domingo, 1 de febrero de 2015

Un cuento para terminar

Este cuento es el final de mi libro ¡Qué científica es la ciencia!, originalmente titulado El sol muerto de risa. Lo pongo a petición de @nohuyascobarde, que lo leyó de niño y todavía se acuerda.

I.
Hace mucho tiempo, en una galaxia muy lejana, había una estrella amarilla alrededor de la cual giraba un cortejo de quince bolas de escombros estelares que el lector reconocería de inmediato como planetas. Ni la estrella ni su familia planetaria tenían nada de particular, salvo que, si uno miraba de más cerca, vería que en dos de los planetas había surgido la vida. Eran planetas de tipo rocoso que giraban relativamente cerca de la estrella madre. Uno tenía dos lunas y el otro tres. En éste último la vida había producido una especie inteligente al cabo de millones y millones de años de selección natural, motor universal que gobierna el cambio de todo sistema de entes que compiten entre sí, desde las plantas y animales de un planeta lejano llamado tierra hasta los idiomas, e incluso los puntitos matemáticos que generan ciertos programas de computadora conocidos como autómatas celulares.
         En este planeta vivía una vieja científica. No se parecía nada a los científicos de la tierra, que tienen dos ojos, dos brazos, dos piernas y todo lo demás (y de hecho llamarle “ella” es cuestión de pura comodidad, porque su especie no se dividía en dos sexos, sino en cuatro); más bien parecía una especie de mazacote de hule pegajoso y anaranjado con extrañas protuberancias que le permitían percibir y manipular su medio ambiente. Sus congéneres --que se llamaban colectivamente “la hulemanidad”--hasta la consideraban bonita.
         Se encontraba un día nuestra científica percibiendo un hermoso paisaje con una puesta de sol, dos lunas saliendo y una tercera, en fase creciente, colgada de la nada encima del ocaso, cuando la belleza del panorama la puso pensativa.
         Sabía, desde luego, que había vida en otro de los planetas de su sistema estelar, pero la vida allí no había producido especies suficientemente inteligentes para haber inventado la filosofía, las matemáticas (ese arte sublime), ni las máquinas (quintaesencia de la creatividad de la hulemanidad). Sabía también, como cualquier mazacote pegajoso culto, que el universo estaba hecho de cientos de miles de millones de galaxias, cada una de las cuales contenía miles de millones de estrellas, alrededor de las cuales giraban planetas, algunos de los cuales sin duda tenían vida inteligente como los mazacotes pegajosos, aunque seguramente muy distintos. Los más inocentes de sus congéneres se imaginaban a estos seres de otro planeta como mazacotes pegajosos, pero verdes y con antenas.
         Nuestra científica se preguntaba cómo podrían los mazacotes pegajosos comunicarse con esos seres. ¿Podía haber algún interés común entre especies inteligentes separadas por vastísimas distancias en el espacio y en el tiempo? Algunos filósofos del pasado habían pensado que cualquier criatura inteligente tendría por fuerza que haber inventado el civilizadísimo arte de la escultura corporal, que consistía en formar bellas y gráciles figuras con el cuerpo los mazacotes pegajosos. “Ni hablar”, se dijo nuestra científica. “Esos seres ni siquiera serían mazacotes pegajosos (¡pobrecitos!)”. Otros filósofos pensaban que sin duda los seres inteligentes de otros planetas creerían en el Gran Sembrador de Planetas, el Más Pegajoso de los Mazacotes Pegajosos, creador del universo.
         Pero nuestra moderna científica sabía que no sería así. Podía haber territorio común entre los mazacotes pegajosos y otras especies inteligentes en otros rincones del universo, pero no tendría nada que ver con la estructura corporal, ni con el arte, ni con la religión ni con ninguna otra característica puramente local de la vida y la cultura. Tendría que ver más bien con algo que es común a todo el universo, galaxia por galaxia: las leyes de la naturaleza.

II.
Porque supongamos --se decía la científica-- que estos seres inteligentes de otro planeta fueran microscópicos para los mazacotes pegajosos; o que su reloj biológico marchara a un ritmo totalmente distinto. Entonces aunque estas criaturas hablaran el idioma mazacote --un imposible, para empezar-- no podría haber comunicación entre las dos especies. Lo que para un mazacote pegajoso era un discurso breve bien podría durar toda la vida para los otros seres.
         Los mazacotes pegajosos medían el tiempo en... en fin, no hace falta ocuparnos del nombre que le daban a las unidades de tiempo en su idioma (era una combinación de sonidos agudos, impulsos electromagnéticos y cambios de matiz en la piel, como todas las “palabras” en idioma mazacote). Llamémosles simplemente segundos. Antaño el segundo se había definido como cierta fracción del tiempo que tardaba el planeta de los mazacotes pegajosos en dar una vuelta alrededor de su propio eje. Pero con el progreso del conocimiento científico los mazacotes se dieron cuenta de lo imprecisa que era esta definición, pues las fuerzas gravitacionales que se ejercían entre el planeta y sus tres lunas estaban frenando la rotación del planeta. Así que los científicos mazacotes redefinieron el segundo como cierto múltiplo del periodo de las ondas de luz que producía la transición atómica más común del átomo más común del universo, el hidrógeno.
         La unidad de distancia, otrora definida como la longitud promedio de uno de los apéndices del cuerpo del mazacote pegajoso, se redefinió como un múltiplo específico del tamaño de un átomo de hidrógeno en su estado base (sí, los mazacotes pegajosos ya habían dado con la mecánica cuántica, aunque por supuesto no le llamaban así).
         Consideremos los dos tipos de definiciones --se dijo nuestro mazacote pegajoso preferido. El primero es más bien rústico y provincial, pues depende de factores locales como la duración del día de un planeta particular y el tamaño de una parte del cuerpo de una criatura particular, que no existe en ningún otro lugar del universo. Estas definiciones están demasiado vinculadas con la cultura que las produjo para podérselas comunicar a un extraño. El segundo tipo de definición, basado en fenómenos físicos comunes a todo el cosmos, es realmente universal en el sentido estricto de la palabra. Un gran porcentaje de la masa del universo visible está hecho de hidrógeno, el más simple de todos los átomos existentes (y el más simple de todos los átomos posibles). Hay hidrógeno en todas partes; además, el hidrógeno se comporta de la misma manera en todas partes, así que su tamaño es una especie de unidad de longitud universal y la frecuencia de la luz que emite se puede usar para definir una unidad universal de tiempo. He aquí una manera en que los mazacotes pegajosos podían iniciar una conversación con seres inteligentes de otro planeta.
         Al poco tiempo nuestra científica dio una conferencia ante una congregación de sus colegas. Un escéptico se puso en pie y dijo:
         --¿Y qué les vamos a decir? ¿”Hola. E = mc2”?
         --¿Y por qué no? --replicó nuestro mazacote pegajoso preferido.

III.
         --¡Qué gran momento para la hulemanidad! --le susurró un colega en el órgano sensor de sonido a nuestra científica. Ella asintió con la cabeza, tan cautivada por el lento movimiento de la descomunal antena parabólica que no pudo responder verbalmente. Una oleada de azul le corrió por la piel al detenerse la antena. El aparato estaba listo para enviar el mensaje.
         El mensaje había sido elaborado minuciosamente por un grupo de científicos que se integró a raíz de la histórica conferencia en la que nuestro mazacote pegajoso explorara la posiblidad de comunicarse con civilizaciones de otros planetas por medio del lenguaje universal de las leyes de la naturaleza. Empezaba, como tantos libros de texto, con una introducción al sistema numérico y unidades de medición que se emplearían en todo el mensaje. Por supuesto, sería absurdo transmitir los numerales que usaban los mazacotes pegajosos y esperar que los alienígenas los descifraran. Las pobres criaturas ya tenían bastante que hacer dilucidando cómo estaba codificada la información en las ondas electromagnéticas del mensaje. Esa información, una vez descifrada, tendría que ser lo más simple posible. Los científicos habían decidido decirlo todo con imágenes con la esperanza apenas más razonable de que las criaturas estuvieran dotadas de vista. Las unidades de tiempo y de distancia se construían a partir de la frecuencia de la luz que más emiten los átomos de hidrógeno y el tamaño de un átomo de hidrógeno en su estado base, propiedades físicas que parecían ser constantes por todo el universo.
         Los mazacotes pegajosos no podían imaginarse que su mensaje sería escuchado un día en cierta galaxia remotísima y, por supuesto, muchos millones de años después.
         La antena apuntaba hacia cierto cúmulo estelar en el que los mazacotes pegajosos sabían que había muchas estrellas de la misma clase espectral que la suya propia. Como no tenían ni la más remota idea de cómo podía ser la vida en otros planetas, era mejor buscar en sistemas estelares parecidos al suyo que en una dirección cualquiera. Los generadores se pusieron en marcha, alimentando de energía el potente transmisor conectado a la antena, y el mensaje emprendió su marcha hacia el futuro...

El mensaje llegó a su destino cuatro mil años terrestres después. En las inmediaciones de una estrella amarilla muy parecida a la  que alumbraba al planeta de los mazacotes pegajosos había un planeta rocoso que alguna vez albergó vida inteligente. Pero cuando llegó el mensaje hacía ya cientos de años que, con sus parajes calcinados y tierras desiertas, giraba silencioso y muerto alrededor de su estrella madre. Unas descomunales antenas parabólicas que, ya sordas e inservibles, aún apuntaban orgullosas al cielo, interceptaron el mensaje, pero no había nadie para descifrarlo.
         El mensaje siguió su trayecto pasando por miles de sistemas planetarios desiertos; alcanzó los límites de la galaxia, los traspuso, se internó en el espacio intergaláctico debilitándose a cada paso. Transcurrieron millones de años. En el planeta de origen la raza de los mazacotes pegajosos se extinguió luego de una horripilante guerra.
         Muchos millones de años después el mensaje, ya reducido al más leve temblor electromagnético pero aún legible, llegó a otra galaxia. Luego alcanzó los confines de cierto sistema estelar de nueve planetas. Al amanecer del 19 de diciembre de 1994 el mensaje envolvió en su hálito fantasmal al planeta tierra.
         --Hay mucha interferencia hoy --dijo un astrónomo que esa noche trabajaba en el observatorio radioastronómico de Arecibo--. ¿Qué hacemos? ¿Paramos las cintas?

         --No --dijo su colaborador--. Déjalas correr. Mañana veremos si podemos eliminar el ruido.

6 comentarios:

Sergio Amaya Guerra dijo...

Qué gusto que aparezca de nuevo el blog, como quiera que se nombre, con artículos nuevos o reciclados tu blog es muy necesario para este país.

Jorge Armando Romo dijo...

Como no olvidar este cuento cuando leí tu libro, mi estimado Sergio. Un abrazo.

José María Hdz dijo...

Y pensar que el mensaje arecibo que se lanzó al espacio hace tantos años no ha llegado ni a una milésima de lo que llego el mensaje de tu cuento ficticio.

Wm Gille Moire dijo...

Bueno, ¿¿¿y??? ¿¿¿Qué pasó al día siguiente???

(No vaya a ser esto como esas series de tv, que nunca se acaban, y de repente empieza la nueva temporada, pero uno no se entera, y... todo queda en nada)

Lizz Velazquez dijo...

Un mensaje que viajó por todo el espacio para terminar siendo un hermoso polvo de estrellas no codificado.

Andrea Alvarez dijo...

Hola!
Yo leí El sol muerto de risa hace casi 9 años, y de verdad fue muy importante para mi en ese tiempo, me acuerdo que después de leerlo les dije a mis papás que quería ser científica jajaja, al final terminé estudiando una ingeniería, y siempre he pensado que una de las razones por las que me empezó a interesar la ciencia fue haber encontrado ese libro en la biblioteca de la secundaria.

Gracias por por la inspiración y un abrazo.

Andrea