de asfalto sólido, los puso en un embudo cerrado por abajo y esperó tres años a que el asfalto se asentara como un pudín. En 1930 abrió el embudo.

La primera gota cayó en diciembre de 1938. Nadie presenció el momento. Era muy difícil: la gota tardó ocho años en formarse y una décima de segundo en caer. Al paso de los meses la gota se fue aplanando en un recipiente mientras se formaba otra en el tiro del embudo. La segunda gota cayó en febrero de 1947. Nadie la vio caer.

Para el año 2000, fecha de la octava gota, los encargados del experimento habían instalado una cámara web... que no estaba operando cuando cayó esa gota. La novena gota de Queensland se espera en los siguientes seis meses, pero el honor de ser los primeros en captar en video este fugaz momento no será para los encargados de ese experimento: el 11 de julio de 2013 a eso de las 5:00 de la tarde se les adelantó el equipo que cuida otro experimento idéntico que se montó en el Trinity College de Dublín en 1944. A decir verdad, el experimento de Dublín estuvo abandonado en una vitrina hasta hace cuatro o cinco años, cuando alguien se dio cuenta de que una gota estaba a punto de caer. Los físicos del laboratorio instalaron el montaje frente a una cámara y... he aquí el glorioso momento inmortalizado:



A partir de los lapsos entre gotas y los detalles de la caída, Shane Bergin y sus colaboradores del Trinity College estiman que el asfalto es 20,000 millones de veces más viscoso que el agua.

El experimento y su resultado no tienen ningún valor práctico, y escasísimo valor como conocimiento nuevo, como bien saben los físicos de Queensland y de Dublín. ¿Entonces...para qué? La cámara web de Queensland tiene cientos de miles de seguidores por todo el mundo. ¿Qué esperan sacar estas personas de ver caer una gota de asfalto?

Yo creo que el experimento es muy sugerente de una manera poética. A mí me evoca los muchos fenómenos que a primera vista no tienen nada en común, pero que en el fondo son el mismo fenómeno visto en distinta escala de tamaño o de tiempo. Por ejemplo, el movimiento de la sopa en una olla hirviendo y el fluir del magma en el manto terrestre (ambos debidos a las corrientes de convección), el sonido de una flauta y esa molesta vibración que se siente en los oídos en algunos coches en movimiento con las ventanas medio abiertas (ambos son ejemplos de ondas estacionarias en una masa de aire confinada) y el flujo de una gota de miel y el de una de asfalto, conectadas por el concepto de viscosidad. Encontrar estas relaciones ocultas entre fenómenos distintos es, precisamente, entender. "Esto es como aquello", pensamos, y encontrar la relación nos da mucho placer, como apreciar o inventar una metáfora. La gota de asfalto reúne metafóricamente la escala de tiempo de la vida cotidiana con la de los procesos geológicos.

En el universo hay muchos procesos que no son ni remotamente perceptibles en nuestra escala de tiempo: la formación de montañas, la evolución por selección natural... ¿Cómo podemos conocerlos si no podemos presenciarlos? No nos queda más remedio que deducirlos a partir de sus rastros, como la historia de erupciones volcánicas pasadas. Otros fenómenos lentos se pueden entender como entendemos la vida de las estrellas. Ésta se mide en miles de millones de años. Nadie ha visto vivir una estrella. Pero hay millones de estrellas en nuestra galaxia. Es como tener un montón de experimentos de la gota de asfalto en distintas etapas de formación de la gota: la secuencia de los acontecimientos casi salta a la vista. Otra forma de entender fenómenos lentos es, simplemente, recoger datos durante mucho tiempo. La física solar empezó cuando Galileo se puso a registrar cotidianamente los cambios de las manchas solares, hace 400 años. Desde entonces no se ha dejado de llevar este registro. A partir de esos datos hoy sabemos que el Sol tiene ciclos de actividad de alrededor de 11 años y que hay una relación entre la cantidad de manchas solares y la frecuencia e intensidad de las auroras polares. El registro de manchas solares también ha servido para entender la relación entre la actividad del sol y el clima. Observar el mundo en escalas de tiempo superiores a las de la vida humana revela fenómenos ocultos.

¿Qué aspectos del universo se nos revelarían si funcionáramos a otra escala de tiempo? Por ejemplo, la escala en la que una gota de asfalto que cae cada 10 años se percibe como un chorro continuo (¿se imaginan un océanos de asfalto agitado por las olas?). O equivalentemente: ¿cómo entenderemos el universo cuando, en vez de 400 años de ciencia moderna, llevemos varios millones? Mientras lo pensamos, otra gota de asfalto se está formando en Dublín...

...y en Alemania se interpreta una pieza para órgano que durará 639 años...

viernes, 12 de julio de 2013

Grandes erupciones del Popocatépetl

En busca de algo interesante que decir sobre el Popocatépetl -algo que no se hubiera repetido ya mil veces en todos los noticieros- y también movido por mi curiosidad sobre los volcanes en general y los nuestros en particular, me puse a hurgar en Google Scholar, el buscador de Google especializado en artículos y libros académicos. Descubrí que hay mucha investigación sobre los volcanes de la Sierra Nevada de México: el Popocatépetl y el Iztaccíhualt, desde luego, pero también otros que hasta hoy yo no sabía que existían -el Telapón y el Tláloc. De paso también di con artículos sobre la estructura geológica del Nevado de Toluca (o Xinantécatl, por su bonito nombre en náhuatl) y sobre el monte Ajusco, quizá la montaña que más cerca tengo del corazón. Lo que me extraña es lo poco de esta información que ha llegado al público... o por lo menos a mí.

Encontré un artículo publicado en mayo de 1996 en la revista Geology por Claus Siebe y José Luis Macías, del Instituto de Geofísica de la UNAM, Michael Abrams, del Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA y Johannes Obenholzner, del Instituto de Ciencias de la Tierra de Austria. El artículo se titula "Repeated volcanic disasters in Prehispanic time at Popocatépetl, central Mexico: Past key to the future?" (que podríamos traducir así "Desastres volcánicos del Popocatépetl en tiempos prehispánicos: ¿clave de su futuro?"). Siebe y colegas cuentan que examinaron las capas de despósitos volcánicos en varios sitios de la falda del volcán. En las columnas estratigráficas que construyen a partir de este análisis encuentran ceniza, piedra pómez, evidencia de deslaves, y en algunos lugares pedazos de cerámica, restos de viviendas y surcos de tierra arada. A partir de pruebas de carbono radiactivo determinan que hay evidencia de tres erupciones catastróficas en los últimos 5,000 años. Lo malo es que estas pruebas sólo permiten ubicarlas con una precisión de entre 400 y 600 años. Las fechas que obtienen Siebe, Abrams, Macías y Obenholzner son éstas:
  • entre 3200 y 2830 a. C.
  • entre 800 y 215 a. C. y
  • entre 675 y 1095 d. C
¿Y cómo saben la magnitud de estas erupciones, dos de las cuales ocurrieron ya con habitantes en la zona, como indican los restos de cerámica, etcétera? Los autores citan dos artículos de Bursik, Sparks y colaboradores, publicados en 1992, en los que estos autores estudian la distribución de partículas de cenizas, arenas y rocas de distintos tamaños y aplican un modelo físico para deducir la altura de la columna de gases y ceniza que las despositó. Usando este mismo método (con todas sus suposiciones e imprecisiones), Siebe y colegas deducen que la altura de las columnas de estas tres erupciones fue de más de 25 kilómetros, lo que quiere decir que las corrientes de las capas superiores de la atmósfera deben haber dispersado el material por todo el mundo. 

Y si lo dispersaron por todo el mundo, tal vez estas erupciones hayan dejado huellas en otras partes. Los autores citan el trabajo de unos glaciólogos (expertos en hielo) dirigidos por G. A. Zielinski. Zielinski y sus amigos han analizado las muestras cilíndricas de hielo extraídas de los glaciares de Groenlandia por el proyecto GISP2. Estas muestras de hielo tienen franjas formadas por la acumulación de nieves más densas en invierno que en verano. Contando franjas se puede saber con mucha precisión en qué año se depositó una determinada capa de hielo (como con los árboles, pero por razones distintas). En las muestras cilíndricas extraídas en Groenlandia se han encontrado arenas del desierto de Gobi, plomo proveniente de las forjas de la Roma antigua y otras sorpresas. Por ejemplo, en los hielos de Groenlandia (y de la Antártida) también quedan registradas las grandes erupciones volcánicas en forma de partículas despositadas en la capa gélida y el registro se puede leer utilizando un método inventado en los años 80 (lo que nos lleva a oooootro artículo, pero no entremos en tantos detalles). Zielinski et al. resumen en su artículo 7, 000 años de actividad volcánica de gran magnitud. Siebe y sus amigos sólo tienen ojos para una erupción que ocurrió exactamente en el año 823 d.C.: seguramente es la tercera de sus erupciones del Popocatépetl (que sería la más reciente de las grandes, GRANDES, erupciones de este volcán: las que se han producido desde tiempos de la Colonia no se consideran muy grandes y ninguna ha sido catastrófica).

Siebe, Abrams, Macías y Obenholzner luego observan que sus dos últimas grandes erupciones coinciden más o menos bien con el inicio y el final del Periodo Clásico de la arqueología mesoamericana, y en particular con el ascenso y caída de dos grandes ciudades-estado de la región: Teotihuacan y Cholula, y proponen que el volcán pudo haber tenido que ver con el asunto (después de todo sabemos con certeza que las erupciones del volcán Xitle hace dos mil años acabaron con el poderío de la gran Cuicuilco, lo que luego permitió que surgiera Teotihuacan como centro de poder).

Qué bonito rompecabezas. Pero, como todo en la ciencia, tiene sus bemoles: en artículos posteriores a 1996, fecha de publicación del trabajo de Siebe et al. encuentro una comparación entre los registros de actividad volcánica que se obtienen de muestras de hielo tomadas de tres estaciones en Groenlandia. Sólo en uno de estos registros aparece la erupción del año 823. Sí se confirma, en cambio, una erupción en el 871, pero otros indicios señalan que esa erupción ocurrió muy cerca de Groenlandia, lo que excluye que pueda ser la tercera gran erupción del Popocatépetl que encuentran Siebe y sus amigos. Lo que tendría yo que hacer ahora es preguntarles a los investigadores si después de su artículo de 1996 se han ocupado de fechar mejor sus tres erupciones. Haré el intento. Informaré más tarde... si no me dan metafóricamente con la puerta en las narices por aguafiestas.

Al final de su artículo Siebe et al. señalan que, tomando en cuenta las incertidumbres de sus métodos, entre sus dos erupciones más recientes pueden haber transcurrido 1038 o 1622 años y añaden: "Si suponemos que este lapso aproxima aunque sea crudamente el intervalo entre erupciones, y extrapolando al futuro, podría producirse otra erupción catastrófica antes del siglo XXII. Nuestra extrapolación es muy especulativa, basada como está en información escasa y una suposición aventurada, pero sí suscita preguntas importantes. ¿Es la presente actividad del Popocatépetl un breve interludio en una larga cadena de erupciones inocuas desde la Conquista? ¿Es capaz el volcán de volver a las erupciones más violentas y destructivas que lo caracterizaron en el periodo prehispánico? Nuestro conocimiento actual del volcán y nuestra capacidad de interpretar los datos que arroja el monitoreo no permiten contestar con certeza estas preguntas."

Lo dicho en 1996 sigue siendo válido en 2013.

miércoles, 3 de julio de 2013

Factor de impacto

Sin algo que medir o cuantificar no se puede saber si está funcionando el negocio, la campaña, la política de estado, la revista. Así, uno se inventa indicadores más o menos arbitrarios para tener algo que medir y en lo cual basar evaluaciones y decisiones: el rating en radio y televisión, las calificaciones en la escuela... y luego sacraliza esos indicadores, lo que acarrea errores, injusticias (niño con malas calificaciones = niño tonto)... y trampas.

En la ciencia hay indicadores para evaluar 1) a los investigadores individuales (indicadores: número de artículos publicados, número de veces que se citan sus artículos, tipo de revista en que publica sus artículos); 2) instituciones y 3) revistas especializadas. Las revistas especializadas son el sistema circulatorio y la sangre de la ciencia. Ningún trabajo cuenta en ciencia si no está publicado en un medio académico profesional como las revistas especializadas, por eso es fundamental inventar una manera de evaluar el desempeño de éstas.

Desde 1975 el desempeño de las revistas científicas se evalúa por medio del factor de impacto. Para obtener su factor de impacto la revista tiene que estar incluida en una lista llamada Journal Citation Reports (hoy administrada por la empresa Thomson Reuters). La lista se publica cada año e incluye información como el área de especialidad de la revista, el número de artículos que publicó en un lapso de dos años y el número de veces que se citaron los artículos de esa revista (incluyendo citas en la misma revista). La lista de 2013, que se acaba de publicar, contiene datos de 10,853 revistas de 232 especialidades científicas (naturales y sociales). El factor de impacto de una revista se calcula dividiendo el número de citas de artículos de la revista en los últimos dos años entre el número de artículos publicados en ese lapso. Dicho de otro modo, es el promedio de citas por artículo para los últimos dos años. Un factor de impacto menor que 2 se considera bajo; las revistas más conocidas, como las semanales Science y Nature, tienen factores de impacto de alrededor de 30.

Este año 379 revistas recibieron su factor de impacto por primera vez y 37 fueron suprimidas de la lista por... bueno, en un momento veremos por qué.

El factor de impacto se ha vuelto muy importante desde que lo introdujo Eugene Garfield en 1963 porque se usa para tomar decisiones importantes: las bibliotecas universitarias y de centros de investigación lo usan para escoger revistas para suscribirse (y las suscripciones institucionales a estas revistas cuestan entre 5,000 y 20,000 dólares; nada que ver con la suscripción personal a Reader's Digest o Scientific American); los investigadores lo usan como guía para elegir qué revistas consultar y en cuáles publicar su trabajo; y los evaluadores lo usan para estimar el desempeño de investigadores e instituciones de investigación. Y, como cabía esperar, en vista de la importancia que ha cobrado el factor de impacto no faltan revistas que traten de sacar provecho indebido de los defectos de este sistema de evaluación.

Los defectos son muchos, como los de cualquier indicador. No todos los artículos científicos empiezan a generar citas con la misma prontitud: en física y matemáticas los primeros dos años de vida de un artículo generan entre 1 y 3 % de las citas; en biología y afines, en cambio, es entre 5 y 8%, por lo tanto no tiene sentido comparar el factor de impacto de una revista de física con el de una de biología, ni en general, entre disciplinas. Además, un simple promedio aritmético como el factor de impacto no describe la manera compleja en que un artículo va generando citas a través de los años, especialmente desde que todos los artículos científicos especializados están disponibles en internet. Quizá el defecto más grave del factor de impacto sea que las muchas citas no necesariamente implican gran mérito científico en un artículo especializado. Todavía se cuenta con horror y en susurros la historia del artículo "A Short History of SHELX", publicado en la revista Acta Chrystallographica A. Antes de 2009 el factor de impacto de esa revista había variado entre 1.5 y 2.5, pero ese año se disparó a 50 por culpa de un sólo artículo que obtuvo cerca de 6,000 citas en el periodo de cálculo. Ningún otro artículo de la revista para ese periodo fue citado más de 3 veces. El popularísimo artículo es una descripción del desarrollo de un conjunto de programas de computadora llamado SHELX que se usa mucho en cristalografía desde 1976.  El artículo quedaba que ni hecho a la medida para que lo citaran los científicos que usan estos socorridos programas. Así, sin ser ni una investigación original ni un descubrimiento revolucionario que trastoca una disciplina, esta simple monografía sin pretensiones incrementó más de 20 veces el factor de impacto de la revista.

Pese a todo esto y pese a que en los últimos años se ha disparado el número de nuevas medidas bibliométricas para la ciencia, el factor de impacto sigue siendo el rey, y se sigue usando bien y mal. Anthony van Raan, director del Centro de Estudios de la Ciencia y la Tecnología de la Universidad de Leiden, Holanda, dice: "Todo bibliotecario sabe que nunca se debe usar el factor de impacto para evaluar el desempeño de un artículo o de un individuo; es un pecado mortal". Si fuera así, entonces muchos evaluadores se van a ir al infierno, porque eso es precisamente lo que hacen. Y, en efecto, usar el factor de impacto de la revista en la que se publica un artículo como medida del mérito de ese artículo es tan absurdo como evaluar el desempeño de un estudiante por la calificación que obtuvo su estado en la prueba ENLACE.

Todo esto sugiere maneras de darle un empujoncito al factor de impacto de una revista científica especializada. He aquí varias, unas legítimas, otras francamente fraudulentas:

  • Publicar preferentemente artículos del tipo conocido como review, monografías del estado de avance de una disciplina. Estos artículos son muy útiles para los lectores porque sirven como puerta de entrada a una disciplina. En vez de ir a buscar uno por uno los artículos importantes de esa disciplina, se lee el review y ya está uno al día. Este tipo de artículos genera muchas citas porque es más fácil citarlos que citar los artículos individuales que se reseñan. Publicar reviews no es trampa. Publicar un número excesivo de reviews es sospechoso.
  • Evitar citar a la competencia
  • Pubicar números "best-off", y el único truco verdaderamente tramposo:
  • Obligar a los aspirantes a publicar en la revista a citar artículos de la misma revista --o por lo menos sugerírselo encarecidamente. 

Este año 37 revistas fueron suprimidas del Journal Citation Reports estimarse que incurrieron en fraudes para aumentar su factor de impacto. Estas revistas podrán volver a ingresar en dos años.


viernes, 21 de junio de 2013

Sol sticial

Hoy es el solsticio de verano en el hemisferio norte. Hoy es el día en que el sol... ¿en que el sol qué?

Hay bastante confusión en las noticias que se refieren a este fenómeno astronómico. Para disiparla les propongo que adoptemos la perspectiva del astrónomo antiguo, cuyo único instrumento de medición era el horizonte, en especial los puntos descollantes de su horizonte local ("hoy el sol salió por el montecito de allá").

Hace muchos años vivía yo en la parte occidental de la Ciudad de México. La ventana de mi reducido estudio daba exactamente al poniente y sólo se veía campo y montañas. Durante dos años cumplí periódicamente el ritual de situarme en una posición fija frente al clóset, taparme un ojo, observar por dónde se metía el sol y poner una marca con fecha en el alféizar de la ventana. Así reuní una colección de datos astronómicos muy interesante. Descubrí que el sol se pone por lugares muy apartados en invierno y en verano. Hay un día en que alcanza su posición más tendida al sur y otro, claro, en que llega a su posición más extrema hacia el norte. Entre estas dos posiciones habrá, por supuesto, dos días en que el sol se ocultará exactamente en el punto medio. Siguiendo una tradición ya muy antigua, llamé solsticios a los días en que el sol llegaba a sus puntos extremos norte y sur y equinoccios a los días en que se ocultaba por el punto medio.

El solsticio de invierno era un punto situado en el extremo izquierdo de mi ventana, los equinoccios quedaban como a 3/4 de la distancia entre este extremo y el lado derecho, y el solsticio de verano se salía con mucho del marco de la ventana.

Así pues, el solsticio de verano (en el hemisferio norte) es el día en que el sol sale y se oculta más al norte. Hoy, con instrumentos astronómicos y cálculos modernos, podemos calcular el instante preciso en que el sol alcanza su máxima posición norte. Por eso se dice que el solsticio fue a tal hora (y es un error decir "el solsticio empezó a tal hora"). Pero volvamos a la perspectiva del astrónomo maya, babilonio o sumerio. ¿Qué se ve que hace el sol en un solsticio de verano?

Hoy en todos los lugares situados a lo largo del trópico de Cáncer el sol al mediodía pasará por el cenit, el punto más alto del cielo, y por lo tanto también dará la máxima iluminación. Pero eso sólo es en el trópico de Cáncer. Al norte del trópico el sol siempre está inclinado hacia el sur (mucho o poquito, según la latitud). En esos lugares el sol de mediodía pasa hoy por su máxima altura anual y por eso en Europa y Estados Unidos (y otros lugares boreales) el 21 de junio se considera el máximo día de verano, cuando el sol es más intenso y está más tiempo por encima del horizonte.

Pero al sur del trópico -como en la Ciudad de México y una buena parte de este país- el sol del solsticio está inclinado hacia el norte. No es el día de máxima intensidad solar (aunque sí el día más largo). Eso ocurre los días que el sol de mediodía pasa por el cenit. En la Ciudad de México (y en general a los 20 grados de latitud norte) eso ocurre alrededor del 15 de mayo (cuando el sol pasa por el cenit de camino al norte) y el 30 de julio (cuando vuelve a pasar por el cenit de regreso al sur).

En México se solía enseñar varios despropósitos astronómicos debidos a que se adoptaba un punto de vista adecuado a Europa y Estados Unidos sin darse cuenta de que en otras latitudes la cosa funciona de otra manera. Así el mito de las cuatro estaciones, con flores y verdor renovado en primavera, calor en verano, hojas secas en otoño y nieve en invierno. Pero estas cuatro estaciones clásicas de los países de latitudes altas se mezclan y confunden conforme uno se acerca al ecuador. En la Ciudad de México las hojas se secan en noviembre, hace frío en diciembre y enero, los árboles reverdecen en febrero, hace calor en abril y mayo y llueve el resto del tiempo (más o menos; las cosas se han alterado mucho con el cambio climático). En Colombia, mucho más cerca del ecuador, dicen que "hace invierno" cuando llueve, lo que puede ocurrir en cualquier época del año. (Y al contrario, lejos del ecuador, como en Finlandia, donde vive mi amigo Francisco, hace calor tan pocos días, que yo solía decirle de broma a Francisco que en Fnilandia decían "este año el verano cayó en jueves".) Así también la idea de que el solsticio es el día de máxima insolación y calor.

El año pasado estuve en el Centro Explora de Medellín, Colombia, para un festival de teatro de ciencia y una de las obras que presentaron los chicos del centro (que tienen una compañía de teatro muy buena) se trataba de las estaciones en distintos lugares del planeta. Al principio algunos nos preguntamos si no sería aburrido para los espectadores que les repitieran en el escenario lo que se aprende en un salón de clases, pero luego nos dimos cuenta de que en Colombia las cuatro estaciones, ya poco marcadas a la latitud de México, simplemente son una leyenda de tierras lejanas. La obra funcionaba perfectamente bien en el contexto de un país ecuatorial, que, para confundir más las cosas, tienen tales desniveles orográficos que el clima en Bogotá (2,645 metros de altitud, unos 300 más que la Ciudad de México) no tiene nada que ver con el clima en Tumaco, a nivel del mar (en este momento en Bogotá hace 19 grados, mientras en Tumaco están a 27 grados).

Otra observación interesante: en las culturas antiguas de Europa había festividades en el solsticio de verano (día de máximo sol en esas latitudes) mientras que en las culturas antiguas de estas latitudes más tropicales lo que se celebraba era el paso cenital del sol (día de máximo sol en estas latitudes).  El solsticio de invierno, en cambio, sí es el día de menos sol en todas partes.

He aquí una explicación más gráfica de las cosas. La escribí hace 12 años para la página Red Escolar. Al verla hoy me dio un poco de repelús el tonito condescendiente que le puse. Me disculpo. Uno aprende. Hoy no le hablaría así ni al niño más demostradamente tonto.




viernes, 14 de junio de 2013

Mensajes secretos

Hace dos días llegó mi hija Ana a la casa muy emocionada y me preguntó si mi tocadiscos podía tocar al revés. Ana es fan de Pink Floyd desde hace tiempo. Un amigo suyo le dijo que en una de las pistas de The Wall había un mensaje secreto grabado al revés. Yo me imaginé que sería una de esas tonterías que se decían desde los años 80 de ciertos discos de rock: que si uno los hacía sonar en reversa se oían mensajes satánicos, pero no dije nada. Bajamos al tocadiscos, desempolvamos el acetato, buscamos un poco y, en efecto, encontramos un mensaje secreto en la pista "Empty Spaces" que está en el lado 2 del álbum.  ¡Treinta y dos años hace que tengo ese disco y tiene que venir una mocosa de 14 años a revelarme sus secretos! Es lo bueno de tener hijos.

Le conté a Ana acerca de la leyenda urbana de los mensajes satánicos en los discos, leyenda que cundió cuando yo era niño. Los que la propagaban al parecer creían que, tras escuchar uno de estos discos, uno no podía resistir poner los ojos desorbitados y echar a caminar todo tieso y con los brazos extendidos a registrarse en las oficinas de la secta satánica más cercana a su domicilio. Decían que eran "mensajes subliminales". Parece que esta idea provenía de grupos religiosos de Estados Unidos, lo que no me extraña nada, y ahora sé que estos grupos trataron de demandar a varios músicos de rock, pero las demandas no prosperaron por falta de pruebas de que un mensaje invertido, por satánico que fuera, tuviera la menor probabilidad de afectar el comportamiento de la gente.

Pese a todo, me acuerdo que a mí me encantaba poner discos al revés, y hasta desarrollé una fina técnica para hacerlos girar con el dedo muy homogéneamente. Haciendo estos experimentos en esa época descubrí dos cosas: 1) que, tocado al revés, todo suena diabólico, y 2) que francamente había que forzar mucho la imaginación para oír palabras en esa cacofonía (a diferencia del mensaje de Pink Floyd, que, al hacer sonar el disco al revés, suena al derecho y con toda claridad). En fin, que oír mensajes en una voz en reversa está relacionado con ver figuras en las nubes y caras en las manchas de humedad: es un intento desesperado del cerebro por encontrarle significado a la información sensorial, incluso a la que no lo tiene (este fenómeno es bien conocido y en el caso de imágenes que se ven donde no las hay se llama paraeidolia).

El mensaje secreto de Pink Floyd me recordó también el temor añejo a los mensajes subliminales en las películas y en la tele, igualmente de moda en mi adolescencia. Parece que el temor provenía de un acontecimiento que ocurrió mucho antes, en 1957. Ese año un mercadólogo llamado James Vicary convocó una rueda de prensa para revelar que durante varias semanas se las había arreglado para poner anuncios publicitarios de tres milisegundos de duración que decían "coma palomitas" o "tome Coca Cola" insertados a intervalos de cinco segundos en la película que se proyectaba en un cine de Fort Lee, Nueva Jersey. Mientras la gente veía la película sin sospechar, estas imágenes se estaban insinuando subrepticiamente hasta lo más profundo de su psique y afectando su comportamiento (o eso se supuso). Según Vicary, las ventas de palomitas aumentaron 18 % y las de Coca Cola 58 %.

La reacción fue furibunda. El público ya se sospechaba que los publicistas y el gobierno lo podían controlar. Esto era la confirmación de que les estaban lavando el cerebro y manipulándolos como marionetas. La CIA rápidamente hizo un informe sobre el potencial estratégico de los mensajes subliminales. Se publicaron libros de denuncia y la publicidad subliminal se prohibió en Estados Unidos y el Reino Unido.

Pero cuando otros investigadores trataron de replicar los resultados de Vicary no obtuvieron nada: los mensajes subliminales no afectaban para nada el comportamiento de las personas. Para colmo, a los pocos años James Vicary confesó que todo había sido un engaño... pero nadie le hizo caso. Había nacido la leyenda urbana de los mensajes subliminales.

Ni la prohibición ni la falta de resultados han impedido que ocasionalmente se intente manipular el comportamiento del público con este tipo de mensajes. En el año 2000 la campaña de George Bush transmitió un anuncio en el que, mientras se hablaba de Al Gore y los demócratas, aparecía brevísimamente la palabra "ratas". Las autoridades obligaron a Bush y compañía a retirar el anuncio y el candidato dijo que había sido "un descuido" (sí, claro).

Otra forma de mensaje subliminal (palabra que, por cierto, significa "por debajo del umbral de la conciencia") era el mensaje verbal (al derecho) disimulado a bajísimo volumen en una pista musical. Sobre este principio se construyó toda una industria de CDs y cassettes de autoayuda y relajación. Se suponía que uno escuchaba la música mientras el mensaje subliminal se abría paso hasta el subconsciente y afectaba el comportamiento positivamente. Pero en 1991 Anthony Greenwald, de la Universidad de Washington, hizo un estudio con 237 participantes a los cuales puso a escuchar un cassette de música clásica con mensajes inaudibles para mejorar la memoria y la autoestima. Los participantes estaban divididos en dos grupos: unos pensaban que estaban escuchando solamente música (falso), los otros pensaban que bajo la música había mensajes (cierto). Al cabo de cinco semanas los investigadores hicieron pruebas para ver el efecto de los mensajes y no encontraron nada medible. Sin embargo los participantes que esperaban que el cassette tuviera efectos reportaron mejoras en su memoria y autoestima. Conclusión: el efecto era pura sugestión.

Durante 10 o 15 años la investigación en mensajes subliminales perdió adeptos, pero recientemente en Holanda y Estados Unidos se han estado realizando nuevos experimentos consistentes sobre todo en poner imágenes subliminales en pruebas de atención. En un experimento un grupo de participantes vio sin saberlo mensajes que decían "sed" y "agua mineral" y otro grupo no vio nada. Al final los que vieron los mensajes fueron más propensos a pedir de beber, pero no más propensos a preferir agua mineral, lo que sugiere que el mensaje subliminal sólo puede afectar la intención de beber, mas no la preferencia de bebida. El experimento se repitió exitosamente en Estados Unidos. En otro experimento se trató de probar si se podía influir en la marca de bebida que uno pide. Las conclusiones son que: 1) el mensaje sólo puede impulsar a beber a quien ya tiene sed, 2) no te puede hacer cambiar de opinión si tienes una marca preferida de bebida y 3) en todo caso, sólo tiene un (débil) efecto en hacerte cambiar de marca si conoces la marca que se te propone subliminalmente.

En cuanto al mensaje de Pink Floyd, no hay nada que temer. En primer lugar el cerebro no tiene manera de descifrar -ni consciente ni subconscientemente- los mensajes invertidos, y en segundo, el mensaje no pretende manipular a nadie, mucho menos inducirlo al satanismo, y ni siquiera a preferir a Pink Floyd sobre el resto de la música del universo porque simplemente dice "congratulations, you have just discovered the secret message".




viernes, 31 de mayo de 2013

El martirio científico como aspiración

La semana pasada se celebró el congreso conjunto de divulgación de la Red de Popularización de la Ciencia de América Latina y el Caribe y de la Sociedad Mexicana para la Divulgación de la Ciencia y la técnica en Zacatecas. En una conferencia magistral el físico portugués Joao Magueijo nos contó sus experiencias de investigador convertido en divulgador de su propia ciencia. Magueijo es conocido por haber propuesto, junto con otros, que la velocidad de la luz ha ido cambiando a lo largo de la historia del universo. En la física mainstream la velocidad de la luz tiene fama de constante. Es más: nuestra imagen científica del mundo depende crucialmente de que lo sea. La idea de Magueijo es revolucionaria... si se confirma.

Joao Magueijo es culpable de dos actos que en ciertas partes de la comunidad científica se consideran pecados: escribir un libro de divulgación de la ciencia y tener éxito con su libro. Incluso habló del "efecto Sagan": el astrónomo y divulgador Carl Sagan fue objeto de ataques por haber realizado un programa de televisión que vieron varios miles de millones de personas. Uno se puede reír de los científicos envidiosos que le reclaman a Magueijo el ser popular, pero el físico portugués también ha incurrido en otro pecado más cientificamente importante: en opinión de muchos físicos, su idea no es necesaria. En ese caso, Magueijo (y otros: desde luego, no es el único al que se le ha ocurrido esta idea) estaría proponiendo trastocar la física nada más porque sí (exagero, pero por el momento no es muy importante entrar en detalles).

Magueijo dio una plática muy entretenida. Nos contó "lo bueno, lo malo y lo feo" de sus relaciones con sus colegas y con la prensa. De sus colegas cuenta que ahora lo miran de soslayo y con desconfianza y de la prensa (sobre todo la especializada) dice que lo han malinterpretado hasta niveles absurdos. A decir verdad, me dio la impresión de estar un poquito amargado. Luego también detecté un susurro de algo más inquietante: ¿estaba empezando Magueijo a verse a sí mismo como un mártir de la ciencia?

El mártir de la ciencia es un personaje arquetípico. Es primo del mártir en general, personaje atractivo que nos gusta por su estoicismo taciturno y por su nobleza. En el caso del mártir científico, su historia típica va así: descubres, o se te revela, un resultado asombroso, nadie te cree, tú perseveras y te mantienes firme cuando en tu derredor todo el mundo se ofusca y tacha tu entereza, al final viene el gran momento de la reivindicación cuando se reconoce que tú tenías razón, te dan el Premio Nobel y tus enemigos se tienen que tragar sus palabras. La tentación de ponerse en este papel es muy grande.

La historia de la ciencia se narra muchas veces como una sucesión de genios incomprendidos y mártires. A veces incluso la historia es verdad: es el caso del físico israelí Dan Shechtman. En 1982 Shechtman encontró un material de estructura imposible. Perseveró y se convenció de que era cierto lo que le mostraban sus aparatos. Lo corrieron de su equipo de trabajo y lo mandaron a releer los libros de texto de su especialidad. El Premio Nobel de química Linus Pauling se burló de él. Pero pasaron los años, la gente se fue convenciendo y, para no hacerles el cuento largo, en 2011 Dan Shechtman recibió el Premio Nobel de química por descubrir una clase de materiales hoy llamados cuasicristales. En el caso de Dan Shechtman la historia arquetípica del mártir se realizó cabalmente; pero en otros casos el modelo del mártir es falso.

Es (posiblemente) el caso de la bioquímica Felisa Wolfe-Simon, del Instituto de Astrobiología de la NASA, que en 2010 publicó con unos colegas un artículo en la revista Science. El artículo informaba que los investigadores habían descubierto una bacteria originaria del lago Mono, California, que usaba arsénico en vez de fósforo para realizar diversas funciones. Todos los seres vivos de la Tierra usan fósforo. El que un organismo pudiera remplazar el fósforo por arsénico abría un montón de posibilidades para la vida en otros planetas. Todo indica que la NASA se precipitó al anunciar el resultado provisional de Wolfe-Simon y colegas. Todo indica también que la revista Science fue menos meticulosa que de costumbre, quizá por tratarse de un resultado con tal potencial para causar un gran impacto en la ciencia. El mismo día del anuncio y de la publicación del artículo ya muchos blogs científicos habían despedazado el resultado con análisis implacables de esos que a los científicos les gusta aplicar, especialmente a los resultados ajenos. Así pues, tres días después del anuncio ya era consenso que el equipo no había sido suficientemente diligente con sus evidencias, que la investigación estaba mal hecha y que la conclusión, por lo tanto, no se sostenía. Con todo, según dicen algunos, Felisa Wolfe-Simon siguió presentando el resultado en foros extracientíficos como si fuera cierto pese a la opinión de una comunidad de especialistas muy exigentes. La científica incluso había empezado, en sus pláticas, a hacer alusión a todos los personajes del pasado que fueron objeto de escarnio antes de verse reivindicados. Felisa Wolfe-Simon quizá había empezado a vestirse de mártir. (Mi amiga Antígona Segura, investigadora del Instituto de Ciencias Nucleares de la UNAM --que es amiga de Wolfe-Simon-- me cuenta, por otro lado, que la reacción de los colegas científicos no ha lucido tampoco por razonable: en los congresos, dice Antígona, la gente rehuye a Wolfe-Simon y le han aplicado la ley del hielo.)

He aquí las etapas por las que pasa el científico que se está erigiendo en mártir de la ciencia: primero empiezas a verte como un iconoclasta, una persona con ideas demasiado avanzadas para la comunidad científica. Luego toda crítica te empieza a parecer un ataque con motivos siniestros, un esfuerzo de ocultar la verdad, en vez de un procedimiento estándar en la ciencia para mejorar la calidad de los resultados científicos. Después empiezas a enumerar casos históricos de iconoclastas reivindicados: Galileo, Colón, los hermanos Wright. Finalmente, te empiezas a decir que, si se ríen de ti, es prueba de que en el fondo tienes razón. Ahí sí ya te perdimos.

Pero, como dice Carl Sagan, "se rieron de Colón, se rieron de los hermanos Wright... pero también se rieron de Bozo el Payaso". No es Galileo toda persona que haya sido objeto de burlas. Muchas veces las burlas no están erradas. Es más, yo diría que, en general, por cada Colón hay miles de Bozos, pero sólo nos llegamos a enterar de los colones y pervive el mito del mártir científico.