domingo, 23 de enero de 2011

Libros al acecho

A manera de disculpa por no haber llenado el blog esta semana les ofrezco esta incitación a la lectura que escribí para la revista Leer y leer:

Tengo un amigo que un día, después de cenar, encontró la manera de viajar más rápido que la luz sin violar los estatutos de doña Teoría de la Relatividad, cosa que no había conseguido nadie. Y no es que a nadie se le hubiera ocurrido. Cualquier adepto de la ciencia ficción sabe que los 300 mil kilómetros que recorre la luz en un segundo no son nada cuando se trata de salvar distancias cósmicas. También sabe el adepto que esos 300 mil kilómetros por segundo son la máxima velocidad posible en el universo: nadie ni nada puede viajar más rápido, lo cual siempre ha sido de lo más molesto para los escritores serios de ciencia ficción (los que le ponen la misma medida de ciencia que de ficción). Éstos casi siempre recurren a soluciones de segunda para que sus viajeros espaciales puedan recorrer las distancias que los separan de sus destinos interestelares e intergalácticos sin tardarse una eternidad: que la nave entre en el “hiperespacio”, que a los personajes se los trague un agujero de gusano, que se caigan en un hoyo negro… en fin, cualquier cosa con tal de salir del apuro. Estas soluciones al problema del límite de velocidad que impone la teoría de la relatividad son como echar con la escoba el polvo debajo de la alfombra. Por oculto que esté, el polvo sigue ahí.

Entra en escena mi amigo Miguel Alcubierre, hoy investigador del Instituto de Ciencias Nucleares de la UNAM. Como narro en mi libro ¡Qué científica es la ciencia! (Paidós, 2005), Miguel acababa de ver un capítulo de la serie Viaje a las estrellas cuando lo visitó la musa de la relatividad. El asunto está narrado con detalle en el libro. Baste decir aquí que Miguel encontró la manera de deformar el espacio para que las cosas se puedan mover a velocidades arbitrariamente grandes sin echar por la borda la teoría de la relatividad.

Desde entonces Miguel brilla como supernova. Aunque él no siguió por ese camino, su artículo original sobre este tema abrió una veta de investigación que han explotado varios físicos de distintos países. ¿De dónde le salieron a Miguel esas ideas? La inspiración directa, claro está, proviene de Viaje a las estrellas. Pero yo que lo conozco sé que siempre fue un ávido devorador de libros. Una infancia llena de libros es lo que formó a Miguel. Somos lo que leemos.

Desplegar las velas

Los barcos de antes, para moverse, desplegaban velas más amplias cuanta más fuerza necesitaran recoger del viento para desplazarse. Una partícula a la que se acribilla de energía en un experimento físico tiene más o menos probabilidades de captar esa energía según sean sus propiedades –su masa, su carga, su tamaño. Los físicos llamamos sección de dispersión a esa capacidad de captar. Ahora bien, captar –pero no energía, sino información y significados— es lo que tiene que hacer una persona para desempeñarse mejor en la vida y disfrutarla más. El propósito de la educación debería ser aumentarles la sección de dispersión a los alumnos, dotarlos del más amplio velamen para que puedan captar el mundo en toda su asombrosa riqueza y complejidad.

Se ha dicho, aunque con otras palabras, que ésa es la función de los libros. Hoy en día ya no basta la información que puede extraer el individuo de su propia experiencia. Por suerte existen los libros, que nos liberan de ser “sólo” nosotros mismos porque nos dejan aprovechar la experiencia de otros. El efecto de los libros es aumentarnos la sección de dispersión: un buen lector puede viajar, aprender y conocer a mucha gente —captar más cosas a su paso por el mundo— sin levantarse de la silla. El libro es experiencia concentrada.

Ésa es una forma de ver los libros. Otra es considerarlos azadones que van abriendo surcos y echando semillas, preparando el terreno de la mente del lector para fructificaciones y abundancias futuras. También se les puede ver como aparatos de ortodoncia cerebral que van abriendo espacio en la mente.

El entendedor (casi) independiente

¿Qué lee un científico en ciernes? No conozco la historia lectora de ninguna persona importante en la ciencia, pero la mía es más o menos típica (por lo menos entre mis amigos científicos y divulgadores), por lo que me permitiré la impudicia de contarles una parte. Le debo a un libro mi primera experiencia del placer de entender (y mi primer dolor de cabeza por esfuerzo mental). Era un libro que saqué de la biblioteca de mi escuela. No recuerdo ni el título ni el nombre el autor (yo tenía nueve años), pero sí que era un libro pequeño, de unos 10 por 15 centímetros, y que explicaba cómo funciona el motor de un coche. Nunca se me había ocurrido preguntárselo a mi papá, y quizá él no hubiera podido explicármelo muy bien. Ni siquiera se me había ocurrido que aquello podía estar a mi alcance. Me llevé el libro a mi casa, me senté en mi sillón preferido y me enfrasqué en la lectura reveladora.

Para las ocho de la noche, hora en que había que estar en la cama sin remedio, ya había entendido yo que la potencia del motor se gestaba en cuatro tiempos, durante los cuales le ocurrían cosas complicadas a la gasolina: primero entraba en los cilindros como nebulizaciones mediadas por el carburador, luego se comprimía, luego el distribuidor hacía soltar una descarga eléctrica a la bujía correspondiente. Con esto, la mezcla de gasolina y aire explotaba, obligando al pistón a bajar, lo que transmitía la fuerza de la explosión al cigüeñal, que a su vez la transmitía a las ruedas. Pasado el momento culminante de la explosión —que era como el do de pecho de un motor de combustión interna— el pistón subía (mientras otro de sus compañeros explotaba: ése era el secreto de la continuidad del movimiento), con lo cual expulsaba los gases sobrantes de la combustión y quedaba listo para empezar otra vez, todo en cuestión de fracciones de segundo. ¡Ajá!

Esa noche me fui a la cama muy satisfecho de saber que nada podía ser tan complicado que me rebasara, y que para entenderlo no me hacía falta que mis adultos lo supieran: bastaba con que hubiera un libro.

El proceso se repitió con el libro Nuestro amigo el átomo, de Heinz Haber, ilustrado por Walt Disney (o sus animadores). Recuerdo especialmente la ingeniosa metáfora que me ayudó a entender lo que era una reacción en cadena, fenómeno sin el cual no se podría extraer energía del átomo ni para bien ni para mal. En una página del libro se veía un lugar sembrado de ratoneras. Cada ratonera tenía encima una pelota de ping pong que salía volando al dispararse el aparato. Había que imaginarse qué pasaría si uno lanzara otra pelota entre las ratoneras cargadas. La pelota caía en una ratonera y la disparaba, con lo que salían volando dos pelotas, las cuales iban a dar a sendas ratoneras. Éstas saltaban. Ya había cuatro pelotas en el aire. Las cuatro pelotas se convertían en ocho y éstas en 16, y así sucesivamente. Al rato el recinto era una pesadilla de ratoneras desbocadas y pelotas enloquecidas. Eso es, más o menos, lo que sucede en un pedazo de uranio al que se bombardea con neutrones. Los neutrones son la primera pelota de ping pong, las ratoneras son los átomos de uranio y su carga de pelotas son los neutrones y protones de sus núcleos. El disparo de la ratonera es la desintegración radiactiva de un átomo de uranio. La cosa estaba clarísima. “Reacción en cadena” pasó de inmediato a formar parte de mi léxico y de mi universo imaginario. ¡Cuántas veces habría de evocar la imagen de las ratoneras de pesadilla cuando me explicaron con más detalle en qué consistía una reacción nuclear años más tarde, en clase de física en preparatoria y luego en la universidad! Todavía me parece una alegoría luminosa.

Verano y asombro

Un día, cuando yo tenía 12 años, mi mamá llegó del súper con libros, como hacía de vez en cuando. Uno de esos libros era El reto de las estrellas, de Patrick Moore y David A. Hardy, un libro grande de pastas duras negras con el título en letras futuristas y cautivadoras ilustraciones de astronautas del futuro dando saltos de gigante en el terreno accidentado de un asteroide. El libro todavía tiene pegada en la contraportada una etiqueta verde que dice “Oferta 29.90”. Por menos de 30 pesos me enteré de que se estaba construyendo una nave reutilizable llamada “transbordador espacial” (cuando leí el libro el transbordador ya estaba casi listo), que había planes para estaciones espaciales, bases en la luna, naves que aterrizarían en Marte y sondas para explorar Titán, la luna más grande del sistema solar. En la página 16 había una ilustración de la superficie de Marte con un promontorio de roca en medio de un paraje desértico, todo iluminado por un lejanísimo sol verde en un cielo entintado. El sol de esa ilustración resaltaba tanto que no se podía leer esa página sin tenerlo presente continuamente, como si brillara con luz propia como el sol de verdad.

Ese mismo verano las naves Viking aterrizaron en el planeta rojo y tomaron fotografías del entorno. El suelo marciano resultó ser más rojizo y el cielo más luminoso que en las ilustraciones hipotéticas de El reto de las estrellas. Comparar las ilustraciones del libro con las fotografías reales fue muy formativo para mí: los científicos podían equivocarse y no por ello quedaban en ridículo. Mucho después aprendí que equivocarse es parte fundamental de la vida de un científico.

Algunas de las maravillas que prometía el libro se realizaron durante mi adolescencia y temprana juventud, y sigo esperando las que no. El reto de las estrellas me proporcionó mi primera visión panorámica de nuestro lugar en el universo y la voluntad de exploración de la especie humana. Por si fuera poco, los autores generosamente añadían al final unos capítulos más especulativos —menos científicos, quizá, pero más evocadores— sobre las exploraciones del futuro más remoto. Tal vez llegará el día en que, no contentos con explorar nuestro rinconcito de espacio, nos lancemos a otras estrellas (aunque para eso, no lo omitía el libro, faltaba muchísimo tiempo por las distancias inenarrables a las que se encuentran las estrellas). El reto de las estrellas me llenó el verano de asombro.

Las estrellas se mueven

No era mi primer libro sobre el espacio y la astronomía. En 1972, en la feria del libro de mi escuela, me compré el libro Fun With Astronomy, de Mae e Ira Freeman. Me costó mucho trabajo leerlo porque estaba en inglés y a mis ocho años no se podía esperar que fuera yo muy ducho en lenguas extranjeras. Con todo, algo colegí de mi lectura de Fun With Astronomy. Recuerdo de manera especialmente vívida la frase “Mantén fija la vista para ver moverse las estrellas”, que estaba impresa junto a la fotografía de un niño en una silla plegable de madera que mira un cielo salpicado de estrellas desde el pórtico de su casa en el campo. ¿Las estrellas se mueven? Ésa sí que era una novedad. Decidí comprobarlo. A falta de pórtico en el campo, puse mi silla frente al ventanal de la sala-comedor de nuestro departamento en la Colonia Cuauhtémoc, que daba a nuestro estacionamiento y los traspatios de todos los edificios vecinos. Encima de este paisaje urbano se veía una buena parcela de cielo. ¿Con que las estrellas se mueven? Eso lo vamos a ver. Me senté. Mantuve fija la cabeza. Esperé como si quisiera ver moverse la manecilla horaria de mi reloj (adquisición reciente, como el libro).

¡Se movían! Y aquello no era más que el reflejo de la famosa rotación de la Tierra, fenómeno tan cacareado por las maestras de la escuela pese a ser difícil de creer. Pues bien, ahí estaba la prueba ante mis ojos, gracias —no a la escuela, sino a un libro.

El brevísimo capítulo sobre los cometas (no más de un párrafo) tenía a pie de página una foto que decía: “El cometa Halley, que nos visitará otra vez en 1986”. Faltaba muchísimo tiempo, pero yo me puse a esperar. Un libro también puede enseñar a tener paciencia.

Evasión

Los libros de divulgación científica eran sólo una parte de mi vida de lector. El primer libro que leí fue Príncipe y mendigo, de Mark Twain. Tenía siete años e iba en primero de primaria cuando mi mamá decidió que ya estaba grandecito para poder leer en la cama solo. Me puso el libro en las manos (el ejemplar había sido suyo cuando era niña) y me dijo: “lees un ratito y cuando te canses, marcas dónde te quedaste y metes el libro debajo del colchón para seguir mañana”. Esa costumbre me ha durado hasta hoy.

Príncipe y mendigo fue el primer Everest literario que coroné. Al terminarlo me sentí orgulloso, como el alpinista que llega a la cima, pero al mismo tiempo melancólico. Esa noche descubrí la tristeza de tener que abandonar a unos personajes con los que me había encariñado. Era como separarse de un amigo de carne y hueso. Todo buen lector conoce esa tristeza. Más tarde, con otros libros, el dolor de la separación fue tan insoportable, que en ese momento volví a empezar el libro. Así me pasó con El señor de las moscas, de William Golding, pocos días antes de cumplir 13 años. De hecho, la historia de los niños ingleses que fundan en una isla una sociedad tan defectuosa y destinada al fracaso como la de sus padres me embelesó tanto, que leí el libro cuatro veces en el lapso de una semana: leía en la cama, en el coche de camino a la escuela y de regreso, en clase, en recreo y por la tarde, después de comer. Fue una experiencia muy intensa, aunque quizá no tan vívida como la de leer Mila 18, de León Uris, por la misma época.

Con ese libro sobre la vida de la resistencia judía en el gueto de Varsovia durante la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial sentí como nunca lo que es entrar en una historia. Durante la lectura se me olvidaba que estaba leyendo y me creía niño judío en el gueto de Varsovia. Un día, estaba yo oculto en un sótano a punto de morir de hambre y de frío, enfermo y sin saber dónde estaban mis padres, muerto de miedo porque arriba los alemanes estaban haciendo una inspección, cuando se me ocurrió cerrar el libro. El sótano desapareció, los alemanes se esfumaron. No me encontraba en Varsovia en invierno, sino en Cuernavaca en primavera, y todo era luz y alegría de vivir. Bueno, no todo. Tan absorto había estado yo en mi lectura, metido en una llanta de flotación en medio de una alberca, que el sol me achicharró y al poco rato no podía yo ni enderezar las rodillas del ardor. No había pomada que me lo calmara. Llegada la noche, por fin me consiguieron una crema maravillosa que me alivió el dolor y me curó a toda velocidad la piel semifrita. Al día siguiente me desprendía de las piernas sábanas de piel muerta y transparente con descuido… mientras seguía leyendo Mila 18. Ese libro estuvo a punto de matarme.

La emboscada de los libros

Para ser franco, no sé si es verdad que somos lo que leemos, como dije más arriba. O más bien, no sé si esa afirmación es verdad en el sentido de que nuestras lecturas nos determinan, pero creo que sí es verdad que lo que elegimos para leer dice mucho acerca de nosotros. Quizá haya una influencia mutua entre lo que por accidente nos cae entre las manos y nuestros gustos como lectores, y en ese caso tal vez valga la pena no desoír las recomendaciones del escritor francés Daniel Pennac.

En su libro Como una novela, Pennac aboga por una lectura ajena a todo fin utilitario, especialmente entre los aprendices de lector. Que la lectura no sea una obligación. La lectura como castigo —o como manda— resulta contraproducente. Usted como buen lector, ¿no deja libros a medias? ¿No se cansa de leer por temporadas? Daniel Pennac enumera los diez derechos del lector, que se han de observar para que la literatura no se convierta en instrumento de tortura. He aquí algunos de los derechos del lector según Pennac: el derecho de no leer, el derecho de saltarse páginas, el derecho de dejar un libro a medias. Los buenos lectores que conozco ejercen estos derechos por lo menos ocasionalmente. ¿Por qué no concedérselos a los estudiantes?

Eso sí: hay que tener libros por todas partes, libros al acecho del niño o el adolescente desprevenido que pueda un día abrirlos por descuido y quedar enganchado para siempre. ¿Qué tipo de libros? De todo: novelas, cuentos, divulgación científica (¡no olvidar la divulgación científica!). Se trata de dotar a nuestros estudiantes del más amplio velamen, de ofrecerles un menú variado. Si es necesario, dice Pennac, incluso se les puede leer en voz alta. Todo con tal de aumentar su sección de dispersión, que no es más que la posibilidad (no la seguridad) de cosechar de la vida más experiencias y más sensaciones. ¿Quién querría negarse esta posibilidad?

14 comentarios:

Lalo dijo...

Vaya, desde que leí las primeras líneas del texto ya intuía que usted hablaba de Miguel Alcubierre, es mi ídolo! Jaja, bueno, si tengo ganas de conocerlo porque mis amigos de la carrera que ya pasaron por Relatividad dicen que Alcubierre es la neta enseñando esa materia - ojala que algún día pueda meterla -. Por cierto que también recordé que uno de los artículos que más me gustaron de Alcubierre, lo hizo para la "Como Ves?" en el 2005 y ahí mencionaba también "El reto de las estrellas". A los niños deberíamos darles libros de astronomía pa' que desde chiquitos se emocionen con el Universo.

Por otra parte, leí "El señor de las Moscas" hace un año y es la onda ese libro, personalmente no lo leí tantas veces como usted, de hecho recuerdo que lo tuve arrumbado unos días porque pensaba que estaba aburrido - hey! tenía derecho a no leerlo, no? jaja - pero en cuanto lo empecé a leer no pude para y lo acabé en un día, quedé traumadisimo con la muerte de Piggy (Oh no!) y me emocioné al límite en el final, con la persecución de Ralph y eso...

Deberíamos enseñarles los "derechos del lector" a la gente desde que son chuquitos. Jaja, comenzaré con mi hermanito de 5 años.

Saludos!

José María Hdz dijo...

Qué bonito articulo, Sergio. Yo soy apasionado de la lectura, y siempre trato de incitar a otros a leer. Con mis amigos ya me di por vencido, pero voy a intentarlo con mis primos chicos y mis sobrinos.
Yo lei 'el señor de las moscas' cuando ya estaba grande y no me gustó tanto como a ti, sobre todo por lo que planeaban hacer con Ralph al final los otros niños (sin spoilers, Lalo!, hay gente que todavía no lo lee) me traumé un poco, pero me pareció muy buen libro.
Me diste ganas de escribir sobre este mismo tema en mi blog, con respeto y con tu permiso, voy a usar tu articulo como inspiración para una entrada.
Me parece muy interesante como a muchos nos pasa lo mismo en cuanto a algunas cosas, como las de volver a leer un libro porque quisieras que no se acabara, o emocionarse por aprender algo de un libro y quedarse con ganas de leer más para que suceda eso otra vez.
Saludos, Sergio, gracias por las recomendaciones.

Matalote dijo...

SErgio: Excelente entrada. Esta vez lograste catapultarnos a la infancia. Recordé mis lecturas infantiles. El primer libro que compré con mi domingo fue en la primaria (SEP), a los siete años de edad. Una antologia de Hans Christian Andersen titulada El soldadito de plomo y otros cuentos. Como gancho para la compra, el vendedor regalaba un poster. Yo escogí, ahora me apena decirlo, pero bueno eran los años 1970s, un poster de Donny Osmond. Que horror! El caso es que el poster desapareció pronto. El libro aún lo conservo, con sus páginas amarillentas y las huellas de uso. Mi primer libro de divulgación científica fue Los cazadores de microbios de Paul de Kruif, en sexto de primaria. Que interesante!

Por otra parte, comparto la idea de dejar libros al alcance de los niños, eso es genial pues los pequeños exploradores conocen cada rincón de la casa y esos descubrimientos son un tesoro. Sin embargo, es un hecho, que el desinterés de los niños y jóvenes a la lectura, no se debe únicamente a que los padres no les leen libros a sus hijos en la cama antes de dormir, sino que leer horriblemente, sin acentuación y sin dicción. Ese es un motivo para desilucionar a cualquier futuro lector.

Hace falta saber leer para disfrutar la lectura!

Karen Julibeth dijo...

Hablando de libros, ¿dónde puedo encontrar uno de los tuyos ‘Galileo Galilei: Observador del universo’? En gandhi, El Sótano y El FCE está agotado.
Saludos.

Anónimo dijo...

Me hubiera gustado conocer el mundo de la lectua a tan temprana edad como usted. Lamentablemente las oportunidades como esas se reparten desigualmente. Mi madre habría de conocer un centro comercial a la edad de 45 años. Yo habría de leer mi primer libro, en el cumplimiento de la mayoría de edad (no los conocía antes): lo que puede esperarse de una familia de campesinos más o menos pobres -situación en la que vive la mayor parte de la población mexicana.

Ahora he dejado de quejarme, aunque lo recuerdo con nostalgia: el ánimo de mis padre por encarar a ese entorno económico desgraciado permitió a mí y a mis hermanos gozar de mejores oportunidades de éxito que ellos y desarrollo profesional.

Espero que cada vez más niños y jóvenes de México trasciendan el muro infranqueable...

Pepe dijo...

namas faltaron los violines tocando una melodia triste para el comentario anterior

Luis Martin Baltazar Ochoa dijo...

Pepe, no me parece digno de sorna el comentario de anonimo... ES UNA REALIDAD que mucha gente no lee, porque primero, le interesa tener la panza vacia. ¡mas compromiso para el resto de nosotros, que tenemos dos bendiciones: una taco para la boca y un libro para disfrutar el taco! no, nada de violines.

Luis Martin Baltazar Ochoa dijo...

¡AMIGO DE REGULES! que estupendo recuento de tu vida personal y tu romance con las letras. Primero como consumidor y ahora como productor.

Tienes pero mucha razon, hay melancolia en la lectura. ¿como despedirse de personas (personajes serian si uno sintiera que son ficticios, pero yo que lso siento vivos y reales, les digo personas) que formaron tu circulo cercano por un mes, una semana, un dia, depende que tan avido fuera uno en la lectura.

Esas lecturas A PRESION de un solo dia, son a la vez un exceso, un atrevimiento y una delicia. Acaso una aventura... despues hay que disculparse con el libro, con el autor y las personas de tal libro, por la ansiedad y la torpeza de no comer letras, de tragarlas con avidez... la unica expiacion a tal ultraje es releer con el debido respeto, aprecio y hasta reverencia las desventuras, dichas, espantos, heroicidad y vilezas que se encuentran en esas paginas.

Los libros son amigos. Y los amigos son inagotables. Tambien lso libros. Se puede leer un libro una y otra y otra vez, igual que tomar con un amigo una y mil veces un cafe Y NUNCA SERA LO MISMO, siempre habra algo nuevo.

Quiero PRESUMIRLES algo: asi como hay gente compasiva que salva animalitos en desgracia hasta que los devuelve a una vida digna, me a tocado una o dos veces restaurar algun viejo libro caido en desgracia, caido en mis manos dentro de un paqueton de papel para reciclaje, ya para aprovechar solo su papel. Aqui los tengo en mi casa. Una compilacion de la decada en que yo naci (1965) en que un esforzado profesor de español acopio obras breves de poesia (prosa y verso) explicandolo junto con una esforzada devocion por la gramatica. Pocas cosas de mas orgullo he hecho que salvar a ese libro de su cruel destino.
Hay muchos libros en mi casa. Mas libros que librero, ya se le desbordan por todos lados. Mas que librero, es una bodega de libros. Pero son mis amigos, y mejor amplio mi casa que decirles adios. asi estoy con ellos.
Un libro, un amigo.
Hacermelo recordar, Sergio (jaja, como con master card), NO TIENE PRECIO. Saludos.

Moises dijo...

Aunque tambien hay gente que no lee porque no quiere.

Luis Martin Baltazar Ochoa dijo...

Moises: muy cierto. No saben que se pierden de algo fantastico. Saludos.

Moises dijo...

Woe que intenso se pone Sergio al leer.

Concuerdo con el, los libros deben estar ahi, al alcance los niños.

A mi de niño no me fomentaron la lectura en casa, al menos no directamente, pero mi madre me dio un libro de educacion ambiental cuando tendria 5 años para que lo hojeara, y asi lo hice aunque aun no sabia leer pero veia las imagenes.

Luego ya en la primaria, un domingo, simplemente porque se me hizo facil, simplemente porque me dieron ganas de leer, tome un ejemplar del principito y lo comence a leer fue el primer libro que lei y desde entonces me encanta leer.

Es bueno fomentar la lectura, pero tambien involucra una decision personal.

Luis Martin Baltazar Ochoa dijo...

A mi me gusta mucho leer, pero no se si en esto de la lectura se pueda aplicar como con la musica: en musica hay interpretes liricos, que aprenden de oido y son mas o menos buenos, incluso excelentes ejecutantes, pero tendrian mucho mejor nivel si en lugar de ser liricos tuvieran bases solidas de estudios musicales...

¿Habra algo equivalente en la lectura?

En mi caso, tuve la muy buena suerte que mi papá (q.e.p.d) tuvo la buena idea de comprar una enciclopedia por fasciculos, una de lso 70´s, se llamaba "enciclopedia de la vida" y tocaba muchos temas interesantes: salud, psicologia, sociologia, biologia, en fin. Me la eche al palto completita, asi de a poco. lastima que nunca se empastó, terminó regada por todos lados, pero antes la lei.

Y escuchar como cada quien tuvo un camino difrente a la lectura, tambien eso es interesante. Al menos a mi me da gusto conocer esas historias.

Sergio de Régules dijo...

A mí también me gusta mucho preguntarle a la gente sobre su historia lectora (o de lector, más bien), sobre todo a la gente que escribe.
Y sí, en efecto: lo que no se puede es OBLIGAR a leer. Después de todo, también hay gente buena y hasta interesante que no lee (pocos, pero los hay).

^_^ El norteño que vino del sur ^_^ dijo...

Mi querido Sergio. Excelente artículo. Con la formación científica que me dió estudiar química hice un experimento desde el nacimiento de mis hijos. Siguiendo un consejo del Dr. Seuss (el de "El Grinch"), por todos lados les ponía libros. Había libros junto a su cuna, según iban creciendo se encontraban libros en su cama, en, la cocina, su recámara y hasta en el baño; siempre que preguntaban algo, aunque me los supiera, les contestaba tomando un libro. Cuando les leía les iba señalando las letras que iba leyendo. Así, desde los 2 años, ya reconocían el alfabeto. Con las letras de un Scrabble, comenzamos a formar sílabas y palabras, de modo que a los 3 años, ya leían cualquier cosa y su juego favorito eran "las letras". Para no hacer el cuento largo, si yo digo ser un lector empedernido, comparado con ellos soy el técnico vs. los rudos. Actualmente el mayor estudia en Fac. de química de la UANL, la segunda biotecnología en la misma universidad y el tercero termina la secundaria. Cada año tengo que hacer un buen ahorrito, pues en la Feria Internacional del Libro en Monterrey me encanta complacerlos.
Normalmente prefieren ver una película, derivada de un libro, ya que lo leyeron, y son unos críticos feroces con la importancia de las escenas omitidas.

En lo personal estoy de acuerdo contigo en que hay libros que son difíciles de terminar, cuando te apasionan no quisieras que acabaran.
Libros que me hayan marcado? Muchos, pero quizas el más significativo fue Cosmoa de Carl Sagan, que leía en mis horas libres en la Fac. de química. De ahí asumí la frase de Carl; “La batalla contra las pseudo ciencias la podríamos perder por falta de comparecencia”. De modo que también le ponemos ganas en la divulgación de la ciencia.

Saludos