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martes, 24 de noviembre de 2009

El terremoto darwiniano

Se dice que William Shakespeare y Miguel de Cervantes murieron el mismo día. No es cierto, porque en aquella época Inglaterra usaba el calendario juliano mientras que España había cambiado al gregoriano en 1582. Los calendarios están desfasados 11 días, de modo que ése es el lapso que separa las muertes de los dos escritores más importantes de su época (y quizá de todas las épocas). Con todo, yo he oído a alguien decir, para señalar lo tremendo del acontecimiento, que ese día tendría que haber temblado la tierra.
Lo mismo se dice del hipotético encuentro de Joseph Haydn, Mozart y Beethoven.
Si los grandes acontecimientos culturales se anunciaran con terremotos, el 24 de noviembre de 1859 las fuerzas telúricas hubieran asolado la Tierra, porque ese día se publicó uno de los libros más importantes de la historia, El origen de las especies, de Charles Darwin.
Como los sismos de verdad, el sismo cultural darwiniano llevaba muchos años fraguándose (cerca de 30) y tuvo varios preanuncios, porque el tímido naturalista inglés hizo circular resúmenes entre sus amigos y colegas científicos. Luego, entre julio de 1858 y septiembre de 1859, Darwin se afanó frenéticamente para poner por escrito la idea completa.
El editor John Murray había comprado los derechos de El viaje del Beagle, relato de la travesía de cinco años que hizo Darwin a bordo de un barco de la marina británica entre 1831 y 1836. Darwin le escribió a Murray para ofrecerle su nueva obra, que se había convertido en un mamotreto de más de 400 páginas. "El libro tendría que venderse bien entre una gran cantidad de lectores tanto científicos como semicientíficos", le escribió Darwin, "puesto que trata de agricultura, así como de la historia de los animales y plantas de nuestro país y de las disciplinas de la zoología, la botánica y la geología. Me he esforzado al máximo, pero no sé si tendré éxito".
Murray le contestó sin demora que estaba dispuesto a publicar el libro, incluso sin haber visto el manuscrito. Darwin era un autor probado. El editor le prometió las dos terceras partes de las ventas como regalías (qué suerte; hoy los editores te dan el 10 %, si bien te va). El naturalista, un tipo que pecaba de decente, le ofreció retirar el manuscrito y liberar al editor de su promesa si a Murray le parecía, al leerlo, que no convenía publicarlo.
Con tres capítulos de muestra en mano, John Murray consultó a algunos amigos suyos. Uno le recomendó imprimir 1000 ejemplares; otro expresó reservas en una larguísima carta, pero Murray cumplió su promesa como un caballero. Eso sí: le sugirió a Darwin retirar del título las palabras "resumen de un ensayo". Supongo que un ladrillo de 400 páginas que promete ser sólo un resumen podía espantar a los lectores.
El naturalista siguió trabajando, pero estaba harto. Para relajarse se dedicó a jugar al billar con sus hijos. El año anterior había hecho instalar en su mansión una mesa de billar que le daba solaz, como escribió Darwin a su primo William Darwin Fox: "el juego me hace mucho bien y me saca de la cabeza las horribles especies". El manuscrito corregido quedó listo a fines de septiembre. "Dios sabe qué pensará el público", escribió Darwin en una carta a Alfred Russell Wallace.
El 24 de noviembre de 1859 salieron a la venta 1250 ejemplares de El origen de las especies con un precio de 15 chelines. Todos se vendieron el mismo día, aunque a las librerías y no directamente al público. Ese día no tembló en Inglaterra, pero el libro de Darwin empezó a dar de qué hablar. Tanto, que el 25 de noviembre Murray le solicitó a Darwin una segunda edición, que el pobre no tenía ningunas ganas de preparar por estar enfermo y cansado. Al poco tiempo, empero, salieron 3000 ejemplares más.
Hoy las ideas que expuso Darwin en El origen de las especies se reconocen como el principio rector de la biología moderna, la estructura que apuntala todo lo que sabemos del mundo biológico. Así que si hoy llega a temblar, a lo mejor son las fuerzas telúricas celebrando los 150 años del libro más importante de Charles Darwin.

martes, 30 de junio de 2009

Dedos de ballena

En el capítulo 55 de la novela Moby Dick, del escritor estadounidense Herman Melville, el narrador lamenta que no haya ilustraciones de ballenas que hagan justicia a estos animales. Hasta el siglo XIX las ballenas estaban mal representadas en las ilustraciones tanto de profanos como de expertos. Ilustradores de la historia de Jonás (personaje bíblico que vivió varios días en las entrañas de un monstruo marino llamado Leviatán) y naturalistas yerran por igual al dibujar ballenas. Quien no les pone escamas, las representa con surtidores de agua saliéndoles de la cabeza (imagen muy popular en las caricaturas de hoy, por cierto). Otros les dan ojos descomunales y uno más las representa con la cola vertical en vez de horizontal.


No es que el narrador de Moby Dick tenga derecho a quejarse de los errores de observación científica de los demás. Él mismo comete uno grave: llamar peces a las ballenas, que son mamíferos. Pero por lo menos podemos confiar en que ha visto ballenas con sus propios ojos. Los errores de quienes no han tenido oportunidad de vivir en un barco ballenero los atribuye el narrador a que estas personas sólo han visto ejemplares varados en la playa. Es como querer dar idea de la majestad de un navío con las velas desplegadas a partir de los restos destrozados de un naufragio.

Dice el narrador de Melville: “Pero podría pensarse que a partir del esqueleto desnudo de la ballena varada se puede obtener información exacta acerca de su verdadera forma. No es así. Pues es una de las más insólitas características de este Leviatán que su esqueleto da muy mala idea de su forma general”. Y un poco más adelante: “Esta particularidad se nota especialmente en las aletas, cuyos huesos responden casi exactamente a los de una mano humana. Esta aleta tiene cuatro dedos óseos: el índice, el medio, el anular y el meñique. Pero todos estos huesos están permanentemente alojados en una funda de carne, como los dedos humanos en mitones”.

En la sala de biodiversidad del museo de ciencias Universum puedes comprobar lo que afirma el narrador de Moby Dick. Desde el vestíbulo del museo se ve colgado un esqueleto de ballena de cerca de 10 metros de largo (es un bebé). Pertenece a las colecciones del Instituto de Biología de la UNAM. A ambos lados de la caja del tórax cuelgan los famosos huesos de las aletas, con todas sus falanges, falanginas y falangetas. ¿Por qué tiene dedos un esqueleto de ballena? Porque la historia de un organismo deja huellas en su fisiología. Tal vez los huesos de las aletas de las ballenas no revelen la forma del animal, pero sí dicen mucho acerca del pasado de su especie.

Lo mismo ocurre en el ámbito de la tecnología. Los aparatos que usamos hoy también guardan huellas de su pasado. Veamos un caso que me ayudará a explicarles por qué tiene dedos una aleta de ballena.

QWERTY

Vamos a inventar la máquina de escribir. Ya sé que alguien se nos adelantó 130 años, pero imagínense que no existen estos aparatos y que nunca hemos visto una. Primero inventamos una manera de imprimir letras en una hoja de papel. Ahora necesitamos lo que hoy en día se conoce como interfaz: un artefacto para comunicarle nuestras intenciones a la máquina. Lo más natural será un tablero de palancas o botones que accionen las letras. ¿Cómo distribuimos los botones o palancas en el tablero? Podríamos usar el orden alfabético, un sistema para ordenar muy socorrido que se conoce en una buena parte del mundo. Después de todo, ya se usa en diccionarios y enciclopedias. Así pues, el primer botón corresponderá a la letra A, el segundo a la B, y así sucesivamente.

Hemos inventado la máquina de escribir (bueno, más o menos).

Ahora fíjate en el teclado de una computadora. Las letras, como te darás cuenta, no están distribuidas de esta manera tan razonable que hemos ideado. La hilera superior de letras empieza con la Q, sigue con la W, luego la E, la R, la T, la Y. Esta distribución de las letras tan insólita se conoce como teclado QWERTY por razones más o menos obvias. El teclado QWERTY parece absurdo. Es difícil aprender a usarlo. Yo aprendí en la secundaria (en máquinas de escribir porque aún no había computadoras presonales). Teníamos que practicar mucho. Cuando nos aprendíamos la posición de una letra, la maestra le ponía al botón correpondiente un taponcito de plástico de color para taparla. A mí me tomó varios meses tapar la mayor parte del teclado (y nunca lo tapé por completo). Aprender a escribir en el teclado QWERTY no es cualquier cosa.

De hecho, el teclado QWERTY es tan complicado que uno sospecha que detrás de ese orden desordenado debe haber una buena razón. Y la hay.

La primera patente para una máquina de escribir la concedió la reina Ana en Inglaterra el 7 de enero de 1714 a un tal Henry Mill. Durante el siglo XIX hubo muchos intentos de fabricar un aparato para escribir rápido, que además de rápido fuera práctico, pero nadie lo consiguió

En 1867 tres inventores radicados en Milwaukee, Wisconsin, hicieron un prototipo de máquina de escribir. Uno de ellos, Christopher Latham Sholes, había leído en la revista de divulgación de la ciencia Scientific American un artículo acerca de una máquina de escribir fabricada en Gran Bretaña. Sholes construyó 30 modelos de prueba y el 1 de marzo de 1873 firmó un contrato con la fábrica de armas Remington para manufacturar su invento. En los primeros meses de 1874 la Remington lanzó al mercado la primera máquina de escribir funcional. La máquina de Christopher Latham Sholes y sus amigos ya incluía el teclado QWERTY.

Pero los primeros modelos no. Sholes y sus colaboradores tuvieron al principio la misma idea que nosotros: poner los botones en hileras ordenadas alfabéticamente. Ahora bien, la ciudad de Milwaukee no era exactamente el centro del universo. Las máquinas herramientas de que disponían los socios no servían para fabricar piezas de precisión, de modo que el mecanismo de la máquina de escribir tenía algunos defectos. El peor: se trababa cuando uno tecleaba demasiado rápido. Especialmente si dos letras sucesivas eran vecinas en el mecanismo.

Sholes echó mano de un estudio realizado por el educador Amos Densmore, hermano del socio capitalista de Sholes. Densmore estudió las frecuencias con que aparecían en inglés todos los pares de letras (por ejemplo, el par TH es bastante común en esa lengua). Sholes separó las letras que formaban pares frecuentes para que los mecanógrafos más veloces no trastornaran el burdo mecanismo de la primera máquina de escribir. El resultado fue el teclado QWERTY. Sholes se fue corriendo a la oficina de patentes. Poco más de 100 años después, mis compañeros y yo batallábamos para aprendernos su absurdo sistema.

Que no es absurdo. El misterio se ha disipado. El teclado QWERTY sirvió para resolver un problema técnico de su tiempo. Y lo resolvió muy bien. Escribir con la máquina de Sholes era mucho más rápido que a mano y que con el teclado alfabético, que producía trabazones cada tres teclazos.

Ahora el misterio es que sigamos usándolo. Durante el siglo XX se inventaron varias disposiciones distintas de las teclas. Está demostrado que todas son superiores al teclado QWERTY en facilidad de aprendizaje y velocidad. Pero para cuando se inventaron las alternativas, ya había millones de máquinas de escribir en el mundo. Los usuarios se habían aprendido el teclado QWERTY y nadie estaba dispuesto a cambiarlo por otro. Las aparentes ventajas de los otros teclados no eran ventajas frente al tremendo esfuerzo que haría falta para que todos aprendiéramos a usar otro teclado. En cierta forma, el teclado QWERTY sigue siendo una buena idea, aunque el problema técnico que lo originó haya desaparecido hace mucho. La historia ha dejado un rastro que se conserva incluso en nuestras modernas computadoras. Y se conserva porque sería muy costoso y complicado cambiarlo.

Evolución de los cetáceos

Volvamos a la ballena de Universum con sus (aparentemente) absurdos e inútiles dedos. Los dedos de las ballenas son tan absurdos e inútiles, de hecho, que uno se pregunta si no habrá una buena razón para que existan. Y la hay.

Los dedos de las ballenas son el rastro inconfundible de que estos mamíferos marinos tuvieron antepasados que fueron mamíferos terrestres. Dicho de otro modo, son la huella de la evolución. El narrador de Moby Dick no se lo imaginó, pero su amado Leviatán tiene esos huesos porque desciende, por una línea muy larga, de mamíferos costeros que pasaban parte del tiempo en el agua.

En años recientes los paleontólogos han ido encontrando los restos de todos los eslabones de la cadena evolutiva de las ballenas, que va desde un mamífero claramente terrestre llamado Pakicetus (paki porque lo encontaron en Pakistán, cetus por ser un antiguo cetáceo), pasando por varios anfibios (Kutchicetus, Rhodocetus) hasta mamíferos inconfundiblemente acuáticos, como el Dorudon y el basilosaurio.

La clave para reconocer las distintas etapas han sido los huesos de las patas traseras. Los fósiles más antiguos (el Pakicetus, de unos 53 millones de años de antigüedad y el Ambulocetus, de 48) tienen patas traseras que se adivinan fuertes y funcionales. En los intermedios (Rhodocetus, de 45 millones de años de antigüedad) las patas traseras, aunque presentes, ya no sirven bien para mantener en pie a la mole del animal. A los fósiles más recientes (Dorudon y Basilosaurus, ambos de hace unos 38 millones de años) les quedan sólo patas vestigiales que aún se extienden fuera del cuerpo, pero que ahora sirven para maniobrar, como el timón de cola de un avión. Algunas ballenas modernas tienen todavía unos vestigios óseos de patas traseras, que crecen enterrados en la musculatura de la parte posterior del animal.

Una señora tacaña

Los miembros de una especie no son todos idénticos. Entre padres e hijos hay variaciones al azar, llamadas mutaciones. La gran mayoría de estas variaciones son imperceptibles y dejan al organismo hijo igual de bien adaptado que sus padres al estilo de vida de su especie. Pero de tanto en tanto aparecen variaciones más notables. La mayoría producen “monstruos”: organismos inviables que no tardan en morir. Pero algunas, fortuitamente, pueden darle al individuo que las posea una ventaja sobre sus congéneres. Como dice Jorge Wagensberg, director del Museo de Ciencias de la Fundación La Caixa y colaborador de ¿Cómo ves?, las cebras, para sobrevivir, no tienen que ser más veloces que las leonas que les dan caza, sino más veloces que las otras cebras. Una cebra más veloz tendrá más probabilidades de vivir lo suficiente para dejar descendencia. Sus hijos heredarán esta ventaja. Nada les garantiza aun la supervivencia (igual pueden morir aplastados por un piano, por veloces que sean). Pero al cabo de muchas generaciones, los herederos de esa ventaja fortuita se irán haciendo más numerosos entre la población, hasta dominarla. Acumulando cambios durante millones de años, las poblaciones se diferencian hasta separarse en especies distintas.

La selección y acumulación de diferencias opera sólo cuando esas diferencias son ventajas (si no lo fueran, los organismos que las poseen simplemente no tendrían más probabilidades de sobrevivir que sus congéneres y no se harían más numerosos). El que sean ventajas depende del entorno de la especie. Ser veloces no les serviría de nada a las vacas, por ejemplo, ni a las almejas. Si el entorno no lo exige, las especies no cambian (salvo por las pequeñas variaciones al azar que mencioné antes). El proceso de selección que queda descrito aquí es ciego respecto al futuro. Sólo influyen las necesidades del momento. Por eso hay especies que no cambian en muchos millones de años. No es que la evolución los haya olvidado. Es que siguen adaptadas a su entorno.


Las huellas de la señora

El paleontólogo Stephen Jay Gould y su archienemigo, el filósofo Daniel Dennett, han usado el ejemplo del teclado QWERTY para simbolizar los rastros que deja la evolución en los organismos. Charles Darwin, en el siglo XIX, se regocijaba encontrando ejemplos de estos rastros. “¿Qué puede ser más curioso que el hecho de que la mano de un hombre, hecha para aferrar, la de un topo para cavar, la pata de un caballo, la aleta de una marsopa y el ala de un murciélago estén todas construidas sobre el mismo patrón?” escribió en uno de los últimos capítulos de El origen de las especies. Para Darwin, estas semejanzas “proclaman abiertamente que las incontables especies, géneros y familias de que está poblado este mundo son todas descendientes de antepasados comunes y todas se han modificado en el curso de las generaciones”. Luego, usando un poquito de retórica, Darwin añade: “yo no dudaría en adoptar este punto de vista (la evolución por selección natural) aunque para justificarlo no hubiera otros hechos ni argumentos”.

Hoy en día hay muchísimos más “hechos y argumentos” en favor de la evolución de los que presentó Darwin en 1859 (que ya eran numerosos, por cierto). Los biólogos ya saben cómo opera el proceso incluso en la escala molecular y no sólo anatómica y fisiológica. En Estados Unidos se están llevando a cabo experimentos con simulaciones en las que los organismos son programas informáticos que se reproducen e interactúan con su entorno digital. Los organismos producen especies que evolucionan adquiriendo habilidades complejas al cabo de varias generaciones sin intervención de los investigadores. Si ya en 1859 Darwin no veía motivos para rechazar la evolución, hoy en día la idea está tan firmemente establecida como la redondez de la Tierra.

martes, 7 de abril de 2009

Evolución en acción


En los bosques de abedules de Inglaterra vivía, a principios del siglo XIX, una especie de mariposa, la mariposa del abedul, de nombre científico Biston betularia. A los pájaros les encantaba comérselas. Pero la mariposa del abedul era difícil de ver, porque por su color se confundía con los líquenes que crecían en los troncos de los abedules. La mariposa estaba muy bien adaptada, luego de muchas generaciones de selección natural, a ese entorno en el que hay depredadores que se la quieren comer y abedules con líquenes que le permiten ocultarse.

 

Mariposa del abedul oculta (más o menos) entre lo líquenes para que no la vean sus depredadores.

 

Ocasionalmente, nacían mariposas del abedul completamente negras. Por supuesto, éstas no estaban protegidas. Los pájaros las veían con mucha facilidad y se las comían. Esos individuos casi nunca dejaban descendencia y la proporción de mariposas negras se mantenía muy baja en la población total.

 

Una Biston betularia negra al descubierto en un fondo claro. Las aves no tenían dificultad en localizarlas y comérselas.

 

Durante la Revolución Industrial proliferaron las fábricas con máquinas de vapor. Esas fábricas tenían chimeneas que vomitaban humo negro. El humo se difundió por los bosques y empezó a cubrir de hollín los troncos de los abedules en los que se ocultaban las mariposas. El entorno de la Biston betularia cambió repentinamente. Las mariposas del abedul normales no estaban bien adaptadas para este nuevo entorno.

 


La Revolución Industrial. El humo de las fábricas volvió negros los troncos de los abedules. La mariposa del abedul ya no tenía dónde ocultarse. Por suerte, las mariposas no son todas iguales. La variabilidad genética salvó a la especie.

 

Pero las negras sí. Los papeles se invirtieron debido al cambio del entorno. Las aves empezaron a comerse a las mariposas moteadas como líquenes y las negras pudieron dejar descendencia. Al cabo de unos cuantos decenios, la proporción de mariposas del abedul negras aumentó muchísimo.

Antes y después. Estar bien adaptado depende de tu entorno. Antes de la contaminación debida a la Revolución Industrial, cuando los abedules estaban cubiertos de líquenes, la Biston betularia moteada tenía más probabilidades de sobrevivir y dejar descendencia. Por lo tanto, era más numerosa. Cuando los troncos se cubrieron de hollín, la variedad negra proliferó porque las aves no la veían.

 

Observen que el proceso de selección es completamente automático. Lo único que se requiere es: 1) variabilidad genética (que al reproducirse no todos los individuos salgan iguales; en el caso de la Biston, que algunos individuos nazcan negros) y 2) un rasgo del entorno que sirva como filtro (porque favorece a unos y desfavorece a otros; en este caso, las aves que se comen preferentemente a las mariposas que ven).

 

Noten también que no son los individuos los que se adaptan con la selección natural y la evolución: una mariposa negra siempre será negra y una moteada siempre será moteada. El cambio opera sobre la población a lo largo de varias generaciones. Las mariposas moteadas no se transforman en negras, sino que la proporción de mariposas negras aumenta y la de moteadas disminuye.

 

Las Biston betularia negras no son una nueva especie porque se pueden aparear perfectamente bien con las moteadas. Para que surjan nuevas especies hace falta que se acumulen muchos cambios adaptativos como éste, y eso toma muchas generaciones y muchos cambios en el entorno. Todas las especies que existen hoy —bacterias, hongos, plantas, animales— son producto de unos 4000 millones de años de selección natural desde que apareció la vida en la Tierra.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Día de Darwin

A los 22 años, el joven e indolente Charles Robert Darwin se embarcó en el Beagle, navío de Su Majestad Británica, para recorrer el mundo acompañando a una expedición encargada de hacer mapas de Sudamérica y las islas del Pacífico. El padre de Charles hubiera querido que su hijo fuera médico, pero a la primera disección de cadáveres el joven tiró la toalla. Lo que le gustaba era coleccionar insectos, pasear por el campo, cazar. Papá Darwin se imaginó a su hijo como clérigo rural, posición respetable y que le permitiría ganarse el sustento más o menos bien. Con la expedicion del Beagle, a la que Charles se apuntó sin pensárselo dos veces, las ilusiones del padre se las llevó el viento. Es como cuando a los padres mexicanos el hijo les dice que no quiere ser futbolista. ¡Amarga decepción!

Durante el viaje, que duró cinco años, Charles durmió a la intemperie en Brasil, cazó y comió avestruces, cabalgó con los gauchos en Argentina, encontró fósiles marinos en lo alto de los Andes, descubrió fósiles de especies extintas en Sudamérica, exploró las islas del Pacífico...y cambió totalmente de opinión respecto al origen de toda esa diversidad de formas de vida que encontró en mares, montañas y selvas. Depositario de la creencia normal en su medio y su época --que las especies las creó Dios en unos cuantos días y hace no mucho tiempo--, Charles Darwin volvió de su viaje con una gigantesca base de datos que lo llevarían a concluir una cosa completamente distinta. Al volver a Inglaterra en 1836 Darwin traía 368 páginas de notas sobre zoología, 1,383 de geología, un diario de 770 páginas, 1,529 especies en alcohol y 3,097 ejemplares deshidratados, además de un par de tortugas vivas de las islas Galápagos. Las cartas que el joven había enviado a sus profesores durante el viaje circularon por Europa y a su regreso Charles descubrió que, con sus 27 años, ya era un científico célebre entre sus colegas.

Charles Darwin se casó, se fue a vivir a una mansión en el campo, tuvo 10 hijos y fue un padre ejemplar. Al mismo tiempo, fue digiriendo sus experiencias en el Beagle y organizando sus datos. Para 1838 ya había llegado a una interpretación de todo lo que vio, pero siguió madurando su hipótesis y sopesando las posibles objeciones a su idea.

La cual, por cierto, NO es la evolución. Darwin no la inventó. Desde el siglo XVIII había quien pensaba que las especies de hoy provenían de especies de ayer que eran distintas a ellas. No había otra forma razonable de explicar todos esos fósiles de animales que claramente ya no existían. El abuelo de Charles, Erasmus Darwin, tenía su propia teoría de la evolución, como también la tenía Jean-Baptiste de Lamarck. En la teoría de Lamarck, por ejemplo, las jirafas habían adquirido su largo cuello a fuerza de estirarlo para alcanzar las hojas más altas de los árboles. Los individuos que conseguían alargarse el cuello les heredaban esta característica a sus descendientes, los cuales podían estirar el cuello todavía más, y así... En resumen, teorías de la evolución no faltaban cuando nació Charles Darwin, hace exactamente 200 años.

No: la idea revolucionaria de Darwin no es que las especies cambian, sino el mecanismo mediante el cual cambian: la selección natural. Darwin tardó más de 20 años en preparar, resumir, volver a redactar su obra más importante. En El origen de las especies Darwin reúne todos los datos que recogió durante su travesía, pero también después, consultando con criadores de perros, palomas y ganado, así como con expertos y aficionados a la historia natural de todo el mundo. La selección natural está en todas partes. Si usted ha comprado un antibiótico de nueva generación, debe saber que los de la vieja generación dejaron de funcionar. ¿Por qué? Porque, al introducirse éstos en el ambiente de las bacterias patógenas, acaban con la mayoría, pero algunas sobreviven por ser más resistentes. Ésas se reproducen y así se va formando una población cada vez más grande de bacterias resistentes al antibiótico. Ha surgido una nueva especie. Lo mismo pasa con los antisépticos que se emplean en los hospitales. El antiséptico actúa como filtro que mata muchas bacterias, pero deja vivas a unas cuantas, las más resistentes. Éstas se reproducen. El antiséptico vuelve a filtrar, las bacterias vuelven a reproducirse. Al cabo del tiempo obtenemos una población de súper bacteriosaurios que no hay manera de eliminar. Por eso no dejan entrar a los niños en los hospitales.

He aquí un buen resumen de la revolucionaria idea de Darwin:



El propio Darwin resumió su idea así en la introducción de El origen de las especies:

"Puesto que, de cada especie, nacen muchos más individuos de los que pueden sobrevivir; y puesto que, en consecuencia, se produce una pugna por la existencia, se sigue que si un individuo tiene variaciones que le confieran alguna ventaja, por ligera que ésta sea, tendrá más probabilidades de sobrevivir, y así ser seleccionado naturalmente. Por el fuerte principio de la herencia, toda variedad seleccionada tenderá a propagar su nueva forma" (Darwin, The Origin of Species, Penguin Books, Nueva York, 1958).

Darwin era una persona muy minuciosa. Cuando por fin publicó El origen de las especies, hace exactamente 150 años, el libro llevaba varios escudos antimisil retóricos. Charles Darwin había previsto muchísimas objeciones. He aquí lo que escribe acerca del éxito que tuvo El origen cuando se publicó:

"Creo que el éxito de El origen puede atribuirse en gran parte a que mucho antes yo hubiera escrito dos esquemas condensados, y a que finalmente resumiera un manuscrito mucho más grueso, que ya era a su vez un resumen. De esta forma pude seleccionar los datos y conclusiones más notables. Durante muchos años he seguido también una regla de oro, a saber, que siempre que me topaba con un dato publicado, una nueva observación o idea que fuera opuesta a mis resultados generales, la anotaba sin falta y en seguida, pues me había dado cuenta por experiencia de que tales datos e ideas eran más propensos a escapárseme rápidamente de la memoria que los favorables. Debido a esta costumbre se hicieron muy pocas objeciones contra mis puntos de vista que yo no hubiera al menos advertido e intentado responder". (Charles Darwin, Autobiografía, Alianza Editorial, Madrid, 1993).

Así, por ejemplo, este argumento que me encuentro en el capítulo VI de El origen. En la teoría de la evolución por selección natural es fundamental que las características de las especies (por ejemplo, el color de las flores, las alas de las mariposas...) sean útiles para el individuo que las posee (o que les hayan sido útiles a sus antepasados). Pero muchos naturalistas de la época le objetaron a Darwin que, al contrario, muchas características, como el color de las flores, no tenían otra utilidad que parcernos hermosas a las personas. Dicho de otro modo, si las flores eran hermosas, era porque Dios así las había creado para nuestro solaz. Darwin responde:

"El sentido de la belleza depende, evidentemente, de la naturaleza de la mente, sin que intervengan en nada las cualidades reales del objeto de nuestra admiración; y la idea de lo bello no es ni innata ni inalterable. Lo vemos, por ejemplo, en los hombres de razas distintas, que tienen normas de belleza muy distintas para sus mujeres. Si los objetos bellos hubieran sido creados únicamente para deleite del hombre, habría que demostrar que antes de la aparición del hombre había menos belleza sobre la faz de la Tierra que después. ¿Se crearon las hermosas conchas cónicas del Eoceno, o las delicadas formas de las amonitas del periodo Secundario, para que, millones de años después, el hombre las admirara en su despacho? Pocas cosas hay más hermosas que las diminutas conchas de las diatomeas; ¿se crearon éstas para examinarse y admirarse al microscopio? La belleza en este último caso, y en muchos otros, se debe, al parecer, a la simetría del crecimiento".

¿Y las flores? Los colores son para atraer a los insectos polinizadores, no a nosotros. ¿Cómo lo sabe Darwin? Porque no conoce ni un solo caso que contradiga esta observación: que las flores polinizadas por insectos tienen corolas de colores atractivos, en cambio las flores polinizadas por el aire no. Lo mismo con los frutos: los tienen las plantas que utilizan a los animales para difundir sus semillas. El fruto sirve para convencer, por así decirlo, al animal a comérselos y así diseminar las pepitas que llevan dentro. En otras palabras, los frutos son pura retórica vegetal.

En su autobiografía, que Darwin escribió para beneficio únicamente de sus hijos, el autor de El origen de las especies pone una nota de lo más sabrosa, si se toma en cuenta que aún hay gente que encuentra polémicas sus ideas (además de que deja una idea muy clara de la decencia y nobleza de espíritu del personaje):

Mis opiniones han sido a menudo groseramente tergiversadas, amargamente combatidas y ridiculizadas, pero creo que por lo general esto se ha hecho de buena fe. No me cabe duda de que, en conjunto, mis obras han sido una y otra vez sobrevaloradas. Me alegro de haber evitado las controversias, y eso lo debo a Lyell (Charles Lyell, su maestro de geología), que hace muchos años, y en relación con mis obras geológicas, me aconsejó firmemente que no me enredara en polémicas, pues raramente se conseguía nada bueno y ocasionaban una triste pérdida de tiempo y de paciencia".

Y un poco más adelante, en el mismo libro:

"Recuerdo cuando, estando en la Bahía del Buen Suceso, en la Tierra del Fuego, pensé (y creo que escribí a casa en ese sentido) que no podría dar a mi vida mejor utilidad que la de añadir algo a la ciencia natural".

Pues misión cumplida, Darwin. Feliz cumpleaños a ti y a la selección natural.

Lo que sigue es mi presentación para el 8vo aniversario de la revista ¿Cómo ves?, en diciembre de 2006, cuando acabábamos de publicar un número especial sobre la evolución:



La evolución según Los Simpson: