sábado, 12 de mayo de 2012

Mirada de científico

A los científicos se les exige (o se exigen a sí mismos) mirar el mundo sin prejuicios ni expectativas, desapasionadamente, para informar lo que se ve tal cual, sin deformaciones; o sea, observar pero eliminar al observador: un mirar descarnado que no mira desde ninguna parte. La idea de quitarse de enmedio, de eliminar al intermediario, es natural y muy bonita, pero hace mucho que los psicólogos, los expertos en percepción y los filósofos de la ciencia saben que no es práctica. ¿Por qué?

Cuenta el historiador del arte Ernst Gombrich que en tiempos del Romanticismo un pintor fue a copiar del natural la catedral de Chartres. Su dibujo a lápiz muestra una catedral gótica típica, con todo y sus ventanas ojivales (en forma de pico curvo). Pero resulta que la catedral de Chartres no es una catedral gótica típica porque no tiene ventanas ojivales, sino en arco. El artista se dejó llevar por sus expectativas y quizá por su amor por lo gótico, muy del Romanticismo. Mirar con los propios ojos no basta para asir la realidad objetivamente. Gombrich también cuenta que Leonardo da Vinci abrió el corazón de un mono para saber cómo estaba hecho (con la esperanza más o menos razonable de que se pareciera al de un humano) y dibujó lo que veía. En el dibujo de Leonardo, según Gombrich, aparecen partes del corazón que no existen, pero que sí estaban en los tratados del médico griego antiguo Galeno que Leonardo conocía bien.

"Ver" es interpretar, qué remedio, e interpretar está sujeto a todas las refracciones del prisma de la subjetividad.

Los historiadores de la ciencia Lorraine Daston y Peter Galison muestran en su libro Objectivity que: 1) el requisito de objetividad como salvaguarda de autenticidad en el conocimiento científico es un invento del siglo XIX (relativamente reciente), y 2) que su significado ha ido cambiando. Cuando los botánicos y zoólogos del siglo XIX hacían ilustraciones para dejar registro de nuevas plantas y animales seleccionaban para el ejemplar ilustrado las características que les parecían las más distintivas de la especie, características que los botánicos y zoólogos tomaban de un montón de ejemplares reales. La "objetividad" era una idealización de la realidad que se hacía inevitablemente interpretando.

Luego se desarrollaron la fotografía y otros métodos para recoger información automáticamente, sin intervención humana. La realidad se registraba mecánicamente, siguiendo un protocolo estricto, con lo cual se suponía que se evitaban los errores de la percepción humana, pero ¿quién diseña los aparatos? ¿Quién les da sentido a los datos? ¿Puede la naturaleza simplemente "pasar a la página impresa", como dicen Daston y Galison, sin mediador humano? La falibilidad volvió a entrar por la puerta de atrás.

Una foto de plantas o animales es una imagen que todo el mundo puede reconocer e interpretar, por lo menos hasta cierto grado. Pero un electrocardiograma, una radiografía y una imagen de microscopio electrónico son otra cosa: interpretarlos exige capacitación y práctica. Hace poco estuve en el Centro de Física Aplicada y Tecnología Avanzada de la UNAM (campus Juriquilla, Querétaro). Me invitaron a conocer el centro y a sus investigadores para preparar una plática que presentaré el 23 de mayo, en el décimo aniversario del centro, pero mi misión secreta e inconfesable era buscar arquetipos de la investigación científica --temas o hilos conductores-- en las entrevistas que me concedieron un montón de investigadores. Los encontré, lo que será el tema de mi plática, pero aquí viene al caso lo que me contó Rodrigo X (no me dijo su apellido y no lo encuentro). Rodrigo es experto en microscopía electrónica y estuvo trabajando un tiempo en el campus San Antonio de la UNAM. Me contó que el microscopista en ciernes es básicamente como una persona muy miope: obtiene imágenes de muestras de materiales para analizar y falla al interpretarlas porque la imagen no habla claramente y sin ambigüedades. Lo que parece un aspecto importante de la estructura de la muestra muchas veces resulta ser un defecto sistemático del microscopio que sólo el microscopista experimentado es capaz de reconocer. Una vez que construye una interpretación teórica posible, el microscopista vuelve a su imagen y este ir y venir le va dando perspectivas distintas sobre ésta cada vez que regresa a ella. En otras palabras, los datos y la teoría interactúan en la mente del microscopista y van construyendo una imagen de la realidad. Donde primero uno no veía nada puede empezar a ver un montón de cosas... ¡una vez que ya sabe que están ahí! ¿Dónde quedó la objetividad que consistía en considerar los datos sin prejuicios ni expectativas? ¿Dónde quedó esa mirada "desde ninguna parte", como dice el filósofo Thomas Nagel?

Daston y Galison sugieren que hoy la "objetividad" exige una mirada informada, un ojo experto, de modo que no nos hemos librado de la necesidad de interpretar la información. Aspirar a la objetividad en cualquiera de sus formas cambiantes está muy bien, pero librarse de lo subjetivo, como dice un reseñista del libro de Daston y Galison, es como tratar de separarse de su propia sombra.

viernes, 4 de mayo de 2012

Tránsito de Venus

He estado muy flojo últimamente (con el blog, si no con el programa de radio). En espera de mejores condiciones para sentarme con calma a escribir entradas del blog comparto con ustedes este texto sobre tránsitos de Venus que escribí en el periódico The News alrededor de 1994, pero que hoy vuelve a ser de rabiosa actualidad (eso sí: en inglés). La fuente principal del texto es un artículo del historiador de la astronomía Marco Arturo Moreno Corral, publicado en el libro Historia de la astronomía en México, de la colección La ciencia para  todos, del Fondo de Cultura Económica. Aquí está el vínculo:

Venus, a "pulquería" and an observatory

viernes, 13 de abril de 2012

La lección de los neutrinos

En septiembre de 2011 un grupo de investigación europeo basado en el Laboratorio del Gran Sasso, Italia, publicó informalmente un artículo que causó sensación porque -si fuera cierto lo que anunciaba- se vendría abajo una de las pocas teorías que se consideran pilares de la física por universales y sólidas: la teoría especial de la relatividad. Con ella se derrumbarían también cien años de confianza y cientos de miles de investigaciones basadas en ella. Una catástrofe... si fuera cierto.

Un artículo científico no es el anuncio indiscutible de verdades impepinables. Es una invitación a la discusión, a veces un desafío y en el caso del grupo OPERA, un llamado de auxilio; pero los medios de comunicación de todo el mundo no lo entendieron así. Los medios en general sólo se interesan en un acontecimiento científico si lo pueden contar en el registro melodramático de la iluminación divina que de un plumazo trastoca nuestra visión del mundo y pone de hinojos a los arrogantes que creían poseer la verdad absoluta. Si no hay un genio que con sus reflexiones echa por tierra una creencia añeja y de paso humilla a un ídolo, el suceso no tiene valor de noticia y nadie se entera. Lo malo es que la ciencia nunca es así. El resultado es que la ciencia muestra en público una cara falsa.

Concretamente, lo que anunciaba el artículo del grupo OPERA es que en un experimento un haz de partículas llamadas neutrinos parecía viajar más rápido que la luz. Ahora bien, la teoría especial de la relatividad demuestra, entre otras cosas, que nada puede viajar más rápido que la luz y por muy buenas razones, que podemos discutir en otra ocasión. Por lo tanto, el experimento del grupo OPERA implicaría -si no contuviera errores, inconsistencias, descuidos experimentales- que la teoría especial de la relatividad falla.

"¡Einstein se equivocó!", fue el clamor mediático típico, pero no era ése el mensaje. Si uno lee las conclusiones del artículo del grupo OPERA observa que el lenguaje es cauteloso, como se debe, no vocinglero y chillón como se dio a entender. Los investigadores reportan desapasionadamente cómo hicieron sus mediciones, así como el resultado anómalo y todas las verificaciones a las que lo han sometido antes de decidirse a publicar. Al final escriben: "Pese al alto grado de confianza estadística del resultado que reportamos y la estabilidad del análisis, el gran impacto que podría tener nos motiva a proseguir nuestros estudios para investigar posibles efectos sistemáticos aún desconocidos que pudieran explicar la anomalía. Deliberadamente no intentamos interpretaciones teóricas ni fenomenológicas de los resultados".

Dicho de otro modo: encontramos un resultado muy anómalo y nos preocupa porque no vemos dónde pueda estar el error; ¡auxilio!

A las pocas semanas de publicarse el artículo en la base de datos arxiv.org (en vez de en una revista especializada, que lo hubiera sometido a filtros muy estrictos antes de publicarlo) nos enteramos de que hubo en el equipo mucha gente que votó contra publicar el resultado, incluso de manera informal en arxiv. Les parecía prematuro.

Los físicos reaccionaron en bloque: aquello simplemente no podía ser, y no porque Einstein sea un ídolo -no hay ídolos en la ciencia, sólo ideas que resisten las patadas o no-, sino porque la teoría especial de la relatividad no ha fallado ni una sola vez en cien años (y se ha puesto a prueba millones de veces). Más que una simple explicación de hechos observados, la teoría especial de la relatividad es la estructura misma de una buena parte de nuestro conocimiento físico del universo. Nadie la iba a desechar a la primera sospecha de fallas. Por lo tanto, el resultado del grupo OPERA tenía que ser un error.

Se abrieron dos frentes de batalla: uno que buscaba explicaciones alternativas por el lado teórico y otro que pugnaba por encontrar el error por el lado técnico. En el segundo frente hubo grupos de investigación que se pusieron a equipar sus laboratorios para repetir el experimento OPERA, una parte fundamental del proceso científico (lo que no se puede repetir no cuenta para la ciencia). Allá, muy en lo profundo de sus mentes, yo creo que todos se decían con emoción "¿y si fuera cierto?", aunque sin grandes esperanzas.

El consenso se solidificó en torno a la respuesta más razonable, más probable y reconocidamente más aburrida: debe de haber un error en las mediciones.

Hace unas semanas, cuando el asunto ya estaba casi archivado, se hizo público que en los experimentos originales se detectaron dos posibles errores: un cable defectuoso y un reloj atómico mal portado. Asunto concluido, podríamos pensar, el resultado no fue una anomalía, sino un error y sanseacabó. El problema es que uno de los errores sesgaría los resultados hacia el lado razonable, pero el otro, al contrario, lo haría aún más anómalo.

Einstein dijo una vez, refiriéndose a la naturaleza: "Dios es sutil, pero no malicioso". Ésta última ironía del destino me deja la duda.

viernes, 23 de marzo de 2012

Un poquito de prespectiva telúrica para la Ciudad de México


En un artículo que publicaron en Nature el 23 de abril de 1987 Jorge Flores, O. Novaro y Thomas Seligman, del Instituto de Física de la UNAM, señalan tres particularidades de los daños que sufrió la Ciudad de México en el sismo del 19 de septiembre de 1985: primero, 95 % de los edificios que se vinieron abajo se encontraban en la zona de la ciudad que está construida sobre el terreno cenagoso del antiguo lago de Texcoco; segundo, muy extraño, en esa zona hubo manzanas muy dañadas que alternan con cuadras que salieron casi ilesas, en vez de observarse una destrucción homogénea y democrática, y tercero, se cayeron sobre todo edificios de entre cinco y quince pisos. Los autores señalan: “A un físico, semejante patrón le recuerda la idea de ondas estacionarias” y de resonancia. 
Las ondas se propagan, pero si están confinadas, como en la cuerda de una guitarra o la membrana de un tambor, las ondas rebotan en las paredes o los extremos e interfieren consigo mismas. El resultado es que en la cuerda y en el tambor se forman regiones que vibran mucho y otras que no vibran nada. Flores, Novaro y Seligman se preguntan si la cuenca del antiguo lago, hoy llena de un lodo muy acuoso, no habrá resonado como tambor o como plato de sopa agitado con las ondas que le llegaron a través de los suelos más firmes de los alrededores el 19 de septiembre de 1985. Como buenos físicos, no se quedan con la duda y definen un problema que luego resuelven. El problema es calcular cómo vibró el suelo lacustre tomando en cuenta las características del sismo del 85, que son muy especiales. Para empezar, fue un sismo de gran magnitud (8.1 en la escala de Richter) y muy largo (dos minutos). Los autores también observan otra particularidad que distingue a este sismo de otros: las ondas que se midieron con acelerómetros del Instituto de Ingeniería que estaban distribuidos por distintas regiones de la ciudad tenían una sola frecuencia bien definida de media oscilación por segundo, a diferencia de lo que pasa normalmente con las ondas, que vienen con una mezcla complicada de componentes de distinta frecuencia. Luego los autores aplican las ecuaciones de la vibración de un medio elástico a la zona del lago (zona que delimitaron R. Marsal y M. Mazari en un estudio publicado por la UNAM en 1959).
El resultado es un patrón de ondas estacionarias con zonas de mucha vibración y zonas prácticamente inmóviles, y lo más bonito (en un sentido estrictamente físico, claro): cuando superponen el patrón calculado sobre el mapa de la ciudad, las zonas más agitadas del cálculo coinciden bastante bien con las áreas de mayor destrucción.
Flores,  Novaro y Seligman no concluyen que esto fue sin duda lo que pasó. No hay manera de saberlo con certeza.  Por eso su artículo de Nature se titula “Posibles efectos de resonancia en la distribución de los daños por terremotos en la Ciudad de México”. Precaución científica. Notarán que el título no dice “…en la distribución de los daños del terremoto del 85”, sino de terremotos en general. A partir de registros históricos, los autores señalan que las regiones más dañadas del 85 son también las más afectadas en sismos pasados. Todo esto explica muy bien el patrón de destrucción de esa fecha fatídica, y también explica por qué se vinieron abajo preferentemente los edificios de más de cinco pisos y menos de quince: dos segundos es el periodo natural de oscilación de las estructuras de esa altura.
El terremoto del martes pasado fue de una magnitud de 7.4 en la escala de Richter (hay variación en las cifras reportadas por distintas instituciones de investigación de sismos porque determinnar la magnitud de un sismo aún tiene mucho de arte). La escala de Richter es logarítmica, lo que quiere decir que de 7 a 8 grados la magnitud aumenta 10 veces, y no un séptimo. Tomando esto en cuenta, el sismo del martes fue tres veces menos fuerte que el del 85.
Ahora la perspectiva. Es cierto que la Ciudad de México está mucho mejor preparada hoy que en ese año, de lo cual nos podemos enorgullecer los ciudadanos y también un poco las autoridades, pero el que no haya habido grandes daños que lamentar esta vez de ninguna manera es ni un milagro, ni producto únicamente de nuestros esfuerzos de los últimos 27 años. La ciudad ya estaba bastante bien construida antes (salvo el edificio Nuevo León de Tlatelolco, que padeció la corrupción rampante de quienes lo construyeron). Ahí están para probarlo muchos edificios añejos, como la Torre Lationamericana, que soportaron ese temblor y otros del pasado sin daños importantes. El problema en 85 fue que, como sugieren Flores, Novaro y Seligman en su artículo de 1987, en el temblor del 19 de septiembre se conjugó una serie de circunstancias desafortunadas: la intensidad del sismo, sí, pero también su duración, y sobre todo su frecuencia y la dirección desde donde impactó la cuenca del antiguo lago. ¡Menos mal! Eso quiere decir que no cualquier terremoto de 8.1 grados Richter va a destruir media ciudad (y también que tenemos que bajarle unos cuantos grados a nuestra autocomplacencia… o quizá matizarla diciendo: “siempre hemos sido buenos constructores, no sólo en los últimos 27 años”). Sin que esto deba servir para que bajemos la guardia, creo que sí da cierta medida de tranquilidad para sismos futuros.
Otra consecuencia que se deduce de los cálculos de Flores, Novaro y Seligman es ésta: cuando quieras consejos sobre el lugar idóneo para asentar tu nueva ciudad, no le pidas consejo a un águila, pídeselo a un puma.

viernes, 9 de marzo de 2012

Tsunami solar


Ayer una nube gigante de raudas partículas con carga eléctrica proveniente del sol se tragó a la tierra. 

Suena horrible, ¿no?, pero es un acontecimiento común, que se hace más frecuente por ciclos. Durante sus periodos de actividad más intensa, que ocurren aproximadamente cada 11 años, el sol despide bocanadas de material súper caliente en todas direcciones. Este gas de altísima temperatura viene en forma de plasma, que es una especie de puré de átomos: en vez de átomos completos, con un núcleo positivo bien empacadito en un cascarón de electrones negativos para formar un conjunto eléctricamente neutro, los electrones vienen revueltos con los núcleos y muy agitados. A veces esos soplos de plasma pasan por la tierra. Para las partículas con carga eléctrica que forman la nube, el campo magnético terrestre es como una cerca de alambre de púas en la que se enzarzan cuando se aproximan a nuestro planeta. El impacto del plasma solar deforma la cerca de púas y se produce lo que se conoce como tormenta geomagnética: aumenta la actividad de las auroras polares, que se hacen más intensas y se dejan ver más lejos de las regiones polares que de costumbre, y a veces se sobrecargan los cables de alta tensión, lo que puede dañar y desconectar las redes de suministro de electricidad. En 1989 una extensa región de Canadá se quedó sin energía eléctrica por  varias horas debido a una tormenta geomagnética; ¡y era invierno!

Cuando el aliento abrasador del sol nos rodea las capas superiores de la atmósfera se calientan y se expanden. Como consecuencia, la atmósfera se extiende a alturas mayores, como una marea que sube, y les moja los pies a algunos satélites meteorológicos, de comunicaciones, militares y de investigación. Este baño de pies metafórico aumenta la fricción entre el satélite en movimiento y las capas altas de la atmósfera. El satélite pierde un poco de altitud y se hace necesario corregir su curso. Pero el vaho solar tiene efectos más graves sobre los satélites. Estos aparatos son cascarones metálicos con equipo electrónico dentro. Cuando llega la  bocanada de plasma solar, las partículas cargadas se acumulan en las piezas del satélite que no son conductoras de la electricidad y acaban produciendo descargas eléctricas que pueden hacer fricassé los componentes electrónicos del satélite o producir errores en las computadoras del aparato.

Si algún incauto se encuentra en las capas más elevadas de la atmósfera —o fuera de la atmósfera—, se arriesga a absorber dosis de radiación más altas de lo que conviene. Las tormentas solares son un peligro especial para los astronautas. Y también para las personas que viven en latitudes elevadas de la tierra porque las líneas del campo magnético están más concentradas en los polos, como los tallos paralelos de un ramo de flores. Las partículas cargadas se quedan atoradas haciendo espirales alrededor de las líneas de campo y emitiedo radiación. A las regiones polares, donde las líneas de campo se reúnen en gavillas, llegan más partículas y más radiación.

Cada ciclo solar de 11 años se espera que aumente la frecuencia de estas expulsiones de masa del sol, las cuales se clasifican según su intensidad. La del jueves pasado fue  intensa, pero no extrema como la de 1989 que dejó sin electricidad a una buena parte de Canadá en pleno invierno. Desde los años 90 se reconoce un área de investigación científica llamada “estado del tiempo espacial”  (space weather) que abarca todos los efectos del sol en las inmediaciones de la tierra, además de las  lluvias de estrellas.

El golpe al campo magnético de la tierra también puede alterar las señales de los satélites del Sistema Mundial de Localización igual que se altera  la imagen de un objeto sumergido si agitamos el agua, o sea que si hoy su teléfono inteligente le indica que se encuentra usted en la Patagonia, mientras que  a usted le consta  que no se ha movido de la colonia Portales, no le eche la culpa a su proveedor de teléfono celular. Tampoco le eche la culpa si las redes de teléfonía tienen fallas hoy: posiblemente no se deban a la incompetencia de la compañía.

Anticipo y contesto algunas de las dudas más frecuentes: ¿Hay peligro? ¿Esto produce cáncer? ¿Hay que quedarse en casa? ¿Nos vamos a convertir en monstruos verdes con ojos saltones y pelos en las orejas? ¿Esto es culpa de los mayas? ¿se va a acabar el mundo? Y las respuestas son:
No
No
No
No
No y
Sí, pero faltan miles de millones de años.

martes, 28 de febrero de 2012

Invitación del Jardín Botánico

Hola. El Jardín Botánico de la UNAM nos invita a un curso de bonsái. Ahora sí sabremos si es moralmente condenable o no... yo digo que no.

viernes, 10 de febrero de 2012

Grillos caníbales y árboles estresados

El entomólogo Jeff Lockwood, de la Universidad de Wyoming, estudiaba un tipo de grillo grande y agresivo de la familia Gryllacrididae. Los individuos de esta especie atacan todo lo que se les acerca y si dos machos se encuentran, luchan hasta la muerte. Lockwood tenía sus grillos en unos recipientes especiales que metía en el refrigerador por la mañana antes de empezar a trabajar con ellos. Los grillos son de sangre fría y se vuelven lentos con las temperaturas bajas. Lockwood enfriaba sus ejemplares para tranquilizarlos antes de manipularlos porque los grillos de esa familia tienen fuertes mandíbulas que pueden sacar sangre. En resumen, una especie violenta y desagradable (para nosotros, por lo menos).

Pero tenían una característica que, en opinión de Lockwood, los hacía casi simpáticos: cada ejemplar construía un nido que luego podía reconocer por el olor (estos animales secretan una feromona personal, podríamos decir). Es muy raro que un insecto tenga algo parecido a sentido de la identidad. Para eso normalmente se necesitan funciones mentales que no poseen los insectos. La capacidad de identificar el nido los acercaba un poquito a la humanidad, sentía Lockwood.

Un día el investigador cerró la tapa del recipiente donde tenía los grillos sin fijarse en que su ejemplar preferido estaba parado en el borde y le aplastó el vientre. Del abdomen del grillo salió una sustancia amarillenta y grasosa, seguida de varias vísceras. Lockwood sintió una punzada de dolor en el corazón. ¡Si hubiera sido más cuidadoso! Ahora el grillo iba a morir. No era precisamente como la muerte de un amigo, pero Lockwood había llegado a encariñarse con estos animales. ¿Estaría sufriendo el insecto?

El grillo inclinó la cabeza, abrió las mandíbulas y, ante la mirada horrorizada de Lockwood, empezó a comerse sus propias entrañas. Tratando de serenarse, el investigador recordó lo que le había dicho un profesor muy querido cuando era estudiante: es un error proyectar los sentimientos humanos en un organismo de otra especie. El científico debe andar con cautela: lo que parece un comportamiento humano puede tener causas completamente ajenas a las que lo motivan en las personas. El que "antropomorfiza" (da forma humana) a los animales corre el riesgo de no ver con claridad y pasar de largo la explicación correcta de un comportamiento.

Ya con la mente más fría, Lockwood se puso a pensar en las posibles causas del autocanibalismo de su grillo preferido, que masticaba vorazmente al tiempo que agonizaba.

El investigador dio con una explicación natural y descarnada: las grasas son alimentos muy preciados en la naturaleza porque contienen mucha energía y porque son escasas en la vida silvestre. Así, muchos organismos tienen el instinto de devorar todos los alimentos grasosos que encuentran. Ese impulso primigenio estaba dominando el comportamiento del grillo autocaníbal. Ni hablar de sufrimiento ni de tristeza de abandonar el mundo tan joven: comer, ése era el imperativo del sencillo sistema nervioso del insecto. Lockwood recordó con cariño a su maestro y con esto  pudo dominar su sentimiento de compasión (sin borrarlo del todo).

El consejo del maestro de Lockwood es fundamental para el biólogo y podría elevarse a la categoría de mandamiento: "no antropomorfizarás a otras especies", so pena de no entender nada de lo que ocurre en la naturaleza. La historia, que escuché en el magnífico podcast de Radiolab, me recordó todos esos documentales y películas que se ven por estos días, en los que un pingüino expresa amor paternal, una orca es cruel, un koala es cariñoso... A mis amigos biólogos se les ponen los pelos de punta cuando oyen semejantes afirmaciones.

Ayer mi amiga y colega Elaine Reynoso me contó otra historia del mismo tipo. Hace muchos años, Elaine era la encargada de las exposiciones (y muchas otras cosas) en Universum, museo de ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde ambos trabajamos. Un día Araceli Zárate, colega nuestra que hoy trabaja en el jardín botánico de la UNAM, le propuso a Elaine hacer una exposición sobre bonsáis. Mi amiga se quedó dudando: una exposición, para presentarse en Universum, tenía que contener algo de ciencia, ¿dónde estaba la ciencia en los bonsáis? Elaine decidió convocar un panel de artesanos del bonsái y biólogos de la UNAM.

Jamás se imaginó lo que iba a ocurrir.

Los bonsaistas expusieron muy ufanos la delicada y laboriosa técnica de hacer arbolitos enanos que podían considerarse verdaderas obras de  arte, y afirmaron que los bonsáis son los árboles más cuidados, protegidos y amados. Los biólogos pusieron el grito en el cielo: ¿amor?, ¡aquello era vil tortura! Los bonsaistas hacían sufrir a las plantas, las mutilaban... en pocas palabras, aquello era  contra natura. Creo que no les faltaba razón: los biólogos estudian la materia viviente tal cual es para entender de dónde vienen las especies, cómo funcionan individualmente, cómo operan en conjunto en los ecosistemas. Un árbol al que se le podan constantemente las raíces y las ramas, se le limitan los nutrientes y el espacio y se le separa de su hábitat natural es, para ellos, una monstruosidad. Ante la mirada horrorizada de Elaine, se desató una batalla digna de los grillos de la familia Gryllacrididae. Los expertos de ambos campos se destriparon metafóricamente y devoraron las entrañas de sus enemigos. Al final, la exposición de bonsáis resultó ser el pretexto ideal para  presentar el aspecto más importante de la manera científica de pensar: la discusión abierta, el debate  continuo. Ahí estaba la ciencia. La exposición se presentó como una mirada crítica al arte del bonsái, con los dos puntos de vista para que el visitante eligiera el más cercano a su conciencia.

La discusión de los bonsáis y el grillo que devora sus propias entrañas suscita esta duda, que habrá que responder atendiendo a la recomendación de reprimir el impulso de ver rasgos humanos en otras especies: ¿sufren los grillos y las plantas? Definir el sufrimiento y saber qué organismos son capaces de sufrir es fundamental para resolver asuntos bioéticos: ¿con qué animales se puede experimentar sin producir sufrimiento?, ¿se deben permitir las corridas de toros?...

¿Se debe permitir hacer bonsáis?

Está claro que la respuesta sería "no" si los organismos sufren en el sentido humano de la expresión, es decir, si se puede pensar que estas alteraciones de su funcionamiento normal les producen dolor y angustia por su salud y su supervivencia. En el caso del toro es relativamente simple concluir que sí hay sufrimiento, y que, por lo tanto, la corrida tiene algo de moralmente condenable, pero ¿sufren los grillos y los bonsáis?

Los expertos en bioética están de acuerdo en que para sufrir hay que tener en algún grado conciencia del "yo", de la identidad. Desde este punto de vista, creo que está claro que las plantas no sufren. Los biólogos hablan a veces del "estrés" al que está sometido un organismo; por ejemplo, un árbol se estresa en este sentido biológico si hay sequía, cuando cambia la temperatura mundial, cuando se instala una presa en su entorno; pero el estrés del que hablan los biólogos no es el mismo que el de usted y el mío: el árbol no se pone tenso por tener que entregar un trabajo urgente ni conducir en el tráfico. El árbol no teme por su empleo ni por su supervivencia. El estrés del árbol es más bien una alteración de su funcionamiento normal que puede restringir su crecimiento y hasta matarlo sin que se pueda decir que un "yo" está sufriendo. Es un poco como el estrés al que está sometida una columna que sostiene un edificio: el material está soportando presiones tremendas (y a veces durante siglos), pero a casi nadie se le ocurriría afirmar que la columna sufre y que, por lo tanto, la construcción es moralmente condenable. En ese caso, torturar un árbol sería como torturar una piedra. Mientras no se extermine una especie ni se talen bosques (lo que es moralmente condenable por otras razones), los bonsaistas podrían seguir ejerciendo su arte sin cargo de conciencia. En cuanto al grillo, comerse sus propias entrañas no muestra precisamente una gran conciencia del "yo". Posiblemente ni siquiera tiene mecanismos de dolor que den la voz de alarma cuando se le salen las entrañas como para que el organismo tome medidas evasivas. El grillo de Lockwood no sufrió.

El que sí sufrió fue Lockwood. Por justificado que le pareciese mitigar su compasión con argumentos racionales en esta circunstancia, no la pudo apagar. A cada quien sus impulsos instintivos.

El asunto del sufrimiento no es tan fácil de resolver en otros casos y por eso hoy existen los comités de bioética que vigilan que ningún "yo" padezca innecesariamente en los experimentos científicos.